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Al anochecer, Pablo González, una orquesta, un coro y tres sublimes minutos de Anna Lapkovskaja

Fue el penúltimo concierto de Pablo González en el Teatro Monumental como titular de la Orquesta Sinfónica y Coro RTVE (OCRTVE), y qué “nivelón”. En el programa había dos obras de dos compositores con los que el maestro González se desenvuelve como un delfín en el mar: las Cuatro últimas canciones de Richard Strauss (1864-1949) y Alexander Nevsky op. 78 de Sergei Prokofiev (1891-1953). La solista elegida para la obra de Strauss fue la soprano estadounidense Jacquelyn Wagner; para la de Prokofiev, la contralto bielorrusa —aunque formada en Munich— Anna Lapkovskaja, que menudo chorro de voz tiene (luego hablaremos de ello).

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Richard Strauss compuso las Cuatro últimas canciones en 1948, justo diez años después del Alexander Nevski de Prokofiev y ya terminada la Segunda Guerra Mundial. A Strauss apenas le quedaba un año de vida. Cuatro canciones, cuatro joyas: Primavera, Septiembre, Al ir a dormir y Al anochecer. La voz de Jacquelyn Wagner tiene un timbre bello, lírica, potente en los agudos, aunque quizás le faltó un poco de cuerpo y proyección en el registro grave. La orquesta la acompañó con exquisitez en todo momento. Cabe destacar el precioso solo de trompa que hizo José Vicente Puertos en Septiembre y el del concertino Miguel Borrego en Al ir al domir. La interpretación de Jacqueline Wagner fue estupenda, especialmente en Al anochecer —la única canción basada en un poema de Joseph von Eichendorff (1788-1857); las otras tres son poemas de Hermann Hesse (1877-1962)—, porque se la vio visiblemente emocionada mientras la música se iba extinguiendo en un conmovedor pianissimo, como para reconciliarse serenamente con la muerte después de la vida. El público correspondió con un gran aplauso, pero solo después de unos segundos de silencio. ¡A ver quién se atrevía a romperlo después de tanta belleza melódica!

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Tras el descanso llegó la música que Prokofiev compuso para la película homónima de Sergei Eisenstein (1898-1948) en 1938. Un año más tarde, elaboró la cantata que hoy conocemos como Alexander Nevski op. 78. El texto es del poeta constructivista Vladimir Lugovskoy (1901-1957): “Levántate, pueblo Ruso”… Puro patrotierismo soviético. Si uno analiza el texto en el contexto de la Europa de 2023, resulta tan anacrónico como controvertido. Por suerte, la mayoría del público no entiende el idioma y, por consiguiente, se queda con la música, una música épica, dramática, majestuosa, emocionante y conmovedora. Es como cuando uno canta esos éxitos de la música pop en inglés sin saber inglés: guachiguachi chupchup… A veces es mejor no entender la letra y quedarse solo con la música, por aquello de no llevarse un chasco.

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La dirección orquestal de Pablo González, el delfín en el mar, fue espectacular. En el gesto de sus manos y en el movimiento de su batuta se desvela el arte tético y anacrúsico, quiere uno decir con esto que González maneja la agógica con asombrosa maestría. La cantata de Prokofiev se divide en siete números con un claro protagonista: el coro. Ya venimos diciendo en los últimos tiempos que la calidad de las interpretaciones del Coro RTVE va in crescendo. Anoche lo volvieron a demostrar. ¡Qué poderío! Y si bien los maestros del coro fueron los protagonistas, no es menos cierto que ese protagonismo pasó a un segundo plano en el momento en que la mezzosoprano Anna Lapkovskaja cantó el aria El campo de los muertos. Fueron apenas tres minutos, pero qué tres minutos para el recuerdo y qué voz tan potente, tan bien proyectada y bella. ¡Y eso que era la primera vez que cantaba esta obra! Lapkovskaja conmovió al público. La orquesta y el coro tuvieron momentos magníficos como ese paulatino acelerando in crescendo de La batalla sobre el hielo que Pablo González supo construir con genialidad. Magnífica la percusión, las cuerdas. No puede uno tampoco dejar de mencionar las intervenciones de Ana Ruiz al oboe en Rusia bajo el yugo mongol —¡pero qué bien toca esta señora!—, así como las de Carlos Alonso al corno inglés y Chimo Vicedo al trombón y, por último, la del trompetista Francisco de Borja Antón —¡menudo fiato y sobreagudos tan perfectos!— en varios pasajes. Tras el apoteósico final, el público prorrumpió en una ovación. Muy aplaudidos el coro y su director Marco Antonio García de Paz; Anna Lapkovskaja con esos tres sublimes minutos de gloria— y, por supuesto, el maestro González al frente de una orquesta que lo dio todo y más.

Michael Thallium

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