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En conversación con Xavier Güell – El problema Richard Strauss

La vida de Xavier Güell no puede entenderse sin música ni literatura. Lector ávido de James Joyce o Samuel Beckett entre otros muchos, nace en Barcelona en 1956, donde comienza sus estudios musicales que más tarde perfecciona en Madrid, Italia, Alemania y los Estados Unidos. Director de orquesta, insigne productor y promotor musical y desde 2015 cuando publica La Música de la Memoria, su primer libro, escritor. Un jueves 23 de diciembre de 2021, en una tarde lluviosa, nos reunimos en su domicilio de Madrid para conversar sobre lo que llamaremos “el problema Strauss”, protagonista de Nadie logrará conocerse, segunda novela de la tetralogía Cuarteto de la guerra, publicada por la editorial Galaxia Gutenberg.

Michael Thallium

Etimogogia en acción
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Estaba pensando

Oye, mira. Escucha una cosa que te digo…
Que estaba yo pensando que si ahora me muriera
dentro de mí se quedarían todas esas cosas
que jamás he escrito.
Esos libros de mi vida tantas veces pensados
se vendrían conmigo dios sabe dónde,
y eso suponiendo, que es mucho suponer,
que exista un dios que pueda saberlo.

Y no sólo yo me llevaría todas esas cosas jamás escritas,
no.
En eso tampoco me distingo de la mayoría de los mortales,
que desaparecen y se llevan todas esas cosas
que jamás han escrito.

¿He vivido? ¿Han vivido?
¿Vivo? ¿Vivimos?

Los muertos son,
seremos,
el misterio de un libro que nunca se ha leído.
Y, bien pensado, para qué escribirlo
si entre tantos muertos y escritores potenciales
no hay entre los vivos
ni un solo lector de ese misterio
que se vendrá conmigo.

Un montón de muertos,
un montón de intonsos libros.
Y tú uno más
y yo uno menos.
Eso,
escucha bien lo que te digo,
estaba pensando,
que lo has leído
porque yo lo he escrito.

Michael Thallium

30 años de Michael Thallium para Freddie Mercury

…Y el espectáculo continúa desde 1991. La historia la he contado ya varias veces y, aún después de 30 años, de vez en cuando, algunas personas me lo siguen preguntado. Lo memoré a los 22, a los 25 años, y cuando expliqué el origen de mi nombre, que pasó inadvertido. Hoy ya son 30. Farrokh Bulsara (1946-1991) falleció tal día como hoy. Nació en Zanzíbar y a los 18 años se mudó al Reino Unido. Fue allí donde Farrokh se convirtió en el inigualable Freddie Mercury. Tras su muerte, nació Michael Thallium quizás con el iluso propósito de hacer que el espectáculo de la vida continuara. Quién sabe, a lo mejor algún día alguien más continúe esta comedia o quizás aparezca un Canio, cuchillo en mano, para sentenciar: La commedia è finita! En fin… whatever happens, I’ll leave it all to chance…

Michael Thallium

El silencio y un abismo

Por tus besos quise entrar en tu universo.
Por los míos te sentiste ingrávida en el mío.
Quizás.
Eso jamás lo sabré.
Porque el silencio siguió a las gracias que brotaron de tus labios
y un abismo.

Y ahora, ingrávido, dejo abierto mi universo
y tú cierras el misterio, tu secreto,
para que yo no lo vea,
para que no pueda sentirlo…

Y en el cosmos de mi pecho una palabra mana
que ojalá alcanzará tus oídos:
¡gracias!
Pero no hay respuesta.
El silencio y un abismo.

Michael Thallium

Alexis Hatch, ganadora del III Concurso Internacional de Violín CullerArts

Ayer, sábado 11 de septiembre, la violinista hispano-estadounidense Alexis Hatch Martínez Calisto, ganó el primer premio del III Concurso Internacional de Violín CullerArts, dotado con 3.000 €. En esta edición, el segundo premio quedó desierto y el tercer premio, dotado con 1.500 €, fue para la violinista Clara Garriga Traugut.

CullerArts

La final se celebró en el Auditorio Municipal de los Jardines del Mercado en Cullera, Valencia. Alexis Hatch interpretó el Concierto para violín y orquesta en mi menor, op. 64 de Félix Mendelssohn y Clara Garriga Traugut el Concierto n.º 1 para violín y orquesta en sol menor, op. 26 de Max Bruch. Ambas finalistas estuvieron acompañadas por la Orquesta de Valencia dirigida por Carlos Garcés.

Este concurso está organizado por el Ayuntamiento de Cullera siendo el presidente del tribunal el director Cristóbal Soler.

¡Enhorabuena Alexis!

Michael Thallium

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Es la cultura

Ni los unos son imbéciles ni los otros son soberbios; es una mera cuestión de gusto y relectura. No, no somos unos soberbios quienes pensamos que si a la mayoría de personas les gusta un libro es que ese libro no tiene calidad. Y tampoco pensamos, no yo al menos, que la inmensa mayoría de esas personas sean imbéciles. Lo reitero, es cuestión de gusto y relectura. El gusto es muy personal y cada cual tiene el suyo; la relectura, en cambio, pone a cada libro en su sitio y a cada escritor en su lugar. Y sí que estoy convencido de que la mayoría de libros que se escriben y publican actualmente no aguantan la relectura. Libros que leen muchas personas, los hay muy buenos; libros malos y mediocres que leen la mayoría de personas, abundan. Es la cultura…

Cuando me encuentro con alguien que me dice, absolutamente convencido, que Ara Malikian es un gran violinista o que James Rhodes es un gran pianista, no puedo más que callarme. Es inútil discutir y, sobre todo, una pérdida de tiempo. ¿Soberbio? Pues ocurre lo mismo con muchos escritores actuales. Y también resulta inútil discutir. Es la cultura…

Pero, ¿qué es la cultura? Hace muchos años, allá por 2005, leí La cultura. Todo lo que hay que saber de Dietrich Schwanitz (1940-2004), un título que muchos —quizás esos sí que sean imbéciles— encontrarán presuntuoso. En realidad no leí a Schwanitz, sino la traducción al español del original que Schwanitz escribió en alemán. Para poder decir que uno verdaderamente ha leído un libro, ha de leerlo en el idioma original en que se escribió. A falta de pan, eso sí, buenas son tortas, es decir, traducciones. Ya en el título original Bildung. Alles, was man wissen muss (1999) uno encuentra el primer escollo: Bildung. Esta palabra engloba ‘formación’, ‘cultura’, ‘instrucción’… Claramente, tiene una connotación que se pierde en el español al traducirla por ‘cultura’…

De la lectura de aquel libro me quedé con algo anecdótico. Dietrich Schwanitz sugería que dentro del acervo cultural de una persona culta debería encontrarse la lectura de la novela El hombre sin atributos de Robert Musil (1880-1942), entre otras cosas porque son muchos quienes la citan y hablan de ella y poquísimos los que realmente se la han leído. Así que me lo tomé como un reto: yo quería estar entre esas poquísimas personas que realmente la habían leído. ¿Ignorante? ¿Engreído? Me costó, pero me la leí. Ahora, unos trece años más tarde, solo puedo decir que realmente aún no he leído la novela de Musil, porque lo que me leí fue la traducción al español de Der Man ohne Eigenschaften. Así que tengo dos relecturas pendientes: Bildung y Der Man ohne Eigenschaften. Sin embargo, haberme leído El hombre sin atributos, me sirve para poder entrar en cualquier conversación con un mínimo de solvencia literaria. Por ejemplo, si alguien está hablando de que los libros de Julia Navarro o María Dueñas son muy buenos, siempre podré decir sin miedo a equivocarme: «Ah, no he leído ninguno de ellos, pero seguro que entonces El hombre sin atributos te parecerá una obra maestra». También forma parte de la «cultura» saber lo que no hay que saber y no leer lo que no hay que leer. ¿Arrogante? ¿Fanfarrón? Decía Schwanitz que «toda ostentación, incluida la cultural, es absolutamente incompatible con el concepto de cultura. La fanfarronería lo único que delata es la ignorancia. La cultura no se ostenta». Lamentablemente, siempre habrá quienes confundan la erudición con la ostentación. Etimológicamente, ‘erudición’ significa «quitar la rudeza adquiriendo conocimientos», es decir, ser menos burro, con perdón del animal de cuatro patas. Soy un tonto erudito, quiero decir que procuro pulir cada día mis muchas rudezas. Sin embargo, el conocimiento también puede ser perjudicial y contrario a la verdadera cultura, aunque «pocos reparan en la única diversión que no hastía: tratar de ser año tras año un poco menos ignorante, un poco menos bruto, un poco menos vil», escribió Nicolás Gómez Dávila (1913-1994). Es la cultura…

Decía también Schwanitz que la cultura es «el estilo de comunicarse que hace del entendimiento entre los seres humanos un auténtico placer» y «que precisamente porque la comunicación es tan polimorfa y dramática, una persona culta debe conocer sus reglas y ser capaz de aplicarlas correctamente, pues sólo así podrá evitar ser víctima del destino». Otra de las frases que subrayé en mi lectura de 2005 fue: «La cultura es la forma en que espíritu, carne y civilización se convierten en persona y se reflejan en el espejo que son los demás».

Dichosos los seres humanos que son capaces de pensar por sí mismos, que no obedecen ciegamente y que sólo se dejan ordenar —y pueden dejarse ordenarlo que consideran razonable. Cierto que la lectura —el conocimiento— no te hace mejor persona, pero aprender a leer sí. Y aprender a leer no es juntar letras y palabras para darles significado, sino descubrir que deberíamos pasar toda la vida releyendo. Es la relectura la que separa la paja del grano, es decir, el libro malo o mediocre del libro auténticamente bueno. Y hablando de libros buenos que todo el mundo debiera leer, aquí va una recomendación de un escritor a quien antes he mencionado de pasada, Nicolas Gómez Dávila, cuyo libro Escolios a un texto implícito todo el mundo debería leer. ¿Por qué? Porque es un libro que a cada frase que uno lee, le hace pensar, lo cual no significa que uno esté de acuerdo con lo que ha leído. En mi vida muchos han sido los textos que me han hecho pensar, pero es la primera vez que me he encontrado con uno que me hiciera pensar con cada frase leída. Escolios a un texto implícito es un libro de muchas relecturas. Dudo que algún día haya una inmensa mayoría de personas que lo lean. La mayoría solo busca entretenimiento y que no les haga pensar demasiado. Muy pocos conocen a Nicolás Gómez Dávila y menos aún el libro de marras. No obstante, tampoco hay que lamentar que carezca de lectores. Eso solo sería lamentable si la celebridad mejorase la calidad de una obra. Es la cultura…

Horizonte

La decadencia de una sociedad consiste en «exterminar» a los mejores sin que la mayoría de personas nos demos cuenta de que participamos en ese «exterminio». Es un exterminio ajeno, ignorante, silencioso y, sí, libre, porque cada cual es libre de mirar al horizonte y descubrir los mensajes que quiera. Sin embargo, hay mensajes secretos que están a la vista de todos y que sólo unos pocos descifran. Cuando miro el vasto horizonte cultural, me contenta saber que, de vez en cuando, descubro y descifro pequeños mensajes que pasan inadvertidos para la mayoría, mensajes que me vuelven un poquito menos «exterminador» cada día y amplían el horizonte ante mis ojos. Pero eso a muy pocos importa y a nadie incumbe. Allá con quienes se den por aludidos. Esa es mi cultura.

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El secreto de nada

NadaNada. Curiosa palabra de la que nace todo. Si uno la desviste para dejarla desnuda, temblorosa, aparece la raíz, su sentido verdadero, su étimo estético. Nada que es origen de todo, ¿cuándo mudó su esencia? Nada proviene de nata que en latín era la forma femenina del participio natus del verbo nasci, nacer. Nata se utilizaba en una expresión, res nata, que significaba algo así como «el asunto en cuestión». La evolución de esta expresión hacia un sentido negativo parece estar ligada al nati plural que se empleaba en la expresión homines nati, es decir, «los hombres nacidos» o «todos». Ese nadi plural acabó degenerando en nadie, justo lo opuesto de todos, porque solía emplearse en frases negativas del tipo homines nati non fecerunt («los hombres nacidos no lo hicieron» = «todos no lo hicieron», es decir, «nadie lo hizo»). Poco a poco, el participio plural fue adquiriendo un valor negativo que terminó por desplazar al nemo, nadie, latino. Del mismo modo, por contagio, parece que la expresión res nata pasa de significar «el asunto en cuestión» a «ningún asunto en cuestión», o sea, nada, sustituyendo así el sustantivo latino nihil que en español ha dado nihilidad, nihilismo y nihilsta. Curiosamente, el catalán se quedó con la primera parte de la expresión res nata: res en este idioma significa nada.

Siempre me han fascinado las palabras, tan antojadizas, tan caprichosas como los seres humanos que las utilizamos. Por eso no hay nada como la etimología, la ciencia del significado verdadero, nada como quitarle al verbo el atavío del tiempo para quedarse con el étimo desnudo y puro. No hay ningún secreto en la nada, como no lo hay en tantas otras cosas.

Hace ya muchos años que me adentré en el mundo del coaching, término con el que nunca me he sentido cómodo en español. En inglés funciona muy bien, pero su importación al español, no. Traducirlo como entrenamiento, se queda corto (por cierto, entrenar y entrenamiento están emparentadas con trajín y trajinar); tampoco funcionan formación, instrucción… Ha sido reflexionando sobre la etimología de las palabras cuando hace unos días inventé un término que a mí me satisface pero al que no auguro mucho recorrido: etimogogia. Así, la persona que practica o ejerce la etimogogia es etimogoga. En esencia, la etimogogia es la disciplina mediante la cual se conduce al sentido verdadero, a la verdad desnuda.

Decía el filósofo colombiano Nicolás Gómez Dávila que «la inteligencia no consiste en el manejo de ideas inteligentes, sino en el manejo inteligente de cualquier idea». No hay ningún secreto en el logro. No hay ningún secreto en el éxito. El secreto de cumplir 49 años es no haberte muerto a los 48. Palabra de etimogogo.

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Al mirar por la ventana

VentanaLlegó no como casi todas las mañanas. Ya se había convertido en costumbre llegar a la oficina sobre las 7:30 para evitar el tráfico en la carretera. Hoy llegó a las 08:00, media hora más tarde. Abrió la puerta del despacho, tecleó su clave al ordenador, fichó en la aplicación digital y se preparó una infusión pensando en anotar algunas frases en su diario que, quince días atrás, había titulado Cuaderno de vida poética. Quería llevar una vida poética o, cuando menos, ser consciente de todos esos actos bellos que pasan inadvertidos en el transcurso del día. ¿Posible? Sí, pero no tan fácil. Los seres humanos tendemos a enredarnos en el ajetreo vital y perdemos de vista la belleza de lo que nos rodea. Nuestros sentidos se entumecen ante el hábito del día a día, ante todas esas cosas, ingenuos, que creemos que van a ocurrir, porque así ocurren todos los días. Algunos vivimos esperando una sorpresa agradable que haga añicos el orden del día; otros tan solo esperan que el día pase rápidamente y que no haga mella en sus maltrechas vidas.

Puso de fondo el Adagio del Concierto en sol mayor de Maurice Ravel y comenzó a escribir en el cuaderno sin apenas darse cuenta de que ya había hecho su primer acto poético del día: dejar que esa música, temblorosa de belleza, se le colara por los oídos para estimular las neuronas y permitir que una caricia sonora le recorriera el cuerpo hasta la entraña. Quedaban apenas seis días para su cumpleaños, 49 años dan para mucho. Podía ver el vaso medio vacío o medio lleno. Anotó algunos pensamientos que para muchos serían irrelevantes, como para la mayoría es también irrelevante el Adagio de Ravel. Escribió una última frase inspirada en unas palabras de George Steiner en Necesidad de música. Considerando su vida, se había dado cuenta de que sólo le faltaba, que anhelaba, el logro en el terreno sentimental: unir su cuerpo al de una mujer, sentirse uno con el otro, dos seres, dos idiomas distintos que se traducen simultáneamente en el orgasmo. Y es que en el fondo él era traductor, se dijo. Alzó la vista. Al mirar por la ventana, pensó en ella y sus ojos se quedaron suspendidos en el verde de los árboles buscando el baño caluroso de la luz de la mañana. Fue entonces cuando el Adagio se extinguió en un suave trino del piano, como si el canto de un pájaro lo despertara, como se despierta a un niño para recordarle que hay que ir al colegio. Sí, había que ponerse manos a la obra. Ya era hora de trabajar, de volver a ese ajetreo vital procurando que la belleza no pasara inadvertida…

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Nicolás Gómez Dávila y el redescubrimiento del escolio

Andaba yo hace un par de semanas en busca de El mudejarillo y terminé en la librería Antonio Machado al lado del Círculo de Bellas Artes de Madrid. Fue allí donde, en busca del libro de José Jiménez Lozano, descubrí por casualidad que acababan de reeditar otro libro que llevaba mucho tiempo buscando: Escolios a un texto implícito de Nicolás Gómez Dávila. De este escritor y filósofo colombiano ya escribí hace medio año en un articulillo que titulé De escolios y textos. Por aquel entonces, recuerdo, también envié un correo electrónico a Jacobo Siruela e Inka Martí para preguntar si la editorial Atalanta estaría interesada en publicar una novela que escribí en 2020. Les hablé también de la imposibilidad de encontrar ejemplares de Escolios a un texto implícito. Ignoro si eso les sirvió de acicate para reeditar el libro, pero fue muy agradable comprobar que así lo hicieron meses más tarde. En cuanto a lo de mi novela, resultado infructuoso.

Nicolás Gómez Dávila - Escolios a un texto implícito

Quien lea los escolios de Nicolás Gómez Dávila no se quedará indiferente. Da igual por dónde uno abra el libro, siempre encontrará una frase memorable, impactante y, lo más importante, que dé que pensar. El escolio es una nota aclaratoria, un comentario, que se pone a un texto. Los escolios solían ponerse al margen de un texto en los antiguos manuscritos. De ahí que los escolios de Nicolás Gómez Dávila se refieran a un “texto implícito” que el lector ha de imaginar… Aquí van unos pocos escolios sólo para mostrar la punta del iceberg:

La cultura no llenará jamás el ocio del trabajador, porque sólo es el trabajo del ocioso.

La inquietud es consecuencia de una fe excesiva en la estabilidad de las cosas.

El prestigio de la “cultura” hace comer al tonto sin hambre.

Llamamos filosofía la lógica del discurso cuando tiene lo absurdo por tema.

Las artes se están muriendo de autofagia.

El hombre no debe su experiencia a la vida, sino a los ratos de ocio que le deja.

Necesitamos que nos contradigan para afinar nuestras ideas.

La literatura toda es contemporánea para el lector que sabe leer.

Basta el impacto de un verso para hacer estallar los detritos que sepultan el alma.

Con el descubrimiento de Nicolás Gómez Dávila a muchos nos llega también el redescubrimiento del escolio.

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Carta breve al poeta Andrés Trapiello

Querido Andrés:

He encontrado la llave que dejaste debajo del felpudo de la vida y con ella he abierto el silencio al que dices damos nombre de pájaros, de viento entre las ramas, del agua que fluye afanosa por la acequia del soñar humano. Estaba allí, intacta, y no hubo desengaño: me sirvió a mí solo, como sólo a Cenicienta le sirvió el zapato de cristal. He vuelto a dejarla en el mismo lugar por si a alguien más le sirve para encontrar la horma de sus sueños, que no son sino sueños de muchos otros, como la poesía es de todos, aunque solo unos pocos la escriban, otros cuantos la lean y la mayoría no la aprecien. Quiero decir que he leído, que he vivido, La Fuente del Encanto, ese hontanar del que manan más de cuarenta años de una vida poética, la tuya, que apenas conozco más que por este libro que llega como un pan recién horneado cuyo hurmiento, estoy seguro, has heñido laboriosamente en silencio, con amor de panadero y oficio de poeta, aunque eso sea una verdad indemostrable. Y también sé que te hubiera gustado pasar más tiempo de obrador en la tahona para sacar al aparador el pan perfecto. Pero, ya lo sabemos, la perfección es una inacabable sucesión de instantes, como la vida, que duran más que toda esa desconocida eternidad que nos aguarda.

Andrés Trapiello - La Fuente del Encanto

Te confieso que temo leerte, pues cada vez que me encuentro con uno de tus libros, aparto otros que ando leyendo —en esta ocasión le tocó a Otra modernidad, el libro de Miriam sobre Ramón Gaya, a quien tú tanto admiras (prometo retomar su lectura en cuanto termine de escribir esta carta)— y, al terminar de leer el tuyo, aumenta sin remedio mi biblioteca personal con algún nuevo ejemplar de viejo. Por La Fuente del Encanto han llegado dos más: la Tercera antolojía poética de JRJ y otro que conoces muy bien, El arca de las palabras. Este último se lo compré hace un par de días al hijo mayor de los Gulliver en la Cuesta de Moyano… Pero para qué seguir con anodinas confesiones de bibliómano.

Ya lo he contado en alguna otra parte. Llegaste a mi vida por casualidad y no hace tanto, hará algo menos de seis años. Tu nombre hasta entonces para mí desconocido me llegó por amor, quiero decir que fue por una mujer a quien yo intenté ligarme sin éxito. CGC es pintora y me recomendó Las armas y las letras. Al igual que había hecho muchos años antes cuando por un amor secreto de adolescencia me leí la Divina comedia —ella se llamaba Beatriz, como la de Dante—, por Carmen me leí Las armas y las letras. Y ese libro tuyo me llevó a otros muchos de otros autores. Gané una amiga, perdí un amor; aumentaron los libros y menguaron los caudales.

Cada vez que he descubierto un libro tuyo he ido atando cabos y conociéndote un poco más. No soy, empero, un iluso y sé que conocer a alguien por lo que escribe es quedarse sólo con la punta del iceberg. La vida de una persona va mucho más allá de las palabras así como la poesía va más allá de los versos. Lo que quiero decir es que apenas nos hemos visto dos veces. De la primera no eres siquiera consciente. Fue en la presentación de MADRID —libro que te salió redondo— en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. No me acerqué a saludarte por aquello de no molestar y porque, me dije, ya habrá ocasión de encontrarme con él de un modo natural, igual que nace el verso. La segunda fue en el Auditorio Nacional. La música es algo que nos une, eso también lo he descubierto en tus libros. Allí sí que pudimos charlar, aunque en el fondo ignorabas quién yo era. Y está bien así. Quiero decir que a las personas se las va conociendo poco a poco como el sol de la mañana entra por la ventana e impregna de luz los sueños del día.

Primero fue, como ya he dicho, Las armas y las letras, luego vinieron las novelas Ayer no más, Los confines, Días y noches. Después llegaron MADRID y tu traducción al castellano actual de El Quijote. Hace apenas un par de meses le tocó el turno al primero de tus Spp que leo, Quasi una fantasia. Permíteme decirte que este diario novelado es pura poesía, una verdadera novela poética. El ejemplar que tengo parece ya un libro de viejo por lo manoseado y garabateado que lo he dejado. A estas lecturas, añado mi cita semanal todos los viernes desde hace casi un año con tus Figuraciones en El Mundo que se han convertido para mí en un modo de medir el paso del tiempo.

Andrés Trapiello - Quasi una fantasia

Como ves, no soy ningún experto en tu obra. Sólo disfruto lo poco que de ti he leído. Aunque digo más, eres el único escritor vivo que —junto con Juan Bonilla, a quien bien conoces— releo asiduamente. Por lo demás, soy lector de escritores muertos y, casi siempre, preteridos.

Pero regresemos al encanto de tu fuente poética. Ha sido para mí un placer y sorpresa ver presente a Miguel d’Ors en tu último libro. Casualidades de la vida, a él también le escribí una carta aquí poco antes de que empezara el confinamiento en 2020. A finales de febrero de ese año, me leí del tirón sus Poesías completas 2019. Me encantó y emocionó. Fue la primera vez que leía un libro entero de poesía en mi vida. A lo más que había llegado antes era a leer poemas sueltos. Hace poco también leí otro, mucho más breve, Horizonte de sucesos, de tu amigo JB. Y ahora, el tuyo. Ahora sé que no eres partidario de recitar tus poemas, que prefieres que la poesía se lea en silencio o, a lo más, recitárselos a Miriam, Rafael y Guillermo o quizás a algún amigo al teléfono. Te advierto de que quizás algún día, no obstante, te llegue alguno de ellos, «tembloroso de pura belleza», al oído recitado por mí.

Y al igual que tú no puedes sustraerte a la prosa diaria de la vida ni a las consideraciones de orden político, no voy tampoco yo a sustraerme a la «política poética» ni a tus batallas políticas. Que para muchos resultas polémico es obvio. No voy a ser yo quien salga a defenderte, porque de sobra sabes tú hacerlo, y muy bien, solo. Creo que con todo lo dicho anteriormente, por si alguna duda hubiera, queda patente mi apoyo. Por ti he conocido y leído a Castillejo, a Campoamor, a Chaves Nogales, a Fortún y a tantos otros. A buen entendedor, palabras sobran. Obras son amores y no buenas razones.

Sólo un pequeño apunte más sobre La Fuente del Encanto. Al leer algunos pasajes, retrocedía en las páginas porque tenía la sensación de haberlos leído antes en ese mismo libro, aunque no los encontraba. Me equivoqué. Mi duda quedó resuelta al terminarlo y leer tu nota final: habían aparecido en otros libros tuyos que ya había leído.

Voy despidiéndome, Andrés, felicitándote por el logro de tu vida poética y de tu familia a quien he ido conociendo por tus libros. Tú encontraste a Miriam. Ojalá yo hubiera encontrado mi miriam también. De Carmen ya te he hablado. De Marina aún no. Pero esa es otra historia, un mar de amores, en el que tendría que zambullirme ahora y no hay espacio ni tiempo, porque esta carta a un poeta quiere ser breve. Y en cualquier caso, al poeta tampoco le hacen falta razones para comprender los amores.

Tu obra deja relejes a quien quiera recorrer el camino de una vida poética. «La poesía no solo canta lo que se pierde, sino que se escribe para que no se pierda en el olvido lo que ha sido hermoso, y de la belleza que hemos conocido nadie puede prescindir, porque forma parte de la que está por llegar.» Ya lo dije al principio, he vuelto a dejar la llave debajo del felpudo de la vida para que quien quiera pueda seguir abriendo las puertas de la poesía.

Algún día te irás, pero qué forma de quedarte.

Michael Thallium