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Samuel Adler: No se vive más que una vez

“Los premios son maravillosos. A uno le encanta recibirlos, pero lo más importante es que espero que mi legado sea haber escrito música que signifique mucho para las personas. Y, también, como he sido profesor durante tantos años, he sido bendecido con los estudiantes más talentosos que uno pueda imaginar. He tenido cientos y cientos de estudiantes que realmente llegaron a algo. Y para mí eso es una gran satisfacción y una recompensa más que un premio. Mi padre fue un hombre maravilloso y siempre enseñaba que el objetivo de la vida debería ser que cuando uno fallezca, los demás digan: esta es una vida que ha hecho del mundo un lugar mejor.” – Samuel Adler

Samuel Adler Once Lives but OnceMe llamó la atención el título de la portada. Era una caja de cedés. En ella aparecía una foto en blanco y negro de un hombre mayor, sonriente y con gafas, apoyando la barbilla sobre su mano derecha en la que además sostenía un lápiz. En el texto se podía leer Samuel Adler, One Lives but Once: A 90th Birthday Celebration (No se vive más que una vez: Una celebración del 90º cumpleaños). Tomé la caja en mis manos. Después de leer someramente la información sobre las grabaciones que contenían los cedés, miré a Jose, uno de los encargados de La Quinta de Mahler (LQM), un rincón musical en Madrid que suelo frecuentar, y le pregunté:
—¿Conoces a este compositor?
— No tengo ni idea —respondió con la mayor de las sinceridades.

Ese comentario, viniendo de Jose, a quien considero una persona bastante entendida en música clásica, quizás me echara atrás en la compra de la susodicha caja. Volví a dejarla sobre la mesa: “Cuando llegue a casa, ya indagaré sobre quién es el tal Samuel Adler”, pensé. En su lugar, compré un cedé del sello Chandos que Jose me recomendó: Edvard Grieg, Música Incidental para “Peer Gynt” y el conocidísimo Concierto para piano y orquesta en la menor. He de decir que la recomendación fue muy buena: una vez que uno escucha la música incidental (con coros, tres sopranos y un barítono) para Peer Gynt, la Suite homónima sabe a poco, se queda coja.

Una semana más tarde, quise regresar a LQM para decirle al “recomendador” que había acertado de pleno con su recomendación. Entretanto, yo también había hecho mis pesquisas sobre Samuel Adler. Nació en 1928 —los compositores Einojuhani Rautavaara y Karlheinz Stockhausen nacieron ese año también, pero no han tenido una vida tan larga como Adler— en Alemania y su familia huyó a los Estados Unidos en 1939 cuando él tenía once años. Samuel Adler es un compositor, director de orquesta y profesor nacionalizado estadounidense, muy prolífico, y con un currículo apabullante en la fecha en que escribo estas palabras, Samuel Adler tiene 90 años, con más de 400 obras de todos los géneros musicales a sus espaldas: óperas, oratorios, sinfonías, conciertos, cuartetos de cuerda… Ha dedicado la mayor parte de su vida a la enseñanza. También es autor de varios libros entre los que destaco El estudio de la orquestación y su autobiografía Building Bridges with Music (Construir puentes con la música), publicada en 2017 y aún no traducida al español, y que estoy deseando leer en cuanto me llegue por correo, la encargué ayer mismo. Adler estudió nada más y nada menos que con Paul Hindemith, Aaron Copland, Walter Piston, Paul Pisk, Serge Koussevitzky y Randall Thompson…

Cuando regresé a LQM, esta vez sí que me llevé la caja del sello escocés Linn Records. Me daba la impresión de que lo que me había llamado la atención una semana atrás, en el fondo, encerraba algo grande. En cualquier caso, la ocasión lo merecía: un compositor veterano y vivo, pero nuevo para mí, cuya música podría descubrir. De hecho, mientras escribo estas palabras, estoy escuchando los cedés de “No se vive más que una vez”, esa particular celebración de un nonagenario con tantas vivencias y cosas que contar. Su música está impregnada de aires americanos, pero a la vez tiene mucho de europea. Diría que en ella convergen las distintas corrientes de la música de concierto occidental. La caja consta de tres cedés con las sinfonías 1 y 2; un concierto para piano y orquesta, otro para guitarra y orquesta, otro para violín y orquesta y otro para quinteto de viento y orquesta; Cinco scherzi para coro, guitarra y viola; y tres obras tituladas Man lebt nur einmal (No se vive más que una vez, para orquesta), Into the Radiant Boundaries of Light (Hacia dentro de las radiantes fronteras de la luz, para viola y guitarra) y Ports of Call (Puertos de escala, para dos violines y guitarra).

Es cierto que nunca antes había oído hablar de Samuel Adler hasta el día en que, por casualidad, di con su música en LQM, pero ahora me llama muchísimo la atención que no se hable más de este compositor. Ni siquiera Alex Ross en su conocido libro El ruido eterno, que es un repaso por la música del siglo XX, lo menciona ni una sola vez. Quizás sea ese el precio que han de pagar quienes se dedican a la enseñanza durante tantísimos años: su labor afecta a la eternidad pero pasa inadvertida ante la mayoría de personas.

Resumir 90 años de existencia en unas pocas palabras es imposible. No se vive más que una vez… Tengamos la mente abierta a todo aquello que nos queda por descubrir y decir.

Michael Thallium

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El mago, el cisne y la encantadora del viento

De izquierda a derecha: Pablo Ferrández, Cristina Gómez Godoy, Jesús Torres y Juan Pérez Floristán

De izquierda a derecha: Pablo Ferrández, Cristina Gómez Godoy, Jesús Torres y Juan Pérez Floristán

Si algo hay que tiene la música es esa extraña cualidad que te hace viajar en el tiempo y el espacio con toda suerte de casualidades. Cuando el 8 de marzo de 2018 abrí la puerta para entrar al Auditorio Nacional de Madrid, ignoraba que detrás de mí venía el pianista sevillano Juan Pérez Floristán. Él ignoraba, igualmente, que yo iba delante, porque jamás antes nos habíamos visto. Bueno, yo a él sí, virtualmente, por Internet, el día anterior. Por eso lo reconocí unos minutos más tarde. Ya en el vestíbulo de la sala de cámara, hice tiempo hasta que llegara la hora de entrada al concierto. Un señor con gafas y de cabello entrecano tarareaba en voz alta una extraña melodía con la mirada perdida a saber en qué dimensión musical. Por la precisión de su tarareo, deduje que se trataba de un músico y, probablemente, de los que frotan la cuerda. Ignoraba en ese momento yo que se trataba del padre del chelista madrileño Pablo Ferrández y que la melodía era un pasaje de la obra del compositor zaragozano Jesús Torres, que se iba a estrenar esa misma noche. Eso solo lo supe, entre bastidores, después del concierto. Juan Pérez Floristán volvió a salir al vestíbulo para hablar con quien colocaba los cedés en una mesita para su posterior venta. Aproveché el momento para dirigirme al afable pianista hispalense y comunicarle mi deseo de conversar con los tres intérpretes —la talentosa oboísta linarense Cristina Gómez Godoy, solista de la Orquesta Estatal de Berlín, completaba esta terna musical de lujo— después del concierto. Muy amablemente, me invitó a hacerlo. Y eso hice, sí. Pero antes el concierto…

Pablo Cristina Juan 3Una vez en la sala de cámara, desde la tribuna central, avisto a Jesús Torres sentado en el patio de butacas, muy cerca de Antonio Moral, director del Centro Nacional de Difusión Musical (CNDM) del que el maño es compositor residente durante la temporada 2017/18. El programa recorre más de dos siglos de música. En la primera parte, Juan, Cristina y Pablo nos llevan al mundo del clasicismo del Imperio austrohúngaro con un alegre y garboso Trío en re mayor Hob XV:16, op. 67, n.º 2 que Joseph Haydn (1732-1809) compuso entre 1789 y 1790, en pleno apogeo de la Revolución Francesa, y a punto de que el sucesor de Nicolás Esterházy lo jubilara —Haydn aprovechó este hecho para viajar a Inglaterra y componer las famosas Sinfonías de Londres. Nadie diría que es la primera vez que estos tres músicos tocan juntos en trío. El público aplaude. A Haydn le sigue Robert Schumann (1810-1856) con unas románticas Piezas de fantasía op. 73 para violonchelo y piano. Ver tocar el chelo a Pablo Ferrández es como ver a un cisne estirar el cuello y las alas para volar la imaginación. Juan Pérez Floristán lo acompaña magistralmente al piano; sabe escuchar, anticipar, adaptarse. Un cisne y un mago del teclado juntos. El público vuelve a aplaudir. El primer acto concluye con Serenade para oboe, chelo y piano, op. 73, una obra netamente brahmsiana del olvidado Robert Kahn (1865-1951) —los nazis prohibieron la publicación e interpretación de sus obras y, en 1938, Kahn tuvo que exilarse en Inglaterra. El público aplaude satisfecho con el buen hacer de los artistas antes del descanso.

La segunda parte comienza con las Tres romanzas op. 94 para oboe y piano de Schumann. Con una expresividad y color especiales, Cristina Gómez Godoy demuestra por qué es la solista de la Staatskapelle de Berlín. La de Linares es la encantadora del viento y se nota que al mago hispalense le encanta acompañar su aliento sonoro. Suenan los aplausos y bravos del público. Y, para terminar, llega el plato fuerte de la velada: el estreno mundial del Trío que Torres escribió en 2017 expresamente para estos tres brillantísimos intérpretes. La obra consta de tres piezas: Rapsódico, con sabor a amor brujo, a España; le sigue Transparencias, un interludio de puro color tímbrico con suavísimos multifónicos de oboe y dobles armónicos de chelo acompañados de cristalinos acordes de piano —el mago, el cisne y la encantadora del viento en acción; la última pieza es Espejo de fuego, furiosamente virtuosista y con fogosos cambios métricos. La musicalidad de Cristina, la flexibilidad de Pablo y la inteligencia de Juan se fusionan transportando la partitura de Torres a otra dimensión de la que se adueñan. La obra es ya suya, quizás la hayan hecho incluso universal… y el público lo reconoce con aplausos y bravos. Torres sube al escenario y saluda junto a los tres magníficos.

Después del concierto, converso con los artistas y compruebo que son tan extraordinariamente humanos como extraordinaria fue su interpretación aquella noche. Aquel señor con gafas y de cabello entrecano, el padre del cisne, se sorprende de que apenas dos horas antes alguien lo oyera tararear una extraña melodía aún por estrenar en el vestíbulo del Auditorio Nacional.

Michael Thallium

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El Trío Arbós: una locura con amor, música y regreso a casa

“Enviar la luz al corazón del hombre, ese es el deber de un artista.” – Robert Schumann

El Rin, ese río al que tanta música había dedicado, lo ahoga. De hecho, él quiere ahogarse. Aquella tarde lluviosa del 27 de febrero de 1854, Robert Schumann (1810-1856) decide acabar con su sufrimiento arrojándose desde un puente al río protagonista del segundo movimiento de su Tercera Sinfonía. Su camisón, verde y floreado, ondula henchido por las gélidas aguas del Rin a su paso por Düsseldorf. Quizás esas aguas apaguen definitivamente los horripilantes sonidos que machacan su cabeza. Unos pescadores lo habían visto saltar. Acuden rápidamente a salvarlo ignorando que, al sacarlo del agua, no hacen más que devolverle el sufrimiento. Schumann quiere que la vida se apague. Forcejea. Todo había empezado hacía un poco más de dos semanas. Primero fue una migraña con aura, luego un la persistente que resonaba constantemente en su cabeza; todos los sonidos que oía se convertían en música para él. En ese delirio acústico, incluso sintió que los ángeles le dictaban una melodía, y sobre ese “tema angelical” escribe cinco variaciones cuando la lucidez se lo permite. Las variaciones del fantasma es la última obra que Schumann escribe y se la dedica a su mujer, la genial Clara Schumann (1819-1896). Pero, ¡ay!, los ángeles se tornan demonios, seres supraterrenales, seres subterráneos, tigres y hienas. Cuando los pescadores lo sacan del agua, lo llevan en volandas de regreso a casa entre el tumulto. Es carnaval. La gente se burla de él… La locura se disfraza muy bien entre la algarabía de antruejo. Schumann está espantado, se tapa la cara con las manos. No quiere ver, pero su hija mayor, Marie, de 12 años, lo ve regresar de esa guisa de espanto. No volvería a verlo nunca más. Dos años más tarde, Schumann muere a los 46 años consumido por la locura y la sífilis en un manicomio de Endenich. En su día, la mayoría de personas consideraban que la música de Robert Schumann era “extraña”. Clara Schumann dedicó el resto de su vida -40 años más- a difundir la obra de su marido…

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Trío Arbós, marzo de 2018

…Y tuvieron que pasar más de 160 años para que el Trío Arbós se arrojara al agua de los conciertos organizados por la UAM en el Auditorio Nacional de Madrid con un experimento único en el mundo: interpretar el Trío n.1 op. 63 de Schumann intercalando sus movimientos con las Escenas extrañas (Fremde Szenen) del alemán Wolfgang Rihm (1952), de quien el Trío Arbós dice ser un compositor del siglo XIX en el siglo XXI. ¡Menuda locura! ¡Una hora y veinte minutos de música de cámara sin pausa! Sin embargo, el experimento que aconteció el 3 de marzo de 2018, mereció la pena. La obra de Rihm es una obra “extraña” para quienes no estén familiarizados con su lenguaje musical solo quienes tengan un oído muy fino y educado percibirán todas esas similitudes y coincidencias entre las dos obras, pero es toda una declaración de amor a Schumann. La intercalación de ambas obras me sumergió en esa evocadora imagen de Schumann ahogando su sufrimiento en el Rin, forcejeando por apagar su vida mientras unos pescadores creían salvársela. Schumann, el ángel; Rihm, el fantasma. Juan Carlos Garvayo (piano) construye un armazón pianístico en el que la enérgica Cecilia Bercovich (violín) y el sereno Jose Miguel Gómez (violonchelo) se mueven a su antojo, dialogando, jugueteando. Garvayo y Gómez tiran de la rienda; Bercovich hace una ardiente corveta. Entre los tres demuestran la conjuntada enseñanza del paso, el trote y el galope. Un toma y daca musical y apasionado, aderezado con “extraños” recuerdos de locura… La entremezcla de Rihm y Schumann, deja una especie de angustia no resuelta al terminar el experimento. El público aplaude, y el Trío Arbós resuelve genialmente esa angustia al regalar un arreglo de Theodor Kirchner (1823-1903) de Ensueño, esa hermosísima pieza de Escenas de niños que Schumann compuso para piano en 1838, ignorante aún de su funesto destino. Ese Ensueño restauró la paz e inocencia infantiles. Alguien del público hasta meditó con esa propina. Yo lo vi, lo juro. La locura solo fue un sueño, un mal sueño. El Trío Arbós nos llevó de vuelta a casa con un suspiro: hogar dulce hogar.

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NECESIDADES EMOCIONALES: Las razones económicas del corazón

Necesidades emocionales

El amor es el resultado del equilibrio emocional. La autoestima, el amor propio, es lo que sí nos hace ser capaces de dar amor.” – Carmen Cayuela

A Carmen Cayuela la conocí hace unos cuantos años en un curso de coaching. Carmen, aparte de tener una mente muy brillante y un talento artístico que deslumbra (pinta y sus pinturas son “deslumbrantes”),  es economista y especialista en inteligencia emocional con coaching. Anteriormente, ya dediqué algunos artículos a la disciplina que ella desarrolla desde hace varios años: IECoaching. Para quienes no hayan tenido la oportunidad de conocer su metodología, recomiendo leer los siguientes artículos o ver los siguientes vídeos:

En esta ocasión y con motivo de la presentación de su libro: NECESIDADES EMOCIONALES: Las razones económicas del corazón, Carmen nos habla de esas razones del corazón que la razón “ignora”…

Según Carmen, los seres humanos no sobrevivimos porque nos adaptamos a las circunstancias. Sobrevivimos porque encontramos un entorno en el que podemos modificar las circunstancias a las tenemos que adaptarnos.

Las razones económicas del corazón

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La mejor lección para actuar en la vida que jamás puedas tener

La mejor lección para actuar en la vida que jamás puedas tener

¡Hola! Aquí estoy yo queriéndote contar una historia que pretende ser la mejor lección para actuar en la vida que jamás puedas tener. Solamente te va a llevar algunos minutos. Sí, ya sé que puede sonar un tanto pretencioso, quiero decir, yo dando lecciones de nada a nadie, porque, francamente, no soy un buen ejemplo de nada, de veras. Y tampoco estoy aquí para ponerme de ejemplo o modelo de nada en absoluto. Eso no puede tener mucho valor. Tan solo quiero compartir esta historia contigo, porque creo que puede servirte. Es importante, de verdad, porque hay miles de personas que se han gastado montones de dinero en cursos de formación que hacen algunos de esos “super gurús” para saber lo que tú sabrás después de que yo termine si me escuchas, y lo voy a hacer gratis.

¡Es una historia real! Me ocurrió hace muchos años. Yo era mucho más joven, atrevido y, probablemente, bastante inocente. Era de ese tipo de personas que creía que iba a comerse el mundo, a quien ni nada ni nadie iba a parar, y es verdad que viajé por el mundo y que incluso tuve hasta la suerte de dar la vuelta al mundo, literalmente. Pero eso es otra historia que no viene al caso ahora. Como iba diciendo, todo se remonta a la época en que yo trabajaba de animador turístico, uno de los muchos trabajos que he hecho en mi vida hasta el momento, en barcos, en barcos de crucero. Y recuerdo que estábamos en algún lugar, navegando por el mar Mediterráneo, por el sur de Europa o el norte de África y una noche, uno de los pasajeros, que era actor y cantante, se acercó a mí y comenzamos a charlar y estuvimos hablando durante un buen rato, manteniendo una de esas interesantes conversaciones que uno mantiene a veces con perfectos desconocidos, y me dijo: “¿Sabes que te digo? Que me has caído bien, pareces buena gente y te voy a contar el mejor truco que jamás puedas tener para actuar sobre el escenario y ser el mejor actor, y además te lo voy a desvelar gratis”, me dijo, del mismo modo que yo ahora te lo voy a pasar a ti gratis también. Entonces, prosiguió: “Porque si no, si realmente quisieras saber cuál es este truco, tendrías que gastarte un pastón, muchísimo dinero, en un curso de actuación en los Estados Unidos. ¡Así que más te vale que prestes atención, chaval! ¿Quieres saber cuál es el truco?” “Sí, claro”, respondí yo. A propósito, tú, el espectador, tú que me estas mirando, tú que me estás escuchando ahora, ¿realmente quieres saber cuál ese truco?… Entonces, me tomó del brazo, me dio unas palmaditas en la espalda y me apartó del resto de personas y me dijo: “Imagínate que esto es un escenario, tu escenario. Imagínatelo. Ahí va, presta atención, escucha atentamente, porque este es el truco: sales al escenario, dices lo que tienes que decir… ¡y te vas! Ya está. Tan sencillo como eso: “Sales al escenario, dices lo que tienes que decir y te vas”.

Esta idea de “decir lo que tienes que decir y te vas” me ha estado rondando la cabeza durante algunos años ya. Y aunque es posible que no terminase de comprenderla del todo, lo cierto es que, a lo largo de los años, llegué a darme cuenta de lo poderosa que esa idea era, porque: ¿qué es la vida? Creo que la vida es el escenario en el que interpretar las escenas de tu obra vital. Desde el momento en que naces o incluso un poco antes, cuando aún estás en el vientre de tu madre, ya estás en ese escenario. Tienes tu público desde el principio: quizás tus padres, tus parientes, los amigos de tus padres o conocidos. Y al mismo tiempo, ellos son también actores en tu vida, en tu escenario. Este reparto de actores no lo has elegido tú cuando naciste, es verdad. Te los han adjudicado, tanto si te gusta como si no, del mismo modo que el atrezo, la utilería que te rodeaba al nacer. Tú no los elegiste. Estaban ahí, en tu escenario.

Luego, a medida que vas creciendo, quizás te conviertas en el director de reparto y elijas qué actores, tus relaciones, quieres o no en tu obra. Puedes elegirlos. Pero ese poder de elección es limitado. Puede ser que alguna vez quieras que alguien desempeñe determinado papel y que esa persona no quiera hacerlo o al revés, puede que alguien quiera que tú desempeñes un papel que no estás dispuesto a aceptar y que ni siquiera quieras formar parte de su obra. ¿No te resulta curioso? Me refiero a esa interactividad: tú tienes tu escenario, eres el actor principal de tu vida, pero al mismo tiempo compartes tu escenario con otras personas que a su vez tienen su propio escenario y piensan que tú formas parte de él, del mismo modo que tú piensas que ellos forman parte del tuyo. Y esta “compartición de escenarios” hace que tu actuación sea aún más interesante si cabe… y compleja, por supuesto. Y aquí es donde realmente entra en juego la escucha, saber escuchar, porque no hay manera alguna de que actúes, al menos de un modo satisfactorio, si no escuchas, porque escuchar es comprender. No solo escuchas con esto, con las orejas, con el oído, escuchas con todo tu cuerpo. Y cuando escuchas, resultas interesante, y cuando resultas interesante, la gente te presta atención. Tú, ahora, me estás escuchando porque, por alguna razón, sientes que yo te estoy escuchando a ti, te acepto, y por eso me escuchas tú a mí.

Algunos de esos actores se quedarán en tu vida durante mucho tiempo, otros se irán, quizás incluso antes de lo que esperabas o tú quisieras. Algunos de ellos tendrán papeles importantes; otros, papeles secundarios o papeles menores, serán actores de reparto. Pero hay un actor que se quedará tu vida entera contigo, y ese eres “tú”. Así que más vale que también te escuches a ti mismo.

La próxima vez que te llamen a escena, acuérdate de esto: sal ahí, di y haz lo que quieras o necesites decir y hacer y, después, vete. ¡Pruébalo! Puedes ponerlo en práctica, quizás hoy mismo. Si interpretas la escena lo suficientemente bien, es muy probable que el público se quede entusiasmado y, al bajar el telón, te aplaudan e incluso hasta griten “¡bravo!”, “ole, ole y ole”. Pero recuerda que no se puede complacer a todo el mundo. Habrá buenas actuaciones, actuaciones excelentes, y malas actuaciones de las que no te sentirás orgulloso, seguramente. No complacerás a todo el mundo, incluso aunque des lo mejor de ti. A lo único que verdaderamente podrás aspirar es a escuchar lo mejor que puedas, porque eso es lo que te convertirá en el mejor actor que jamás puedas llegar a ser.

Hay algo, sin embargo, que aún no te he dicho. Llegará un día, en el que el telón se baje para todos nosotros por última vez: se bajará para ti por última vez, se bajará para mí por última vez. No sabemos exactamente cuándo, yo no lo sé, pero lo que sí que sé es que, algún día, el telón se bajará por última vez para mí también, y ese día me iré… para siempre. ¡Ya está! ¡Se acabó el tiempo! ¡Juego terminado! ¡Fin! Esa será tu última actuación! Con ello, es decir, con ese no saber exactamente cuándo te irás para siempre, no quiero decir que tengas que vivir la vida como si fuera el último día de tu vida. Vivir así no funcionó conmigo, no funciona conmigo al menos. Lo que sí que me funciona es llegar a darme cuenta de que estoy en mi escenario, que elijo el reparto de actores, mis relaciones -incluso aunque esté limitado de algún modo- e interpreto la escena lo mejor que sé, porque escucho.

El dinero -el atrezo, la utilería, la tecnología en la obra de tu vida-, el dinero viene y va. No estoy diciendo que no sea importante, lo es, pero simplemente viene y va. Tu cuerpo, mi cuerpo, cambia, y también se deteriorará a medida que pasen los años. Todo eso no es más que un mero envoltorio.

Puede que ahora tengas veinte años y creas que es imposible conseguir un empleo, porque la situación laboral no está nada bien, o puede que tengas cuarenta o cincuenta años y que te acabes quedar sin trabajo, porque te han echado, ese trabajo que llevabas haciendo durante tantos años, quizás toda una vida, como se suele decir, y por ello ahora te sientes hundido, porque crees que no eres lo bastante bueno ¡No! TÚ – ERES – BUENO. Eres una persona válida, valiosa. ¡Eres el actor de tu vida! ¡O la actriz de tu vida si eres mujer! No digo que sea fácil. No lo es. De hecho, es difícil. A veces puede resultar muy difícil ser el mejor actor que puedes ser para interpretar una escena…

Creo que lo que realmente hace que tengas una vida feliz y saludable es el reparto de actores en tu obra. No es solo la cantidad, sino más bien la calidad de tus relaciones lo que cuenta.

Ojalá que algún día, tú y yo, tú que me estás mirando ahora, que me estás escuchando, ojalá que algún día tengamos la oportunidad de interpretar una escena juntos, de compartir nuestro escenario, y pasar un buen rato. Incluso aunque solo sea momentáneamente, durante un periodo de tiempo limitado, más limitado aún si cabe que el ya de por sí muy limitado tiempo que pasaremos en este planeta Tierra. Y ojalá que después de interpretar esa escena podamos saludar y decir: gracias por formar parte de mi obra, incluso aunque solo haya sido por unos minutos. Y algún día, en mi caso, espero también dar con esa mujer especial que me ame y que quiera quedarse para interpretar la verdadera escena de nuestras vidas antes de que el telón caiga por última vez para alguno de los dos.

Hay una obra de un poeta y dramaturgo español del siglo XVII, Calderón de la Barca (1600-1681), que se titula “La vida es sueño”. Y en esa obra de Calderón hay un pasaje muy conocido que dice así: “Que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son”. El asunto es que en lugar de “sueño”, yo transformaría esas palabras y más bien diría: “Que toda la vida es una obra, y las obras, obras son”.

T5

Bien, creo que ya he dicho y hecho lo que quería y necesitaba decir. Creo haber expresado mi argumento ya varias veces y, si te he contado esta historia lo suficientemente bien, espero que te sirva. ¡Escucha, sal ahí, di y haz lo que tengas que decir, y te vas! Así que te deseo mucha, mucha suerte con ello.

Alemán para principiantes: el juego

En el siguiente vídeo utilizo un juego para hablar de los números del 1 al 10 junto con algunos sustantivos, verbos y preposiciones en alemán. El vocabulario básico que aparece en el vídeo es el siguiente:

Sustantivos
das Spiel, die Spiele: juego, juegos
die Kiste, die Kisten: caja, cajas
der Ball, die Bälle: pelota, pelotas
die Ente, die Enten: pato, patos
der Kegel, die Kegel: bolo, bolos
die Trommel, die Trommeln: tambor, tambores
das Kaninchen, die Kanningen: conejo, conejos
der Drachen, die Drachen: cometa, cometas
das Schiff, die Schiffe: barco, barcos
das Auto, die Autos: coche, coches
der Wagen, die Wagen: coche, coches
das Kind, die Kinder: niño, niños
das Flugzeug, die Flugzeuge: avión, aviones

Verbos
nehmen: tomar, coger
werfen: lanzar, tirar
greifen: agarrar, atrapar
jonglieren: hacer malabares

Preposiciones
auf: encima, sobre
in: en, dentro de
vor: delante de
hinter: detrás de

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Alemán para principiantes: los colores

En el siguiente vídeo hablo de los colores en alemán. El vocabulario básico que aparece en el vídeo es el siguiente:

Sustantivos
die Farbe, die Farben: color, colores
der Bleistift, die Bleistifte: lapicero, lapiceros
der Farbbleistift, die Farbbleistifte: lápiz de color (pintura), lápices de colores (pinturas)
das Telefon, die Telefone: teléfono, teléfonos.

Adjetivos
rot: rojo
grün: verde
schwarz: negro
weiss: blanco
gelb: amarillo
blau: azul
orange: naranja
braun: marrón
grau: gris
pink: rosa
violett: violeta

Estructura con nominativo:
Der Bleistift ist schwarz / Das ist ein schwarzer Bleistift (masculino)
Das Telefon ist schwarz / Das ist ein schwarzes Telefon (neutro)

Estructura con acusativo:
Ich habe einen schwarzen Bleistift (masculino) / Ich habe ein schwarzes Telefon (neutro)

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Alemán para principiantes: las vocales

En el siguiente vídeo se muestran los sonidos vocálicos en alemán: a, e, i, o, u, ä, ö, ü, ei, eu, ie.

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Alemán para principiantes: frases sencillas

Aprender un idioma es un reto, y todos los retos que uno afronta en la vida requieren tiempo y dedicación. Aquí os dejo un vídeo con algunas frases sencillas. El ejercicio consiste en escuchar y repetir:

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Alemán para principiantes: los números

En los dos siguientes vídeos se abordan los números en alemán:

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