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Domenico Scarlatti y sus sonatas

Domenico Scarlatti (1685-1757)

Domenico Scarlatti (1685-1757)

El año 1685 tiene para mí una significación especial, pues fue el año en que nació Juan Sebastián Bach (1685-1750) —es curioso que actualmente decimos “Juan Sebastián”, pero en vida todos lo llamaban “Sebastián” o “Sebi”, nada de “Juan”—. De pequeño yo quería ser organista como Bach… pero eso es otra historia que no viene al caso ahora.

El año 1685 también fue el año en que nacieron otros dos grandes músicos del barroco: George Friedrich Haendel (1685-1759) y Domenico Scarlatti (1685-1757). Es precisamente este último a quien me voy a referir en este breve artículo. Domenico fue el sexto de los diez hijos del gran músico Alessandro Scarlatti (1660-1725). Nació en el reino de Nápoles, que por aquel entonces aún pertenecía a la corona española. Alessandro fue un compositor muy prolífico y fue él mismo quien se encargó de la formación musical de su hijo Domenico. Los dos Scarlatti dejaron su propia impronta musical: el progenitor desarrollando el lenguaje de la ópera e incluso haciendo evolucionar la obertura operística hasta convertirla en una “proto” sinfonía —un buen ejemplo es la obertura de su ópera La Griselda—; el vástago, años más tarde, desarrollando el lenguaje de la sonata para clave —compuso más de 550 sonatas—. La fama de Alessandro eclipsó a su hijo Domenico. De hecho, llegó un momento en que Domenico decidió volar del nido para medrar en su carrera profesional como músico, lo cual lo llevó hasta Portugal para ejercer de maestro de música de la infanta Bárbara de Braganza. Cuando Bárbara se casó en 1729 con el heredero al trono español, el Príncipe de Asturias, el futuro rey Fernando VI, Scarlatti la acompañó a España, primero a Sevilla durante cuatro años y posteriormente, en 1733, a Madrid, donde fijaría su residencia hasta el fin de sus días.

De la vida de Domenico Scarlatti se sabe poco. Tuvo nueve hijos, cuatro con su primera esposa italiana y cinco con su segunda esposa española. Vivió en el número 35 de la Calle de Leganitos, en Madrid. Fue maestro de Antonio Soler (1729-1783). Su adicción al juego y las apuestas lo llevó al borde de la ruina si no fuera por la intervención de la reina consorte Bárbara de Braganza. Resumir los 71 años de vida de vida de Scarlatti en apenas cinco renglones es tan impreciso como injusto, pero invito a indagar a quien así lo desee. De momento nos quedamos con su música. En los siguientes vídeos se puede ver al pianista madrileño Julio César Setién interpretando al piano tres de las sonatas Domenico Scarlatti:

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Nos van a dar mucho por el Gwadar

“La historia es émula del tiempo, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente y advertencia de lo por venir.” – Miguel de Cervantes (1547-1616)

Lo que hay detrás, Michael Thallium

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Hace algunos años leí un libro de Robert D. Kaplan —Monzón. Un viaje por el futuro del océnao Índico— en el que se hablaba de Gwadar, un pequeño pueblo pesquero de Paquistán. Kaplan auguraba que este pueblo se convertiría en el nuevo Dubai o Singapur, en un centro económico mundial… Para la inmensa mayoría de personas que habitamos este planeta, este augurio pasó y pasa inadvertido. Sobre todo, en Europa, por no hablar ya de España. La advertencia de lo porvenir está en Asia.

Es fácil perderse en lo global, pero más fácil aún es perderse en lo concreto cuando la lente con que se mira magnifica lo pequeño de tal manera que resulta casi imposible ver más allá de tres en un burro. Y si a esa lente le añadimos la emoción de un nacionalismo ofuscado —sobre los nacionalismos ya di mi opinión hace muchos años: La humanocracia—, el resultado es nefasto y nefando.

En España existe un complejo que no he visto en ninguno de los países —y son muchos— en los que he estado. Aquí parece que si alzas la bandera española ya eres un “facha”. Dudo que quienes me conozcan puedan tildarme de “facha” o “españolista”. A veces tengo la impresión de que es como si en España solo pudieran existir los de derechas y los de izquierdas, los monárquicos y los republicanos, los fachas y los rojos, los empresarios explotadores y los obreros explotados: las dos Españas del siglo XX. Pues bien, como mínimo hay una Tercera España, una España de personas que no son ni de izquierdas ni de derechas ni monárquicos ni republicanos. Esa Tercera España la componen personas que quieren vivir en paz y seguir disfrutando de la libertad que han tenido, como mínimo, en los últimos 40 años. Es una España silenciosa —a veces erróneamente— que está en contra de la corrupción, que ve con estupor el radicalismo ruidoso de algunas minorías, que es consciente de la demagogia y no se deja engañar, que cree que la unión hace la fuerza. Es una España callada con la que me siento más identificado que con esas dos Españas de siempre.

A veces en la vida, pocas afortunadamente, uno tiene que tomar partido públicamente, porque callarse puede tomarse como una tácita aquiesciencia con lo que ocurre en derredor. Cuando los representantes públicos, por acción y omisión, incitan a que los ciudadanos falten al respeto de la Constitución, de las instituciones públicas y de las fuerzas de seguridad de un país, entonces esos representantes quedan moral y políticamente inhabilitados como interlocutores en una negociación y, particularmente, a mí no me representan de ningún modo. El presidente de turno de la Generalidad catalana y sus secuaces han pervertido la convivencia en Cataluña abriendo un socavón que muy difícilmente podrán soterrar. Y dudo mucho que en estos momentos tengan la más mínima intención de hacerlo. Y yo, a título puramente personal y probablemente irrelevante para la mayoría de personas, responsabilizo a esos representantes de la deriva en que han sumido al barco de la convivencia en Cataluña y, por extensión, España. Sí, ya sé, un “independentista” podrá decir lo mismo de los representantes del gobierno de España, pero no ha sido ese gobierno el que se ha saltado la Constitución.

Hace años, trabajé en Andorra y tuve oportunidad de conocer a fondo no solo este diminuto país de los Pirineos, sino también buena parte de las provincias de Lérida, Gerona, Barcelona y Tarragona. Una de mis compañeras de trabajo en Andorra —de quien guardo un muy buen recuerdo, por cierto— era catalana nacionalista e independentista. Ambos éramos extranjeros en nuestro lugar de trabajo. Yo siempre me sentí respetado por ella, y creo que, si aún se acuerda de mí, ella diría lo mismo de mí. Yo no compartía su visión separatista, pero “hice migas” con ella y la consideré una buena compañera. Me caía muy bien y me parecía una persona diligente y sincera con quien se podía conversar de muchas cosas. Así al menos lo sentía yo. Su nombre era Marta Serra. Si la nombro aquí, no lo hago porque quiera exponerla públicamente, sino porque Marta representa a otras muchas “Martas Serra” que son “independentistas de corazón” a quienes no conozco y que respeto. No he vuelto a verla desde entonces ni he hablado con ella ni sé qué recuerdo guardará de mí ni siquiera qué pensará de mis palabras. Sin embargo, intuyo que ella, al igual que yo, entenderá que nos van a dar mucho por el Gwadar si seguimos con la aberrante lupa que lo magnifica todo e impide navegar unidos por el océano de la vida.

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El terrorismo

Este artículo lo escribí originalmente hace ya algunos años, en mayo de 2005. La situación en España —y en el mundo— era ligeramente distinta, pues E.T.A. anunció que renunciaba a las armas el 20 de octubre de 2011. La relectura de lo que escribí entonces me ha llevado a publicarlo ahora, porque considero que mis reflexiones siguen vigentes si se les sacude el polvo del paso de los años. En la fecha en que publico este artículo, parece que hablar de “terrorismo” es hablar de “terrorismo islámico”. Puede que hayan cambiado los calificativos y los nombres de algunas personas, pero el terrorismo sigue siendo lo mismo doce años más tarde. De aquellos polvos, estos lodos…

El grito, MunchSé que afirmar que la lengua es el mejor medio para conocer la historia, la sociedad y la política resultará, para algunos pocos, una perogrullada y, para otros muchos, un despropósito. No voy a pecar de extremoso y admitiré que puedan existir mejores medios, pero la lengua —y, por tanto, el lenguaje y la comunicación— es el que más me interesa. En estos momentos en los que los argumentos políticos me aburren, los argumentos lingüísticos, como poco, me entretienen.

No descubro nada nuevo si afirmo que las palabras son la droga más eficaz. Sabemos que los medicamentos son drogas y sirven, en muchos casos, para salvar vidas; también lo es la cocaína, aunque su uso pueda conducir a la muerte. La manipulación verbal produce efectos varios: sedantes, excitantes… Ya dije que no iba a ser extremoso, así que no afirmaré que esta manipulación salva vidas ni que acaba con ellas si bien es cierto; tan solo cambia conductas o las arruina. Además, la manipulación verbal no deja huellas. Rectifico, deja unas huellas muy hondas, pero muy difíciles de rastrear. Es como esos venenos que matan y no dejan restos en la sangre.

Sin embargo, yo no quería hablar de manipulación sino de palabras; en concreto, de una: terrorismo. Esta palabra se incorporó oficialmente al español en el año 1869. El diccionario de la RAE de aquel año la definía así: “Dominación por el terror. Es voz de uso reciente.” Quince años más tarde, en 1884, se suprimió de la definición lo de “es voz de uso reciente”, y se sancionó el uso de una nueva palabra, terrorista, definiéndola como aquel que es “partidario del terrorismo”. Transcurridos cuarenta años desde aquella fecha, en 1925 se añadió una segunda acepción de terrorismo: “sucesión de actos de violencia ejecutados para infundir terror”. Casi sesenta años más tarde, en 1984, coincidiendo con el incipiente régimen democrático español, aumentó el número de acepciones de la palabra terrorista: 1) persona partidaria del terrorismo; 2) que practica actos de terrorismo; 3) perteneciente o relativo al terrorismo; 4) dícese del gobierno, partido, etc., que practica el terrorismo. Apenas un año más tarde, en 1985, se modificó también el lema terrorismo: 1) dominación por el terror; 2) sucesión de actos de violencia ejecutados para infundir terror; 3) forma violenta de lucha política, mediante la cual se persigue la destrucción del orden establecido o la creación de un clima de temor e inseguridad susceptible de intimidar a los adversarios o a la población en general. Sin embargo, esta última acepción se eliminó en 1992, año del quinto centenario del descubrimiento de América y de las olimpiadas de Barcelona. El actual diccionario de la RAE define terrorista como 1) que practica actos de terrorismo; 2) perteneciente o relativo al terrorismo. La palabra terrorismo: 1) dominación por el terror; 2) sucesión de actos de violencia ejecutados para infundir terror. No obstante, este artículo está enmendado, y en la próxima edición del diccionario, la vigésima tercera, se aumentará con la siguiente acepción: actuación criminal de bandas organizadas, que, reiteradamente y por lo común de modo indiscriminado, pretende crear alarma social con fines políticos.

Hasta aquí, lo que ha dicho este diccionario a lo largo de 136 años. Pero ¿cuál es el origen de la palabra terrorismo? El concepto de terrorismo tiene sus raíces en el asesinato, el regicidio y el tiranicidio. Sin embargo, el origen de la palabra terrorismo se remonta a la Revolución Francesa, época en que eran frecuentes las ejecuciones por motivos políticos. Según la primera acepción del Oxford English Dictionary es “gobierno mediante intimidación, como el que ejercieron los que poseían el poder en Francia durante la Revolución de 1789-1797”.

Comenzaba este escrito hablando de la manipulación y del efecto sedante o excitante de las drogas. Ya he comentado en alguna ocasión que en la poesía se encuentran las más bellas y seductoras manipulaciones del lenguaje. El terreno sentimental es el más fecundo para los facundos. No en vano, los políticos —toda generalización es imprecisa, pero que cada cual generalice según convenga— apelan al sentimiento popular y a las grandes palabras como libertad y justicia, entre otras muchas, para conseguir su esperado fin: convencer a sus votantes y vencer a sus adversarios.

Estos tres últimos días se ha debatido mucho en el parlamento de España sobre terrorismo y lucha antiterrorista. En la trifulca protagonizada por el partido del gobierno y el principal partido de la oposición durante el debate sobre el “talante” de la Nación —corrijo, sobre el estado de la Nación. El Sr. Rodríguez y el Sr. Rajoy se enfrentaron y mostraron su desacuerdo en la forma para acabar con el grupo terrorista vasco conocido como E. T. A. Los medios de comunicación han hecho titular de una frase del presidente del Gobierno: “con el PP ya solo compartimos el dolor por las víctimas”. Hete ahí una apelación al sentimiento popular para evitar decir frases más contundentes del estilo a “con el PP no estamos de acuerdo en como terminar con E.T.A.” o “con el PP no compartimos nada”. Se habla de “normalización”, “pacificación” y “tregua” del País Vasco. Que yo sepa, no hay una guerra entre el País Vasco y España. ¿Por qué se emplean, cada cuatro por seis, las palabras “tregua” y “pacificación”? Acabar con el crimen organizado y la delincuencia tiene poco que ver con pacificar. Quien mata y organiza un asesinato comete un crimen y un delito. Los delincuentes delinquen, es decir, comenten delitos y por eso, se les juzga y, si procede, se les envía a la cárcel donde cumplen con el castigo que les corresponda según la ley. Un terrorista que mata a alguien, por lo general a sangre fría, comete un crimen y, por tanto, es un criminal, además con el agravante de intimidar a otros para que cambien su forma de vida o sus ideas políticas.

Los políticos tendrían que llamar a las cosas por su nombre y dejarse de eufemismos. Sería más conveniente que hablasen de apresar a los criminales e imponer las penas en función del crimen cometido. E.T.A. no mata, son los etarras quienes matan. E.T.A. son las siglas detrás de las que se esconden unos criminales para intimidar a sus adversarios y a la población en general. Para que luego digan que las palabras no tienen valor.

En 2017, la R.A.E. define terrorismo como: 1) dominación por el terror; 2) sucesión de actos de violencia ejecutados para infundir terror y 3) actuación criminal de bandas organizadas, que, reiteradamente y por lo común de modo indiscriminado, pretende crear alarma social con fines políticos.

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Béla Bartók, humano como el resto de los mortales

“Lo triste es que me marcho con tantas cosas que decir.” – Béla Bartók (1881-1945)

Béla & BélaEra la mañana del 26 de septiembre de 1945. La Segunda Guerra Mundial había terminado hacía apenas cuatro meses con un benévolo saldo de cincuenta millones de muertos. El azúcar de uva fue el único alimento que lo mantuvo vivo en el West Side Hospital de Nueva York durante la última semana de vida: su dolorosa última semana. Cinco días antes, un repentino y siniestro descenso en la temperatura corporal, había hecho que su médico lo convenciera para ingresar en el hospital. Habían sido años de penurias para muchos millones de personas, principalmente en Europa. Él tampoco había sido una excepción. Al igual que otras muchísimas personas, había sufrido la sinrazón de una guerra cruenta y, como otras tantas más, se exilió en los Estados Unidos con su segunda esposa no sin antes cumplir su deber como buen hijo cuidando de su madre Paula: no fue hasta que ésta falleció en 1940 que se marchó de Hungría. Pero no fue la guerra la que lo hizo partir definitivamente de este mundo, sino la leucemia. En un periódico neoyorquino apareció la siguiente esquela:

“Béla, miércoles, 26 de septiembre, amado esposo de Edith Bartók, padre de Béla y Peter Bartók. Funeral en la Capilla Universal de la Avenida de Lexington con la Calle 52 el viernes 28 de septiembre a las 14:00.”

Béla Bartók, uno de los compositores más importantes de la música moderna, destacado etnomusicólogo y maestro de gran reputación, murió la mañana del 26 de septiembre de 1945 a los sesenta y cuatro años de edad.

bab1ebb376359c082c060d43171c28b7--music-composers-music-postersSe me hace imposible resumir con precisión la vida de una persona en unos pocos renglones. Ni un libro daría siquiera para una mera aproximación. Ningún libro puede plasmar fielmente la vida de nadie, pues la vida se vive individualmente a cada minuto, a cada segundo. A lo más que pueden aspirar las palabras es a fijar una idea sobre alguien, una idea de cuya verosimilitud jamás podremos estar seguros completamente. Sobre todo cuando se trata de recordar a esos grandes personajes de la historia que nos asombran por alguno de sus logros. Los seres humanos somos a veces tan sintéticos que identificamos la vida de una persona con un titular, creando así, en muchas ocasiones, un mito. Pues bien, todos esos grandes personajes fueron y son humanos, tan humanos como el resto de los mortales, con sus vivencias ocultas, sus vivencias privadas y sus vivencias públicas (las menos abundantes). Dudo mucho que Béla Bartók, aun siendo muy consciente de su valía e incluso genialidad como compositor, jamás considerase que pasaría algún día a la historia o que alguien lo incluyera en el grupo de Las Cinco Bes setenta y dos años después de muerto. De hecho, su nombre es desconocido para la mayoría de personas en el planeta Tierra. Solo aquellas que han estudiado música, si acaso, hayan oído alguna vez hablar de él o incluso hayan interpretado su peculiar Mikrokosmos, ese particular mundo de Bartók para los aprendices de piano.

Bartok FamilyBartók, cuya música ha sido tachada de inhumana por muchos —yo mismo, equivocadamente, también lo he pensado en algún momento—, fue humano como el resto de todos nosotros. Se casó dos veces. De su primer matrimonio con Márta Ziegler en 1909 —ella tenía 16 años entonces— nació Béla Bartók junior. Juntos pasarían la Primera Guerra Mundial, pero con los años el matrimonio se fue a pique. El verano de 1923 fue una época personalmente convulsa para Bartók: su matrimonio con Márta estaba irremediablemente roto. En Hungría el divorcio estaba regulado por la Ley de Matrimonio de 1894 en la que se establecían dos tipos de faltas legales para poder divorciarse: una absoluta, que incluía el adulterio; otra relativa, que incluía una “grave violación de los deberes conyugales”. Obviamente, Bartok debió de reconocer alguna de las dos faltas, pues el divorcio se consumó rápidamente. Aquel verano, Bartók se había sentido muy atraído por una de sus alumnas de piano, Edith Pásztory (1903-1982). Ditta, como generalmente se la conocía, era la hija de un maestro de matemáticas y físicas de instituto y de una profesora de piano. Ditta y Béla se casaron. Márta, a pesar de los traumáticos eventos por los que había pasado, continuó trabajando de copista para Bartók, lo cual prueba que su divorcio había transcurrido sin abierta acritud. Un par de años más tarde, ella también volvería a casarse, en esta ocasión con un ingeniero, Károly Ziegler.

Ditta y Béla tuvieron un hijo, Peter. El matrimonio hizo giras internacionales interpretando la música de Bartók. Fue Ditta quien contribuyó a difundir la música de su marido, y al igual que Bartók hiciera con su primera esposa en sus años de juventud, a Ditta también le dedicó alguna de sus obras, en concreto, el Concierto para piano n.º 3, que Bartók compuso en sus últimas semanas de vida como regalo de cumpleaños. Murió antes de poder entregárselo a Ditta, dejando sin orquestar los últimos 17 compases.

De la integridad y capacidad de trabajo de Bartók nos han quedado, afortunadamente, testimonios. En 1944, estando Bartók ya muy enfermo, abatido, deprimido, un afamado violinista se le acercó y le pidió que escribiera algo para él. Bartók no solo escribió algo, sino que le escribió una obra maestra:

“Supe que Bartók atravesaba problemas financieros, que era demasiado orgulloso para aceptar ayuda, que era el más grande de los compositores vivos. Sin perder un momento, la misma tarde en que nos conocimos le pregunté si podía encargarle que compusiera una obra para mí. Le dije que no tenía que ser algo en gran escala. No esperaba un tercer concierto, sino una obra para violín sólo. No preví que escribiría para mí una de las obras maestras de todos los tiempos. Pero reconozco que cuando la vi, en marzo de 1944, me sentí vulnerado. Me pareció prácticamente imposible de ejecutar. Esta impresión inicial y precipitada resultó errónea: la sonata es sumamente interpretable, está bellamente compuesta y es una de las obras más dramáticas y logradas que conozco, la composición más importante para violín solo desde Bach.”

Aquel violinista era nada más y nada menos que Yehudi Menuhin (1916-1999) y la obra a la que se refiere es la Sonata para violín solo.

¿Quién fue entonces Bartók? Para algunas personas, era frío, carente de inteligencia emocional, distante, retraído, matemático, antipático, pedante, mordaz y sin sentido del humor; para otras, en cambio, Béla Bartók era cálido, apasionado, simpático, cariñoso, comprometido y jovial. ¿Cómo es posible que el mismo hombre suscitase respuestas completamente contradictorias? Bueno, Bartók era tan humano como cualquiera de nosotros. Incluso se ha llegado a sugerir que padecía el síndrome de Asperger. Sin embargo, tanto sus detractores como sus seguidores, todos ellos coinciden en algo: Bartók era sincero, íntegro, exigente, igualitario, industrioso y carente de toda motivación por el éxito material. Su gran amigo de toda la vida, el también compositor Zoltán Kodály (1882-1967), lo expresó muy claramente refiriéndose a Bartók: “A pesar de que fuera cierto que estas características emergieran por momentos, un hombre no es tan sencillo como un fenómeno de modo que su secreto eterno pueda ser resuelto mediante una etiqueta con algunas pocas líneas escritas en ella”.

Y aún hay algo más, tan humano como Bartók era, la paradoja es que la obra de su vida es, sencillamente, sobrehumana.

Obras recomendadas:

Seis cuartetos de cuerda, 1909-1939.
Concierto para orquesta, 1943.
Sonata para violín solo, 1944.
Concierto para piano n.º 3, 1945.

Bibliografía recomendada:

El mundo de Bartók, Malcolm Gillies. Adriana Hidalgo Editora, 2004.
Béla Bartók (en inglés), David Cooper, Yale University Press, 2015.

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Música ficta, réquiem y grandeza

“Desconozco qué extraños y misteriosos códigos hacen que un hombre, muerto hace siglos, pueda comunicar con nitidez sus vivencias más profundas a las generaciones que lo han sucedido. Supongo que en eso radica, en último término, la grandeza del Arte.” – Raúl Mallavibarrena (Oviedo, 1970)

Musica Ficta - RequiemLa emperatriz María de Austria, hija mayor de Carlos I (V de Alemania) e Isabel de Portugal, murió en el Monasterio de las Descalzas Reales de Madrid en 1603 después de media vida en el extranjero, 15 hijos y años de rencillas con el hombre más corrupto de Castilla, el primer Duque de Lerma. María había nacido 75 años antes en el Alcázar Real de Madrid que desaparecería, dos siglos más tarde, entre las llamas de un incendio devastador del que sería testigo el compositor Domenico Scarlatti en 1734. (El actual Palacio Real de Madrid se erige sobre lo que fue el Alcázar.)

El retiro de María de Austria en Las Descalzas Reales estuvo acompañado por la música del abulense Tomás Luís de Victoria (1548-1611), quien fue capellán de Las Descalzas desde 1586 hasta la muerte de la emperatriz. Y fue en ese lugar donde Tomás Luís de Victoria compuso su Officium Defunctorum, el conocido réquiem en memoria de la emperatriz que había sido mecenas de las artes y de su música durante muchos años. Este réquiem puede que no sea su última composición, pero sí que es la última obra que Victoria editó en 1605, dos años después del fallecimiento de María de Austria. A las partes correspondientes de la Misa de Difuntos, Victoria añadió una Lectio a cuatro voces sobre un texto de Job, Versa est in luctum, y el responsorio Libera me.

El Officium Defunctorum es una obra que ha sido grabada e interpretada por numerosos conjuntos vocales y, ciertamente, la grandeza de esta música reside en todas esas profundas vivencias que comunica a quien tiene oídos para escucharla. No en vano, más de cuatro siglos ya han transcurrido desde que Tomás Luis de Victoria la compusiera y sigue siendo un testimonio único de una época lejana que para la mayoría de personas del siglo XXI puede resultar aún extraña.

En 2017, con motivo de su 25º aniversario, el conjunto vocal Musica Ficta grabó una nueva versión del réquiem de Victoria para el sello Enchiriadis, la segunda grabación después de la que hicieron en 2002 de esta misma obra. ¿Por qué “otra” nueva versión? Raúl Mallavibarrena, director de Musica Ficta lo expresa muy bien cuando dice que su pretensión es hacer música como le gustaría escucharla en cada momento, difundiendo con humildad el patrimonio musical más pretérito. La versión de 2002 parece que fue “exitosa en lo comercial y en lo personal” para Raúl Mallavibarrena. Su planteamiento interpretativo entonces era presentar un Victoria “pétreo, duro, guiado por el negro pesimismo del texto y conducido por el abatimiento de una música casi abisal, que parecía emanada de la boca misma del fin de los días y las cosas”.

Yo he tenido la oportunidad de escuchar ambas versiones y comparto aquí mi opinión. Y lo hago para todas esas personas profanas en la música antigua —las iniciadas quizás ni se detengan a leer “otra” opinión más sobre “otra” enésima versión—, pues me gustaría humildemente contribuir a la difusión de esta música. No voy a hablar en términos de mejor o peor, bueno o malo. Voy a hablar de “preferencias”, y tengo claro que la versión con la que más conecto es la más reciente, el réquiem de 2017. La grabación de 2002 me resulta más “ceremonial”, de hecho las voces están acompañadas por órgano y bajón —instrumento renacentista, antecesor del fagot, que se utilizaba para acompañar el canto llano. Nada en contra de lo “ceremonial”. Sin embargo, la versión de 2017 me parece más cercana, menos extraña, más sencilla —no va acompañada de ningún instrumento—, menos “litúrgica” —aun siendo música religiosa—. Si pudiera elegir solo una de las dos versiones, me quedaría con el réquiem de 2017. Probablemente, Raúl Mallavibarrena haya encontrado en mí un oyente interesado en esta nueva versión, y eso quizás le recompense, y más aún si con mis palabras muevo a alguna otra persona a abrir los oídos a nuevas y remotas músicas.

Sí, otra vez, el réquiem de Victoria. En último término, ¡la grandeza del Arte!

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Las cinco bes

The Young Johann Sebastian Bach, painted in 1715 by J. E. Rentsch, the Elder

Johann Sebastian Bach

En la historia de la música de concierto occidental suele hablarse de las tres bes: Bach, Beethoven y Brahms. Esas célebres tres bes, originalmente las acuñó el compositor y escritor alemán Peter Cornelius (1824-1874) en el año 1854, pero en lugar de Brahms, Cornelius situó al compositor francés Hector Berlioz (1803-1869). Años más tarde llegó el afamado director de orquesta Hans von Bülow (1830-1894), quien tachó de la lista a Berlioz para añadir a Brahms… Y fue así como Johann Sebastian Bach (1685-1750), Ludwig van Beethoven (1770-1827) y Johaness Brahms (1833-1897) quedaron indisolublemente unidos en la historia de la música occidental como la Santísima Trinidad. Sin duda, en la incorporación de Brahms a esta lista tuvieron mucho que ver las palabras que Robert Schumann (1810-1856) dedicó a Brahms señalándole como “el verdadero sucesor de Beethoven”.

Ludwig van Beethoven

Ludwig van Beethoven

Obviamente, esta lista de tres tenía una carga germana muy obvia. Los tres compositores nacieron en el ámbito alemán. Bach nace en Eisenach, desarrolla toda su carrera entre Turingia y Sajonia, es decir, en el centro de la actual Alemania; Beethoven nace en Bonn, pero desarrolla la mayor parte de su carrera en Viena (por aquel entonces capital del Imperio austrohúngaro); Brahms nace en Hamburgo y, al igual que Beethoven, desarrolla su carrera en Viena. Ninguno de ellos fue contemporáneo: Beethoven nació veinte años después de la muerte de Bach; Brahms seis años después de la de Beethoven. Bach influyó enormemente en Beethoven (sobre todo en las obras de su etapa madura); la influencia de Bach y Beethoven en Brahms es más que evidente.

Brahms
Johannes Brahms

Esas tres bes han dominado la historia musical desde la segunda mitad del siglo XIX hasta casi nuestros días. Me atrevo a decir que “las tres bes” no son más que el síntoma de una cultura musical centrada en Alemania y Austria. Sin embargo, a medida que va concluyendo el siglo XIX y durante el siglo XX, las reglas de juego cambian. La música se descentraliza… Y por eso hablo de “Las cinco bes”: Bach, Beethoven, Brahms, Bartók y Britten.

Béla Bartók

Béla Bartók

El compositor húngaro Béla Bartók (1881-1945) nació en vida de Brahms y sus obras tempranas están muy influidas por Brahms, aunque luego desarrolló un lenguaje muy particular y único que hace que su música sea difícil de categorizar. Bartók fue testigo del desmoronamiento del Imperio austrohúngaro —nació en la Austrohungría de la época; en la actualidad, la ciudad en la que nació y otras en las que residió no pertenecen a Hungría, sino a Rumanía y Eslovenia, por ejemplo— y de dos guerras mundiales durante el siglo XX.

Benjamin Britten

Benjamin Britten

El británico Benjamin Britten (1913-1976) nació 32 años más tarde que Bartok, así que compartieron sus pasos sobre la Tierra durante unos treinta años más o menos. Al igual que Bartók, Britten desarrolló un lenguaje musical único. Las personas que no hayan escuchado mucho la música de estos dos compositores, es probable que vean más similitudes entre ellos dos que entre ellos y los tres que les preceden. No en vano, Bartók y Britten compusieron sus obras importantes durante el siglo XX y, sin duda, eso es algo que les une. Ambos compositores beben de las fuentes de Bach, Beethoven y Brahms, si bien luego crean un lenguaje musical muy distinto al de los tres alemanes.

Así pues, las cinco bes (Bach, Beethoven, Brahms, Bartók y Britten) es una lista a la que quizás en el futuro se una algún que otro músico. El pobre Hector Berlioz quedó relegado de la lista hace más de 150 años y yo tampoco lo incluyo en esta. Considero que son esas “bes” y no otras las que merecen estar juntas. La historia musical que esté por llegar ya no será exclusivamente alemana ni siquiera europea. Y quizás tampoco nadie hable de las cinco bes más que yo en esta página.

Recommended Works:

Bach – Conciertos de Brandemburgo

Beethoven – Novena Sinfonía

Brahms – Concierto para piano n.º 2

Bartók – Concierto para orquesta

Britten – Réquiem de guerra

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El chiismo

(Artículo escrito originalmente en abril de 2004 que publico después de 13 años tras alguna que otra consideración)

ReligionesCuando elijo un tema sobre el cual escribir, lo hago más por el placer de ejercitar mi mente y recrearme con lo que escribo —supongo que si no escribiese utilizando el ordenador, también lo haría como ejercicio caligráfico—, que por conocimiento profundo del propio tema.

Así me ocurre con el chiismo y los chiitas, de quienes he oído hablar, sin prestar atención, prácticamente desde que era niño y quienes parecen haberse puesto de moda últimamente con este controvertido asunto de la guerra de Irak. Cuando eres pequeño lo de chiíta te suena un poco más como a Chita, la mona graciosa de Tarzán, el de los monos. Luego, cuando creces y por alguna razón inoportuna —léase el continuo “bombardeo” de noticias sobre la situación en Irak y, por extensión, el Islam, el terrorismo islámico, Israel, Palestina y compañía— no dejas de escuchar en boca de todo el mundo eso de los chiitas, el chiismo, los sunnitas, el islamismo, los islámicos, los islamistas, etc., te entra la curiosidad de averiguar qué es eso del chiismo. Y eso mismo es lo que hice ayer de una vez por todas después de tantos años de confusión entre Chita, los bombardeos, la madre de todas las batallas y la madre que parió a todos. El chiismo es un término que proviene del árabe chiah, secta, o de chií, seguidor. Se trata, pues, de una corriente interna minoritaria del Islam que, por ser considerada heterodoxa o herética por la mayoría de los musulmanes, ha sido marginada en los países islámicos, excepto en Irán, donde son mayoría y donde, en 1979, se instauró, bajo el liderato del ayatollah Jomeini, una república islámica siguiendo las directrices islámicas del chiismo.

Pero el origen del chiismo se remonta al año 656, cuando Alí ben Abú Taleb, primo y yerno del profeta Mahoma, se opuso a la sucesión sostenida por la aristocracia mercantil de La Meca. Alí murió asesinado en el año 661 y, entonces, comenzó a hincharse toda esta balumba de la que somos testigos hoy. Resulta que cuando tiras de una hebra, sacas el hilo de la historia tejida durante los siglos para comprobar que las cosas vienen de antaño. Al parecer, los chiitas creen en el regreso de un salvador, El Madhi, último Imán desaparecido, quien a su vuelta instauraría el reinado de la justicia y de la paz. En espera de ese momento, los chiitas a diferencia de los ortodoxos sunnitas, se rigen bajo la autoridad del imán, un guía infalible, juez en las cuestiones teológicas y jurídicas del Corán.

No puedo hacer alarde de conocimiento del Islam, a pesar de que he visitado con frecuencia países de cultura islámica en mayor o menor grado: Turquía, Egipto, Túnez y Marruecos. Es verdad que también he leído la traducción al castellano del Corán, de igual forma que he leído dos traducciones al castellano de la Biblia así como una de las versiones inglesas. Lo hice hace algunos años como ejercicio lingüístico y no como devoción por unos textos sagrados. Ello me sirvió para analizar las contradicciones en que se incurre al interpretar ambos textos, coránico y bíblico, de forma literal. Podríamos llamarlos Los Libros de las Contradicciones. Dicho de otra forma, el análisis lingüístico comparativo me sirvió para creer más en la persona como hacedora de su destino que como seguidora de un mesías, sea este de origen cristiano o musulmán. Me considero una persona esotérica, entendiendo el término esotérico en su acepción etimológica (esoterikós significa “interior” y proviene de éso, “dentro”). Con todos mis respetos por aquellas personas que vivan su fe o su religión — sea esta cristiana, judía o musulmana— con fervor y respeto hacia los demás, debo decir que, ante la balumba de la que hablaba antes y que mi conocimiento no alcanza a comprender, encuentro igual de primitivas o absurdas algunas manifestaciones religiosas provenientes tanto de Oriente como de Occidente. Estrictamente, es igual de absurdo ver a un judío dándose golpes en la cabeza contra un muro, como ver a millones de musulmanes aplastándose y tirando piedras mientras giran alrededor de una construcción o como ver a un niño colgando de una cuerda representando a un ángel (así sucede en algún pueblo de España, de cuyo nombre no es que no quiera acordarme, sino que realmente no me acuerdo).

Contacto con la cultura islámica y con personas de origen musulmán he tenido en mayor o menor grado y en todas las variedades que se pueda imaginar, lo cual ha contribuido a formarme una opinión: he vivido muy de cerca la ira de un moro argelino fanático y maltratador, la suciedad de los mercados de Alejandría, los rezos incomprensibles en las mezquitas de Antalia, he preferido sentarme con egipcios ­—antes que con europeos— compartiendo mesa y comida en el palacio de El Cairo que Nasser construyó para que la emperatriz Beatriz de Francia pasara una única noche y viera el amanecer ante las mismísimas pirámides, he visto la pobreza y la picaresca en Casablanca…

Uno de los acontecimientos que me han ayudado a formarme una opinión sobre ese asunto tan recurrente de la contraposición entre Occidente y Oriente fue la Conferencia del Mediterráneo y la Infancia celebrada en Génova a principios de este año 2004. Por aquel entonces trabajaba yo en el barco en que dicha conferencia tenía lugar. Daría para escribir un libro hablar ahora de lo que allí viví. Sin embargo, haciendo un ejercicio de simplificación y con todas las imprecisiones que de ella se puedan derivar, diré que para mí fue un fiel reflejo del absurdo. Allí estaban congregadas personalidades y expertos de países árabes, Europa y América. Siendo una conferencia sobre la infancia, me llamó la atención que la media de edad de las personas que allí estaban sobrepasara, con seguridad, los 50 años. Curiosamente, los representantes de los países árabes eran los más jóvenes. Jamás olvidaré las breves pero enriquecedoras conversaciones que mantuve con algunas representantes árabes ­—es curioso, pero casi siempre me entiendo mejor con las mujeres. Tampoco olvidaré el boato innecesario y las medidas de seguridad con que recibíamos a las grandes personalidades como Romano Prodi, entre otros. Me viene ahora a la memoria la estupidez de una de las ponentes italianas que, no sé si porque realmente era importante o porque se lo creía, se quejaba indignada en la Recepción del barco porque las maletas no le habían llegado aún al camarote y quería llamar a la policía porque eso lo consideraba un secuestro. Para intentar sacar del apuro a la recepcionista que estaba aguantando el chaparrón, me acerqué a la reputada señora italiana para explicarle que su maleta llegaría al camarote en breve una vez que hubiese pasado el control de seguridad ­—por cierto, la seguridad del barco estaba en manos de israelíes­—, no recuerdo muy bien cuál fue su respuesta pero sí recuerdo lo que yo pensaba cuando estaba hablando con ella: “Señora, es usted gilipollas y no sé por qué estará aquí ni si será muy importante, pero desde luego como el desarrollo de la infancia dependa de usted, los niños del tercer mundo lo llevan tan claro como las aguas del Nilo a su paso por El Cairo”. ­Naturalmente, por estricta diplomacia, no le dije a la cincuentona lo que de ella realmente pensaba. Me di la vuelta y muy cortésmente, vamos, muy diplomático, me marché. Recuerdo que al día siguiente me la encontré por uno de los salones y le pregunté ­—no sé si por diplomacia o por el mero placer de “chinchar”­— si todo había sido de su agrado y que si había recibido las maletas a tiempo (yo sabía que ya las tenía en el camarote antes de subir de la recepción al camarote), la señora me miró ensoberbecida consciente de que había metido la pata, pero sin pedir disculpas. Entonces, comprendí que cabía la posibilidad de que el día anterior me hubiera leído el pensamiento y, al saber que la consideraba una gilipollas, se negó como una ídem a pedir disculpas.

Esto no dejan de ser meras anécdotas. Desconozco si el resultado de aquella conferencia fue provechoso o no, pero desde luego para mí fue muy revelador el hecho de que una semana después, el lujoso barco en que tan digna conferencia había tenido lugar, fuera detenido por las autoridades francesas en Marsella. La compañía naviera de la que su orgulloso presidente tanto presumía a bombo y platillo durante la conferencia se fue, nunca me mejor dicho, al garete, a pique. Quizás ese también haya sido el resultado de la susodicha conferencia, como el de las sempiternas negociaciones entre palestinos e israelíes, el de las luchas entre Occidente y Oriente y las encendidas rencillas entre chiitas y sunnitas, fundamentalistas, integristas y reformistas.

¡Y de chiismo quería hablar yo!

Michael Thallium

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En memoria de Schumann

Fue un 29 de julio de 1856. Clara y Juan salían de la habitación de aquel hospital mental en Endenich para ir a recoger de la estación de tren a José. Clara ignoraba que al salir por la puerta de aquella habitación junto con el amigo que estaría a su lado hasta el fin de sus días, esa sería la última vez que vería a su esposo Roberto con vida. Roberto, quien llevaba ya dos años internado en ese lugar después de haberse arrojado a las frías aguas del Rin para acabar con su vida, esa misma tarde, mientras su esposa y su fiel amigo Juan esperaban en la estación a José, rindió su vida a la terrible locura que lo había poseído. Tenía 46 años. Estaba solo cuando murió. Clara, al regresar con sus dos amigos, abrió los ojos con estupor al ver el cuerpo de Roberto yerto e inerte. Juan y José no pudieron consolar siquiera el llanto de esa mujer de 37 años que quedaría viuda y con siete hijos. Ella vestiría de riguroso luto durante el resto de su vida y se dedicaría a difundir la obra de su esposo junto con los dos fieles amigos que la acompañaron aquella tarde. Aquel día, Clara ignoraba igualmente que sobreviviría a Roberto cuarenta años y que el día de su muerte, en 1896, Juan, catorce años más joven que Clara, lloraría amargamente su pérdida y exclamaría: ¡Ya no me queda nadie en este mundo! Él murió apenas un año más tarde. José los vio morir a ambos. En 1907, la actinomicosis se llevaría también al último de los amigos.

Robert Schumann (1810-1856), compositor

Robert Schumann (1810-1856)

PERSONAJES:

Roberto: Robert Schumann (1810-1856), pianista y compositor.

Clara: Clara Schumann (1819-1896), pianista y compositora.

Juan: Johannes Brahms (1833-1897), pianista y compositor.

José: Joseph Joachim (1831-1907), violinista y compositor.

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Bohuslav Martinu, el compositor checo por descubrir

“No puedo expresar la alegría que siento cuando comienzo a escribir música de cámara -la alegría con la que dirijo las cuatro voces… Uno se siente como en casa en un cuarteto, íntimo, feliz. Fuera está lloviendo y cae la noche, pero las cuatro voces no prestan atención; son independientes, libres -hacen lo que les place y aún así hacen un armonioso conjunto, crean algo, como una nueva entidad, una nueva y bases y un todo armónico; hago hincapié en esto, pues es tan raro en esta época en este mundo.”

MartinuCon estás palabras, Bohuslav Martinu (1890-1959) nos introduce en el ecléctico mundo de sus seis cuartetos de cuerda. No puedo decir que sea un gran conocedor de la música de Martinu. Mi breve relación con su música comenzó hará unos dos años cuando compré un cedé con sus sinfonías números 5 (H310) y 6 (H343) y las Invenciones (H234) interpretadas por la Orquesta Filarmónica Checa dirigida por Václac Neumann para el sello Supraphon. Sin embargo, he de confesar que no era esa mi primera opción. En realidad quería comprar un cedé con los cuartetos para cuerda, pero, no había quien los encontrara -cosa extraña- en la tienda que suelo frecuentar en Madrid: La Quinta de Mahler. Así que me decanté por ese cedé y, entonces, dos años más tarde, en la misma tienda, mientras echaba un vistazo a otros cedés, di con una grabación de la integral de los cuartetos para cuerda interpretados por el Cuarteto Panocha. No me lo pensé ni un segundo; lo compré, porque esa grabación del Cuarteto Panocha está muy bien considerada entre muchos de los conocedores de la música de Martinu.

En los dos últimos días, he escuchado los seis cuartetos solo una vez. Y puedo decir que empecé a engancharme con la música de Martinu a partir del segundo cuarteto. Por alguna razón, los números 3, 4, 5 y 6 me resultaron más atrayentes para mis oídos. Eso no implica que no me gusten los dos primeros cuartetos. Cierto es que el primero de ellos, el conocido como Cuarteto francés debido a la influencia de Debussy y Ravel sobre Martinu, es el que menos me gusta, aunque eso solo tiene que ver, supongo, con mi gusto personal. No soy muy forofo de la música de Debussy. El cuarteto n.º 2 fue el que cambió las reglas de juego para Martinu y creo que uno lo nota cuando escucha la integral de los cuartetos.

Bohuslav Martinu escribió casi 400 obras. Fue un compositor prolífico, pero sigue siendo desconocido para la mayoría de personas. Y estoy convencido de que entre todas sus obras habrá obras maestras de las que podamos disfrutar. Por eso decidí escribir este breve artículo: para animarte a que descubras la música de Martinu, sobre todo si aún no la conoces.

Michael Thallium

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La grandeza de las personas

Oliver blogLa grandeza de las personas… Esa es una de las razones por las que decidí dedicarme al coaching, a la formación. Creo firmemente en el potencial humano. Ciertamente, hay momentos en los que a uno le asaltan las dudas sobre la validez de sus principios y valores. Las personas somos capaces de muchas cosas; unas buenas, otras malas. Y resulta difícil mantenerte firme en tus convicciones y ver la grandeza de las personas cuando lo que te rodea no se corresponde con la idea que tienes de esa grandeza. Cuando decidí hacerme autónomo para dedicarme a lo que me dedico, había cuatro áreas por las que quería que se me conociera, cuatro áreas en las que yo encontraba esa grandeza de las personas: la lengua, la música, la mundialización y el coaching.

Ahora, unos años más tarde, y tomando como cierta la hipótesis de trabajo de que la grandeza humana existe, dedicaré los próximos tres meses a plasmar esa grandeza y, en su momento, la compartiré aquí, en esta página. Para ello me serviré de mi cámara y de mi pluma. Quien quiera contribuir aportando ideas o imágenes que representen la grandeza del ser humano, puede hacerlo dejando comentarios en este blog o poniéndose en contacto conmigo por correo electrónico, Skype, Facebook o Twitter.

¡Manos a la obra!

Michael Thallium

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