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Alexis Hatch, ganadora del III Concurso Internacional de Violín CullerArts

Ayer, sábado 11 de septiembre, la violinista hispano-estadounidense Alexis Hatch Martínez Calisto, ganó el primer premio del III Concurso Internacional de Violín CullerArts, dotado con 3.000 €. En esta edición, el segundo premio quedó desierto y el tercer premio, dotado con 1.500 €, fue para la violinista Clara Garriga Traugut.

CullerArts

La final se celebró en el Auditorio Municipal de los Jardines del Mercado en Cullera, Valencia. Alexis Hatch interpretó el Concierto para violín y orquesta en mi menor, op. 64 de Félix Mendelssohn y Clara Garriga Traugut el Concierto n.º 1 para violín y orquesta en sol menor, op. 26 de Max Bruch. Ambas finalistas estuvieron acompañadas por la Orquesta de Valencia dirigida por Carlos Garcés.

Este concurso está organizado por el Ayuntamiento de Cullera siendo el presidente del tribunal el director Cristóbal Soler.

¡Enhorabuena Alexis!

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Es la cultura

Ni los unos son imbéciles ni los otros son soberbios; es una mera cuestión de gusto y relectura. No, no somos unos soberbios quienes pensamos que si a la mayoría de personas les gusta un libro es que ese libro no tiene calidad. Y tampoco pensamos, no yo al menos, que la inmensa mayoría de esas personas sean imbéciles. Lo reitero, es cuestión de gusto y relectura. El gusto es muy personal y cada cual tiene el suyo; la relectura, en cambio, pone a cada libro en su sitio y a cada escritor en su lugar. Y sí que estoy convencido de que la mayoría de libros que se escriben y publican actualmente no aguantan la relectura. Libros que leen muchas personas, los hay muy buenos; libros malos y mediocres que leen la mayoría de personas, abundan. Es la cultura…

Cuando me encuentro con alguien que me dice, absolutamente convencido, que Ara Malikian es un gran violinista o que James Rhodes es un gran pianista, no puedo más que callarme. Es inútil discutir y, sobre todo, una pérdida de tiempo. ¿Soberbio? Pues ocurre lo mismo con muchos escritores actuales. Y también resulta inútil discutir. Es la cultura…

Pero, ¿qué es la cultura? Hace muchos años, allá por 2005, leí La cultura. Todo lo que hay que saber de Dietrich Schwanitz (1940-2004), un título que muchos —quizás esos sí que sean imbéciles— encontrarán presuntuoso. En realidad no leí a Schwanitz, sino la traducción al español del original que Schwanitz escribió en alemán. Para poder decir que uno verdaderamente ha leído un libro, ha de leerlo en el idioma original en que se escribió. A falta de pan, eso sí, buenas son tortas, es decir, traducciones. Ya en el título original Bildung. Alles, was man wissen muss (1999) uno encuentra el primer escollo: Bildung. Esta palabra engloba ‘formación’, ‘cultura’, ‘instrucción’… Claramente, tiene una connotación que se pierde en el español al traducirla por ‘cultura’…

De la lectura de aquel libro me quedé con algo anecdótico. Dietrich Schwanitz sugería que dentro del acervo cultural de una persona culta debería encontrarse la lectura de la novela El hombre sin atributos de Robert Musil (1880-1942), entre otras cosas porque son muchos quienes la citan y hablan de ella y poquísimos los que realmente se la han leído. Así que me lo tomé como un reto: yo quería estar entre esas poquísimas personas que realmente la habían leído. ¿Ignorante? ¿Engreído? Me costó, pero me la leí. Ahora, unos trece años más tarde, solo puedo decir que realmente aún no he leído la novela de Musil, porque lo que me leí fue la traducción al español de Der Man ohne Eigenschaften. Así que tengo dos relecturas pendientes: Bildung y Der Man ohne Eigenschaften. Sin embargo, haberme leído El hombre sin atributos, me sirve para poder entrar en cualquier conversación con un mínimo de solvencia literaria. Por ejemplo, si alguien está hablando de que los libros de Julia Navarro o María Dueñas son muy buenos, siempre podré decir sin miedo a equivocarme: «Ah, no he leído ninguno de ellos, pero seguro que entonces El hombre sin atributos te parecerá una obra maestra». También forma parte de la «cultura» saber lo que no hay que saber y no leer lo que no hay que leer. ¿Arrogante? ¿Fanfarrón? Decía Schwanitz que «toda ostentación, incluida la cultural, es absolutamente incompatible con el concepto de cultura. La fanfarronería lo único que delata es la ignorancia. La cultura no se ostenta». Lamentablemente, siempre habrá quienes confundan la erudición con la ostentación. Etimológicamente, ‘erudición’ significa «quitar la rudeza adquiriendo conocimientos», es decir, ser menos burro, con perdón del animal de cuatro patas. Soy un tonto erudito, quiero decir que procuro pulir cada día mis muchas rudezas. Sin embargo, el conocimiento también puede ser perjudicial y contrario a la verdadera cultura, aunque «pocos reparan en la única diversión que no hastía: tratar de ser año tras año un poco menos ignorante, un poco menos bruto, un poco menos vil», escribió Nicolás Gómez Dávila (1913-1994). Es la cultura…

Decía también Schwanitz que la cultura es «el estilo de comunicarse que hace del entendimiento entre los seres humanos un auténtico placer» y «que precisamente porque la comunicación es tan polimorfa y dramática, una persona culta debe conocer sus reglas y ser capaz de aplicarlas correctamente, pues sólo así podrá evitar ser víctima del destino». Otra de las frases que subrayé en mi lectura de 2005 fue: «La cultura es la forma en que espíritu, carne y civilización se convierten en persona y se reflejan en el espejo que son los demás».

Dichosos los seres humanos que son capaces de pensar por sí mismos, que no obedecen ciegamente y que sólo se dejan ordenar —y pueden dejarse ordenarlo que consideran razonable. Cierto que la lectura —el conocimiento— no te hace mejor persona, pero aprender a leer sí. Y aprender a leer no es juntar letras y palabras para darles significado, sino descubrir que deberíamos pasar toda la vida releyendo. Es la relectura la que separa la paja del grano, es decir, el libro malo o mediocre del libro auténticamente bueno. Y hablando de libros buenos que todo el mundo debiera leer, aquí va una recomendación de un escritor a quien antes he mencionado de pasada, Nicolas Gómez Dávila, cuyo libro Escolios a un texto implícito todo el mundo debería leer. ¿Por qué? Porque es un libro que a cada frase que uno lee, le hace pensar, lo cual no significa que uno esté de acuerdo con lo que ha leído. En mi vida muchos han sido los textos que me han hecho pensar, pero es la primera vez que me he encontrado con uno que me hiciera pensar con cada frase leída. Escolios a un texto implícito es un libro de muchas relecturas. Dudo que algún día haya una inmensa mayoría de personas que lo lean. La mayoría solo busca entretenimiento y que no les haga pensar demasiado. Muy pocos conocen a Nicolás Gómez Dávila y menos aún el libro de marras. No obstante, tampoco hay que lamentar que carezca de lectores. Eso solo sería lamentable si la celebridad mejorase la calidad de una obra. Es la cultura…

Horizonte

La decadencia de una sociedad consiste en «exterminar» a los mejores sin que la mayoría de personas nos demos cuenta de que participamos en ese «exterminio». Es un exterminio ajeno, ignorante, silencioso y, sí, libre, porque cada cual es libre de mirar al horizonte y descubrir los mensajes que quiera. Sin embargo, hay mensajes secretos que están a la vista de todos y que sólo unos pocos descifran. Cuando miro el vasto horizonte cultural, me contenta saber que, de vez en cuando, descubro y descifro pequeños mensajes que pasan inadvertidos para la mayoría, mensajes que me vuelven un poquito menos «exterminador» cada día y amplían el horizonte ante mis ojos. Pero eso a muy pocos importa y a nadie incumbe. Allá con quienes se den por aludidos. Esa es mi cultura.

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El secreto de nada

NadaNada. Curiosa palabra de la que nace todo. Si uno la desviste para dejarla desnuda, temblorosa, aparece la raíz, su sentido verdadero, su étimo estético. Nada que es origen de todo, ¿cuándo mudó su esencia? Nada proviene de nata que en latín era la forma femenina del participio natus del verbo nasci, nacer. Nata se utilizaba en una expresión, res nata, que significaba algo así como «el asunto en cuestión». La evolución de esta expresión hacia un sentido negativo parece estar ligada al nati plural que se empleaba en la expresión homines nati, es decir, «los hombres nacidos» o «todos». Ese nadi plural acabó degenerando en nadie, justo lo opuesto de todos, porque solía emplearse en frases negativas del tipo homines nati non fecerunt («los hombres nacidos no lo hicieron» = «todos no lo hicieron», es decir, «nadie lo hizo»). Poco a poco, el participio plural fue adquiriendo un valor negativo que terminó por desplazar al nemo, nadie, latino. Del mismo modo, por contagio, parece que la expresión res nata pasa de significar «el asunto en cuestión» a «ningún asunto en cuestión», o sea, nada, sustituyendo así el sustantivo latino nihil que en español ha dado nihilidad, nihilismo y nihilsta. Curiosamente, el catalán se quedó con la primera parte de la expresión res nata: res en este idioma significa nada.

Siempre me han fascinado las palabras, tan antojadizas, tan caprichosas como los seres humanos que las utilizamos. Por eso no hay nada como la etimología, la ciencia del significado verdadero, nada como quitarle al verbo el atavío del tiempo para quedarse con el étimo desnudo y puro. No hay ningún secreto en la nada, como no lo hay en tantas otras cosas.

Hace ya muchos años que me adentré en el mundo del coaching, término con el que nunca me he sentido cómodo en español. En inglés funciona muy bien, pero su importación al español, no. Traducirlo como entrenamiento, se queda corto (por cierto, entrenar y entrenamiento están emparentadas con trajín y trajinar); tampoco funcionan formación, instrucción… Ha sido reflexionando sobre la etimología de las palabras cuando hace unos días inventé un término que a mí me satisface pero al que no auguro mucho recorrido: etimogogía. Así, la persona que practica o ejerce la etimogogía es etimogoga. En esencia, la etimogogía es la disciplina mediante la cual se conduce al sentido verdadero, a la verdad desnuda.

Decía el filósofo colombiano Nicolás Gómez Dávila que «la inteligencia no consiste en el manejo de ideas inteligentes, sino en el manejo inteligente de cualquier idea». No hay ningún secreto en el logro. No hay ningún secreto en el éxito. El secreto de cumplir 49 años es no haberte muerto a los 48. Palabra de etimogogo.

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Al mirar por la ventana

VentanaLlegó no como casi todas las mañanas. Ya se había convertido en costumbre llegar a la oficina sobre las 7:30 para evitar el tráfico en la carretera. Hoy llegó a las 08:00, media hora más tarde. Abrió la puerta del despacho, tecleó su clave al ordenador, fichó en la aplicación digital y se preparó una infusión pensando en anotar algunas frases en su diario que, quince días atrás, había titulado Cuaderno de vida poética. Quería llevar una vida poética o, cuando menos, ser consciente de todos esos actos bellos que pasan inadvertidos en el transcurso del día. ¿Posible? Sí, pero no tan fácil. Los seres humanos tendemos a enredarnos en el ajetreo vital y perdemos de vista la belleza de lo que nos rodea. Nuestros sentidos se entumecen ante el hábito del día a día, ante todas esas cosas, ingenuos, que creemos que van a ocurrir, porque así ocurren todos los días. Algunos vivimos esperando una sorpresa agradable que haga añicos el orden del día; otros tan solo esperan que el día pase rápidamente y que no haga mella en sus maltrechas vidas.

Puso de fondo el Adagio del Concierto en sol mayor de Maurice Ravel y comenzó a escribir en el cuaderno sin apenas darse cuenta de que ya había hecho su primer acto poético del día: dejar que esa música, temblorosa de belleza, se le colara por los oídos para estimular las neuronas y permitir que una caricia sonora le recorriera el cuerpo hasta la entraña. Quedaban apenas seis días para su cumpleaños, 49 años dan para mucho. Podía ver el vaso medio vacío o medio lleno. Anotó algunos pensamientos que para muchos serían irrelevantes, como para la mayoría es también irrelevante el Adagio de Ravel. Escribió una última frase inspirada en unas palabras de George Steiner en Necesidad de música. Considerando su vida, se había dado cuenta de que sólo le faltaba, que anhelaba, el logro en el terreno sentimental: unir su cuerpo al de una mujer, sentirse uno con el otro, dos seres, dos idiomas distintos que se traducen simultáneamente en el orgasmo. Y es que en el fondo él era traductor, se dijo. Alzó la vista. Al mirar por la ventana, pensó en ella y sus ojos se quedaron suspendidos en el verde de los árboles buscando el baño caluroso de la luz de la mañana. Fue entonces cuando el Adagio se extinguió en un suave trino del piano, como si el canto de un pájaro lo despertara, como se despierta a un niño para recordarle que hay que ir al colegio. Sí, había que ponerse manos a la obra. Ya era hora de trabajar, de volver a ese ajetreo vital procurando que la belleza no pasara inadvertida…

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Nicolás Gómez Dávila y el redescubrimiento del escolio

Andaba yo hace un par de semanas en busca de El mudejarillo y terminé en la librería Antonio Machado al lado del Círculo de Bellas Artes de Madrid. Fue allí donde, en busca del libro de José Jiménez Lozano, descubrí por casualidad que acababan de reeditar otro libro que llevaba mucho tiempo buscando: Escolios a un texto implícito de Nicolás Gómez Dávila. De este escritor y filósofo colombiano ya escribí hace medio año en un articulillo que titulé De escolios y textos. Por aquel entonces, recuerdo, también envié un correo electrónico a Jacobo Siruela e Inka Martí para preguntar si la editorial Atalanta estaría interesada en publicar una novela que escribí en 2020. Les hablé también de la imposibilidad de encontrar ejemplares de Escolios a un texto implícito. Ignoro si eso les sirvió de acicate para reeditar el libro, pero fue muy agradable comprobar que así lo hicieron meses más tarde. En cuanto a lo de mi novela, resultado infructuoso.

Nicolás Gómez Dávila - Escolios a un texto implícito

Quien lea los escolios de Nicolás Gómez Dávila no se quedará indiferente. Da igual por dónde uno abra el libro, siempre encontrará una frase memorable, impactante y, lo más importante, que dé que pensar. El escolio es una nota aclaratoria, un comentario, que se pone a un texto. Los escolios solían ponerse al margen de un texto en los antiguos manuscritos. De ahí que los escolios de Nicolás Gómez Dávila se refieran a un “texto implícito” que el lector ha de imaginar… Aquí van unos pocos escolios sólo para mostrar la punta del iceberg:

La cultura no llenará jamás el ocio del trabajador, porque sólo es el trabajo del ocioso.

La inquietud es consecuencia de una fe excesiva en la estabilidad de las cosas.

El prestigio de la “cultura” hace comer al tonto sin hambre.

Llamamos filosofía la lógica del discurso cuando tiene lo absurdo por tema.

Las artes se están muriendo de autofagia.

El hombre no debe su experiencia a la vida, sino a los ratos de ocio que le deja.

Necesitamos que nos contradigan para afinar nuestras ideas.

La literatura toda es contemporánea para el lector que sabe leer.

Basta el impacto de un verso para hacer estallar los detritos que sepultan el alma.

Con el descubrimiento de Nicolás Gómez Dávila a muchos nos llega también el redescubrimiento del escolio.

Michael Thallium

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Carta breve al poeta Andrés Trapiello

Querido Andrés:

He encontrado la llave que dejaste debajo del felpudo de la vida y con ella he abierto el silencio al que dices damos nombre de pájaros, de viento entre las ramas, del agua que fluye afanosa por la acequia del soñar humano. Estaba allí, intacta, y no hubo desengaño: me sirvió a mí solo, como sólo a Cenicienta le sirvió el zapato de cristal. He vuelto a dejarla en el mismo lugar por si a alguien más le sirve para encontrar la horma de sus sueños, que no son sino sueños de muchos otros, como la poesía es de todos, aunque solo unos pocos la escriban, otros cuantos la lean y la mayoría no la aprecien. Quiero decir que he leído, que he vivido, La Fuente del Encanto, ese hontanar del que manan más de cuarenta años de una vida poética, la tuya, que apenas conozco más que por este libro que llega como un pan recién horneado cuyo hurmiento, estoy seguro, has heñido laboriosamente en silencio, con amor de panadero y oficio de poeta, aunque eso sea una verdad indemostrable. Y también sé que te hubiera gustado pasar más tiempo de obrador en la tahona para sacar al aparador el pan perfecto. Pero, ya lo sabemos, la perfección es una inacabable sucesión de instantes, como la vida, que duran más que toda esa desconocida eternidad que nos aguarda.

Andrés Trapiello - La Fuente del Encanto

Te confieso que temo leerte, pues cada vez que me encuentro con uno de tus libros, aparto otros que ando leyendo —en esta ocasión le tocó a Otra modernidad, el libro de Miriam sobre Ramón Gaya, a quien tú tanto admiras (prometo retomar su lectura en cuanto termine de escribir esta carta)— y, al terminar de leer el tuyo, aumenta sin remedio mi biblioteca personal con algún nuevo ejemplar de viejo. Por La Fuente del Encanto han llegado dos más: la Tercera antolojía poética de JRJ y otro que conoces muy bien, El arca de las palabras. Este último se lo compré hace un par de días al hijo mayor de los Gulliver en la Cuesta de Moyano… Pero para qué seguir con anodinas confesiones de bibliómano.

Ya lo he contado en alguna otra parte. Llegaste a mi vida por casualidad y no hace tanto, hará algo menos de seis años. Tu nombre hasta entonces para mí desconocido me llegó por amor, quiero decir que fue por una mujer a quien yo intenté ligarme sin éxito. CGC es pintora y me recomendó Las armas y las letras. Al igual que había hecho muchos años antes cuando por un amor secreto de adolescencia me leí la Divina comedia —ella se llamaba Beatriz, como la de Dante—, por Carmen me leí Las armas y las letras. Y ese libro tuyo me llevó a otros muchos de otros autores. Gané una amiga, perdí un amor; aumentaron los libros y menguaron los caudales.

Cada vez que he descubierto un libro tuyo he ido atando cabos y conociéndote un poco más. No soy, empero, un iluso y sé que conocer a alguien por lo que escribe es quedarse sólo con la punta del iceberg. La vida de una persona va mucho más allá de las palabras así como la poesía va más allá de los versos. Lo que quiero decir es que apenas nos hemos visto dos veces. De la primera no eres siquiera consciente. Fue en la presentación de MADRID —libro que te salió redondo— en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. No me acerqué a saludarte por aquello de no molestar y porque, me dije, ya habrá ocasión de encontrarme con él de un modo natural, igual que nace el verso. La segunda fue en el Auditorio Nacional. La música es algo que nos une, eso también lo he descubierto en tus libros. Allí sí que pudimos charlar, aunque en el fondo ignorabas quién yo era. Y está bien así. Quiero decir que a las personas se las va conociendo poco a poco como el sol de la mañana entra por la ventana e impregna de luz los sueños del día.

Primero fue, como ya he dicho, Las armas y las letras, luego vinieron las novelas Ayer no más, Los confines, Días y noches. Después llegaron MADRID y tu traducción al castellano actual de El Quijote. Hace apenas un par de meses le tocó el turno al primero de tus Spp que leo, Quasi una fantasia. Permíteme decirte que este diario novelado es pura poesía, una verdadera novela poética. El ejemplar que tengo parece ya un libro de viejo por lo manoseado y garabateado que lo he dejado. A estas lecturas, añado mi cita semanal todos los viernes desde hace casi un año con tus Figuraciones en El Mundo que se han convertido para mí en un modo de medir el paso del tiempo.

Andrés Trapiello - Quasi una fantasia

Como ves, no soy ningún experto en tu obra. Sólo disfruto lo poco que de ti he leído. Aunque digo más, eres el único escritor vivo que —junto con Juan Bonilla, a quien bien conoces— releo asiduamente. Por lo demás, soy lector de escritores muertos y, casi siempre, preteridos.

Pero regresemos al encanto de tu fuente poética. Ha sido para mí un placer y sorpresa ver presente a Miguel d’Ors en tu último libro. Casualidades de la vida, a él también le escribí una carta aquí poco antes de que empezara el confinamiento en 2020. A finales de febrero de ese año, me leí del tirón sus Poesías completas 2019. Me encantó y emocionó. Fue la primera vez que leía un libro entero de poesía en mi vida. A lo más que había llegado antes era a leer poemas sueltos. Hace poco también leí otro, mucho más breve, Horizonte de sucesos, de tu amigo JB. Y ahora, el tuyo. Ahora sé que no eres partidario de recitar tus poemas, que prefieres que la poesía se lea en silencio o, a lo más, recitárselos a Miriam, Rafael y Guillermo o quizás a algún amigo al teléfono. Te advierto de que quizás algún día, no obstante, te llegue alguno de ellos, «tembloroso de pura belleza», al oído recitado por mí.

Y al igual que tú no puedes sustraerte a la prosa diaria de la vida ni a las consideraciones de orden político, no voy tampoco yo a sustraerme a la «política poética» ni a tus batallas políticas. Que para muchos resultas polémico es obvio. No voy a ser yo quien salga a defenderte, porque de sobra sabes tú hacerlo, y muy bien, solo. Creo que con todo lo dicho anteriormente, por si alguna duda hubiera, queda patente mi apoyo. Por ti he conocido y leído a Castillejo, a Campoamor, a Chaves Nogales, a Fortún y a tantos otros. A buen entendedor, palabras sobran. Obras son amores y no buenas razones.

Sólo un pequeño apunte más sobre La Fuente del Encanto. Al leer algunos pasajes, retrocedía en las páginas porque tenía la sensación de haberlos leído antes en ese mismo libro, aunque no los encontraba. Me equivoqué. Mi duda quedó resuelta al terminarlo y leer tu nota final: habían aparecido en otros libros tuyos que ya había leído.

Voy despidiéndome, Andrés, felicitándote por el logro de tu vida poética y de tu familia a quien he ido conociendo por tus libros. Tú encontraste a Miriam. Ojalá yo hubiera encontrado mi miriam también. De Carmen ya te he hablado. De Marina aún no. Pero esa es otra historia, un mar de amores, en el que tendría que zambullirme ahora y no hay espacio ni tiempo, porque esta carta a un poeta quiere ser breve. Y en cualquier caso, al poeta tampoco le hacen falta razones para comprender los amores.

Tu obra deja relejes a quien quiera recorrer el camino de una vida poética. «La poesía no solo canta lo que se pierde, sino que se escribe para que no se pierda en el olvido lo que ha sido hermoso, y de la belleza que hemos conocido nadie puede prescindir, porque forma parte de la que está por llegar.» Ya lo dije al principio, he vuelto a dejar la llave debajo del felpudo de la vida para que quien quiera pueda seguir abriendo las puertas de la poesía.

Algún día te irás, pero qué forma de quedarte.

Michael Thallium

¿Por qué coño estamos aquí?

menu-06Esa fue la pregunta. Así, de sopetón. Y lo fácil y probablemente más preciso y ajustado a la realidad hubiera sido responderle que por el coño de tu madre. Bueno, por el de tu madre, el de la mía y el de todas las madres. Incluso hasta tu hija está aquí por tu coño, eso también podría habérselo dicho. Claro, esa simplificación, aunque precisa, obvia que en algún momento antes una pilila debió de asomar por la portañuela y pedirle bailar a una vulva con más o menos elegancia, con más o menos disfrute, con más o menos sensualidad o arrobo o arrebato: vals, pasodoble, foxtrot, tango, rocanrol, suin, tuis, bachata, merengue, salsa, reguetón, chundachunda… Y nueve meses después de la danza y de la panza, ¡chas! aparecemos nosotros por el coño de nuestras progenitoras que, en ese preciso instante, maldicen el baile con la pilila y la vulva que las parió. Hete aquí el misterio de la vida resuelto en apenas 157 palabras. El resto es pura literatura, vana especulación e inútil busca de sentido.

Sin embargo, esa no fue mi respuesta, a pesar de las cervezas y el vino. La conversación estaba siendo profunda. Con ella las conversaciones siempre se impregnan de profundidad, de sencillez y amabilidad. Son agradables. Cuando tienes sentada delante de ti a la mujer con quien tu pilila saldría escopetada a la pista de baile para danzar con su vulva como los zíngaros del desierto o como los balineses en días de fiesta, la verdad es que a uno le debería resultar fácil poder decir esas cosas con naturalidad. Pero a mí, en lugar de nublárseme la razón, se me obnubila la naturalidad y entro en modo filosófico y me adentro en los bosques de la reflexión transitando por los senderos del hombre en busca del sentido. Su pregunta no fue un requiebro habida cuenta de que apenas unos minutos antes me había declarado por enésima vez. En realidad fue la tercera o la cuarta, aunque la reiteración en poco más de un año bien merece el calificativo de enésimo. Decía que su pregunta no fue un requiebro. Ella no elude las respuestas. Me había respondido con la sencillez, profundidad y amabilidad que la caracterizan. Por eso me gusta tanto y es mi amiga. Enésimas calabazas que cosecho. Pero tampoco elude las preguntas. Y esta era peliaguda. Quizás fuera un reto. «Tú me has preguntado y yo te he respondido por enésima vez; a ver, hombre de pelo en pecho, respóndeme tú a esta», puede que pensara. Me metió un gol vital por toda la escuadra y con suma elegancia. ¿Por qué estamos aquí? Podría haber respondido que para contemplarla. Dicen que la felicidad es la contemplación de la verdad. Así que deduzco que ella es la verdad. Cuando la tengo delante, me siento muy feliz. Pero no. Tampoco respondí eso.

Entre plato y plato, aparecía la camarera del restaurante gallego al que habíamos acudido para cenar. Picholeiros se llama. ‘Picholeiro’ viene de la ciudad de los ‘pichos’, que es como se denominan los caños metálicos de los que emana el agua en la Compostela de las mil y una fuentes de piedra. Y así se les denomina coloquialmente a los compostelanos. Aunque también se les llama picheleiros con e. Aunque el ‘picheleiro’ no bebe agua sino vino, pues proviene del término francés ‘pichel‘, que es como se conocían los vasos de base ancha y boca estrecha con los que se sacaba el vino de los barriles. El ‘picheleiro’ era el artesano que los fabricaba y, por antonomasia, todo aquel que empinaba el codo para beber. Vino, claro.

La camarera no era gallega, sino madrileña. Muy amable. Iba vestida con un pantalón negro y una camiseta negra ajustada que realzaba un bello torso de ninfa. Llevaba ese nicab occidental en el que se han convertido las mascarillas en tiempos de pandemia. La mascarilla negra le cubría la mitad del rostro. Tenía unos ojos grandes, preciosos. Ni siquiera sé su nombre. Estuve a punto de decirle que eran como dos astros que venían a iluminar la verdad que contemplaba delante de mí. Pero no lo hice. Y quizás hubiera sido esa la respuesta a la pregunta que me habían hecho: «Mira, no sé por qué estamos aquí, pero sé que estoy para contemplarte a la luz de los astros». Sí, ya lo sé, pura literatura y vana especulación.

Terminamos de cenar. Quizás el vino había liberado el verbo o eso creíamos. No recuerdo cuál fue exactamente mi respuesta, pero sí recuerdo que fue una velada muy agradable. Yo estaba feliz. Nos despedimos. Era tarde. Le di un abrazo. Ella tomó su camino. Yo el mío. Callejeé un rato por las calles de Madrid para desvanecer el vino que llevaba en las venas. Caminé solo hasta llegar al edificio en cuya azotea había decidido pasar la noche. Subí las escaleras. Al llegar arriba, vi estrellas en el cielo. ¡Lo que hubiera dado por contemplarlas con ella! Me metí en el zaquizamí. Cerré la puerta. Estaba solo. Me tumbé bocarriba en el colchón y un batiburrillo de pensamientos afloró de algún rincón de mi cerebro: danzan los zíngaros y los balineses, escopeta, pilila, pista de baile, vulva, chundachunda, el amor es querer querer. Pensé en la verdad, o sea, en ella. ¿Por qué coño estamos aquí? No pude responder. Inútil busca de sentido. La noche me cerró los párpados hasta el amanecer.

Michael Thallium

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El mejor de la historia

Soy hafefóbico como él. Sí, hafefóbico. También podría decirlo de otras tantas maneras: afefóbico, hapnofóbico, haptefóbico, thixofóbico, quiraptofóbico. Da igual cómo lo diga, porque mi trastorno es igual de incomprensible para quienes no lo padecen. Les voy a ahorrar que busquen la palabra en el diccionario: no soporto que me toquen, me da fobia que alguien siquiera me roce, como a él. ¡Qué paradoja que esta enfermedad se pueda tocar con tantas palabras y a mí no me pueda tocar nadie! Nuestro trastorno solo afecta a uno de cada millón de seres humanos de este planeta. Yo dentro de un millón, él dentro de otro millón… Si en el mundo hay unos 6.000 millones de personas, entonces somos 6.000 afefóbicos, 6.000 gilipollas a quienes nos produce una ansiedad terrible que nos toquen. Estoy dándole a las teclas de mi máquina de escribir con guantes de látex. Él también escribió su libro con guantes de látex, pero a él le consideraron cuando lo terminó el mejor escritor de su generación; a mí no, porque nunca he terminado de escribir mi libro, y no sé si alguna vez lo terminaré. Por eso no soy el mejor escritor de mi generación…

¡El mejor escritor de su generación! ¡Vaya una frase más hueca! Es tan socorrida… La utilizan los críticos para que nadie pueda reprocharles su exageración. Fulanito es uno de los mejores violinistas de su generación, uno de los mejores pianistas de su generación, de los pintores, de los artistas… ¡El mejor escritor de su generación! ¡Qué cobardes! Con que dijeran que alguien es el mejor escritor que jamás ha existido, bastaría. Pero añaden esa coletilla de su generación para cubrirse las espaldas, porque ¿cuántos escritores habrá que sean de su generación? Total, ¿quién va a ponerse a contarlos? Yo no, aunque podría, porque también padezco aritmomanía. Los gilipollas que leen a los críticos y se creen a pie juntillas sus veredictos son eso, gilipollas. Perdón por la repetición, pero es que a la gilipollez no le tocan tantas palabras como a mi trastorno. Nosotros somos solo 6.000; gilipollas en el mundo hay, grosso modo, unos 3.000 millones, lo cual para quien esté un poco avezado en matemáticas significa que la mitad de personas que viven en el mundo son gilipollas. Y si encima eres hapnofóbico, ¡Houston tenemos un problema! Aunque las matemáticas no siempre son exactas cuando uno se anda por las tramas. 2+2 no siempre son cuatro: «hombre» tiene dos sílabas, «alto» tiene dos sílabas, pero «hombre alto» solo tiene tres sílabas.

Juan Bonilla - El mejor escritor de su generación

En cualquier caso, a él lo consideraron el mejor escritor de su generación. Todo un mérito teniendo en cuenta que el libro que le hizo merecer tal consideración ni siquiera lo había escrito él. Lo había escrito su padre: Bruno Carrasco. Él también se llama Bruno Carrasco, aunque le llaman Nono… Lo de Nono no es un hipocorístico de Bruno, no. Quien quiera saber qué significa hipocorístico que lo busque en el diccionario. No les voy a facilitar la tarea esta vez: soy haptefóbico pero no gilipollas (sí, soy la excepción que confirma la regla). Lo de Nono le viene por su enfermedad: «No, no, no me toques». A mí no me llaman Nono, pero tampoco soporto tocar a nadie ni que me toquen. Si pudiera, pagaría las 500.000 pesetas que tengo ahorradas para que me quitaran este trastorno. Lo digo de veras, 500.000 pesetas para quien me cure. Mi terapia consiste en heñir masa de pan. ¡Ya me gustaría a mí heñir la espalda suave de una chica bonita! Seguro que algún gilipollas busca el significado de heñir también.

En fin, que Nono Carrasco, el mejor escritor de su generación sólo plagió a su padre y para colmo también lo intentó con un tal Juan Bonilla. Le copió Nadie conoce a nadie, aunque nunca se lo entregó a la editora, una chica Crumb con la que se mataba a pajas con guantes de látex. Lo de copiar al Bonilla ese tampoco le gustó mucho a su madre, porque según ella el tal Bonilla ese va poniendo bombas a las vírgenes y se mete todo el rato con los cronistas de Sevilla… Ella ¡tan sevillana!

No soy crítico, pero les aseguro que Nono Carrasco es el mejor escritor thixofóbico de la historia. El mejor, se lo aseguro.

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Frontera poética del espacio-tiempo

Lo mío con él es totalmente fortuito. Y no, lo nuestro no es una relación amorosa. Ni yo soy maricón ni él tampoco, que yo sepa. He escrito maricón y me pregunto cuántas personas se me echarán encima tachándome de homófobo —hasta el corrector antihomófobo de mi Mac me corrige y reescribe automáticamente homófono— en los tiempos que corren. Para quienes no lo sepan o tengan algo de curiosidad, lo de homófono, dicho de la música, designa el canto en el que todas las voces tienen el mismo sonido; dicho de una palabra, que suena igual que otra, pero que tiene distinto significado y puede tener distinta grafía, por ejemplo, hola, ola, tubo, tuvo, barón, varón… En cuanto a lo de maricón y homófobo, para qué andarse con justificaciones… No sé para qué hago esta aclaración, me voy por las ramas. Lo que cuenta es que lo mío con Bonilla empezó de un modo fortuito, casual, pero ‘casual’ en español de toda la vida, no en el inglés de todas esas personas que visten de calle, de modo informal, vamos. Fortuito fue mi encuentro con uno de sus libros —el primero que de él leí— en una librería de Jerez de la Frontera. Me lo recomendó el librero: La novela del buscador de libros. Y yo, que tengo el vicio de buscarlos, fui tirando del hilo que me llevó a otros suyos que fui ensartando en mi hilo vital. Tampoco tantos, pero suficientes para comprender y declarar que Juan Bonilla es un excelente escritor y el único vivo al que, junto con Andrés Trapiello, releo con agrado y curiosidad primeriza. Para quienes deseen tirar de vicio, quiero decir, tirar del hilo, aquí tienen una sucesión de libros: Tanta gente sola, Una manada de ñus y Totalidad sexual del cosmos. Fortuito fue también mi encuentro con El libro, ese instrumento, uno de sus artículos en El Mundo por el día del libro en 2021. Fortuito porque estaba al lado de una de las Figuraciones que Trapiello escribe todos los viernes, y si no es porque yo las leo semanalmente, ni me entero del instrumento al que se refiere Bonilla.

He vuelto a irme por las ramas, porque uno en realidad no quería hablar de narrativa, sino de esa frontera en el espacio-tiempo que algunos, yo, llaman poesía. Aunque esto también es fortuito. La profesión de andarse por las tramas —con lo de ‘andarse por las tramas’ cito al propio Bonilla, no es invención mía—, es decir, el oficio de novelista, lo viene desempeñando magníficamente desde hace muchos años el escritor jerezano. Sin embargo, uno aún no había leído nada de su poesía. La fortuna quiso que hace unos días leyera en algún lugar que no recuerdo —lo fortuito a veces conlleva también una amnesia transitoria— la noticia de que acaban de publicarse dos libros suyos, uno de poesía, Horizonte de sucesos, en la editorial Renacimiento y una novela, El mejor escritor de su generación, en la editorial El Paseo. De este último, escribiré en otro momento, pero de esa frontera poética del espacio-tiempo que es Horizonte de sucesos, quiero escribir ahora.

Juan Bonilla - Horizonte de sucesos

Me faltó tiempo para bajar al centro de Madrid —vivo en las afueras—y comprar ambos libros. No soy lector habitual de poesía. Mi última lectura «poética» fue hace ya más de un año cuando leí Poesía completa 2019 de Miguel d’Ors, un libro que me emocionó y que dejó en mi memoria uno de los mejores y más cortos poemas que jamás se hayan escrito. Se titulaba Permanencia y decía así: «Se fue, pero qué forma de quedarse». Ahora que lo rememoro, me doy cuenta de que Juan Bonilla nunca se ha marchado. Llegó a mi vida hace no más de tres años, pero ¡qué forma de quedarse! Los poemas de Horizonte de sucesos son —no es exageración— pequeñas partículas de luz que se escapan de Juan Bonilla para dar lugar a nuevas radiaciones cuando se encuentran con quienes los leemos. Mi lectura de Horizonte de sucesos fue, sin embargo, poco poética. Los leí en el trayecto de un autobús que me llevaba de vuelta a Móstoles y luego mientras comía en un restaurante vegetariano al que acudo porque —esto sí que es poético— hay una camarera que ignora que voy allí solo para verla y cruzar unas pocas palabras con ella. Fue allí donde entre poema y poema, bocado y sorbo, entre alguna mirada furtiva y algún que otro tímido comentario, terminé de leer el poemario de Bonilla con esa suerte de mensajes secretos y sonrisas que solo un bibliómano solitario —el epíteto ‘solitario’ sobra— puede llegar a descifrar y comprender… Fue allí, entre recuerdos de un amor que parece no regresar jamás de Italia y la presencia de esa camarera forrada de tatuajes que ignora que estoy leyendo los poemas de Bonilla, donde compruebo que las matemáticas no siempre funcionan fuera del campo de las matemáticas y que 2 y 2 no siempre producen 4: ‘hombre’ tiene dos sílabas, ‘alto’ tiene dos sílabas, pero ‘hombre alto’ sólo tiene 3 sílabas. Pongo este ejemplo sin citar siquiera —porque así lo quiere— a quien primero lo escribió. Soy consciente de que con estas palabras no hago más que salirme por la tangente, vamos, que me ando por las tramas. Pero aún tengo más. Tengo un título genial para las memorias de una actriz porno: Si te visto, no me acuerdo. No digo de dónde coseché el chiste, porque su autor me dio —cuando lo leí— permiso expreso para no hacerlo.

En esas andamos quienes leemos y escribimos. Porque sí, yo ya he leído a Juan Bonilla, al poeta y al narrador. ¡No saben lo que se pierden quienes aún no lo hayan hecho! Juan también me ha leído, pero ese es un humilde premio indescifrable que guardo para mí. ¡Nadie se pierde nada no leyéndome! Ya lo dije: lo mío con él es totalmente fortuito, otro de esos inexplicables sucesos en el horizonte del misterioso agujero negro de la vida o de la muerte… Y, por fortuna, creo que así seguiremos.


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La vuelta al mundo en 80 días con Laia Falcón

Laia Falcón es una soprano española que junto a un elenco de músicos excepcionales —Alberto Rosado (piano), José Luis Estellés (clarinete), Aitzol Iturriagagoitia (violín) y David Apellániz (violonchelo)— ha creado y dirigido un musical basado en el homónimo de Orson Welles y Cole Porter de 1946, justo después de la Segunda Guerra Mundial. Welles y Porter quisieron rendir un homenaje a Julio Verne y Georges Mèliés.

Por cierto, el clarinetista José Luis Estellés acaba de obtener la cátedra de música de cámara para vientos en la Escuela Superior de Música y Danza de Colonia (Hochschule für Musik und Tanz Köln). ¡Todo un reconocimiento y honor para un músico español!

LA VUELTA AL MUNDO EN 80 DÍAS CON LAIA FALCÓN

En este vídeo se pueden ver parte de los ensayos en el Centro Superior de Música de la Universidad Autónoma de Madrid. El estreno de este proyecto musical se enmarca dentro del Ciclo de Grandes Intérpretes y Compositores organizado por el Centro Superior de Investigación y Promoción de la Música (ISIPM) en el Auditorio Nacional de Madrid. Estreno: domingo 11 de abril de 2021.

Aquí el enlace a la entrevista que le hice a Laia Falcón para la revista Scherzo:
https://scherzo.es/la-vuelta-al-mundo-con-laia-falcon/

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