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Cartones de Alfonso Reyes

Mi año de existencia número 47 pasará a mi particular y pequeña historia personal como el año en que descubrí a escritores de los que jamás antes había oído hablar o, parafraseando el dicho popular, si lo he oído, no me acuerdo. Al poco de cumplir 47, descubrí el nombre de Antonio Zozaya y estaba convencido de que tendrían que pasar algunos años más hasta hacer otro gran descubrimiento literario. Me equivoqué, porque apenas pasados dos meses, descubrí otro nombre que me ha revelado una prosa bellísima, sincera y sencilla. Esto no es más que una señal de mi ignorancia supina y de lo mucho que aún me queda por conocer y tanto por aprender. El nombre al que me refiero brotó de los labios de Jorge Luis Borges en una entrevista que le hicieron a finales de los años 70 del siglo XX. Confieso que de Borges he leído muy pocos libros: El Aleph, algo de su poesía, algún cuento y poco más. Y eso fue hace muchos años. A mí me atrapa más el Borges orador, el que habla más que el que escribe. Afortunadamente, quedan bastantes documentos audiovisuales del Borges ya anciano que, gracias a la tecnología, uno puede consultar en internet. Quien no haya visto la conferencia que dio sobre su “humilde” ceguera, no sabe lo que se pierde. Sin embargo, me tomé quizás al pie de la letra las palabras que Borges le dijo a Joaquín Soler Serrano, allá por el año 1980, en el programa A fondo cuando le pidió que dejase un breve testamento de urgencia para los telepectadores. Borges, que había soñado que se moría, dejó un humilde mensaje para las generaciones futuras: “Les aconsejo que lean a otros autores, que se olviden de mí. Es un consejo muy sincero. Olvídense de Borges, hay tantos otros muy superiores…“. ¿Será por eso que lo he leído poco? Sí, lo he leído poco, pero escuchado mucho.

Decía que fueron los labios borgianos los que me desvelaron el nombre de mi último descubrimiento: Alfonso Reyes. Me picó la curiosidad y me fui por las librerías de viejo de Madrid en busca de alguno de sus libros, que no son fáciles de encontrar. Reyes, al igual que Zozaya, fue un polígrafo —no de esos tan de moda ahora en el siglo XXI; no me refiero a la maquinita televisiva que ante la respuesta del interrogado sentencia: “Dice la verdad”— que escribió sobre muchísimos y diversos temas. Ambos también se dedicaron al periodismo. Sin embargo, sin demérito de mi anterior descubrimiento zozayesco, he de decir que la prosa de Reyes es muy superior.

Reyes - Cartones Madrid

Alfonso Reyes, mexicano oriundo de Monterrey, tuvo una vida muy interesante, y lo admiro también por haber realizado otro sueño suyo: crear su propia y vasta biblioteca, la valiosísima Capilla Alfonsina. Viajó y residió en distintos países. De 1914 hasta 1924, se exilió en Madrid. Y fue en esta ciudad donde logró ser quien fue, y “no remolque de voluntades ajenas”. Gracias a Madrid logró vivir de lo que más amaba: la escritura. Y fue aquí donde escribió un librito que tituló Cartones de Madrid, un conjunto de estampas literarias de lo que Reyes denominó “la Atenas a los pies de la Sierra Carpetovetónica”. En apenas dos días, leí con urgencia El plano oblicuo, el ya mencionado Cartones de Madrid Visión de Anáhuac —circula por internet una grabación del propio Reyes leyendo su texto de Anáhuac—; aún me queda por leer Autobiografía, una selección de páginas autobiográficas —hecha por el profesor Alberto Enríquez Perea dispersas entre los muchos libros de Reyes. Supe que el Fondo de Cultura Económica ha publicado toda la obra de Reyes, y que en en Madrid estos títulos se pueden encontrar en la librería Juan Rulfo. En mis pesquisas alfonsinas, fui a dar también con Andrés, un escritor que atiende la librería de la Casa de México en la madrileña calle de Alberto Aguilera. Fue él quien me recomendó algunas otras lecturas y quien también me desveló un secreto —eso queda para otro momentoque aún no he leído: Tres libros de Julio Torri. ¿Será este otro nuevo descubrimiento?

Reyes - Autobiografía

Con todo, he podido hacerme una idea de la inmensa figura literaria que es el políglota y polígrafo Alfonso Reyes. Cuando Reyes vivió en Madrid y escribió aquel libro de estampas madrileñas, ignoraba que poco más de un siglo más tarde, un madrileño como yo lo memoraría con retazos literarios de lecturas de urgencia a los que llamaría “Cartones de Alfonso Reyes”. Y así, con esta breve nota, dejo constancia del recuerdo de un mexicano universal que rondó solo por las posadas de Madrid entre 1914 y 1917, sin saber a lo que había venido… ¡Qué recuerdos de cosas lejanas!

Michael Thallium

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Entrevista con David Moliner: “Si realmente quieres saber cómo eres, la música es el arte más perfecto para saberlo”

David Moliner, compositor.

David Moliner, compositor.

Tiene 28 años y vive a caballo entre Berlín donde actualmente estudia con nada más y nada menos que Jörg Widmann, Madrid y Castellón. David Moliner es compositor y percusionista, un músico para el que la expresividad, el gesto expresivo en la música, lo es todo. Eso se ve claramente cuando uno habla con él. Humilde, modesto, reflexivo, pero muy apasionado en la conversación cara a cara. Para David Moliner la música que llamamos contemporánea entronca con la tradición de Bach y Beethoven. Defiende que la música clásica actual no es conceptual, no es fría ni cerebral… o al menos no debería serlo. Muy al contrario, su bandera es la expresividad, el gesto expresivo que nos hace comprender la música y el mundo que nos rodea. Nos reunimos en Madrid para conversar, y desde el primer instante me doy cuenta de que sea como sea su música, le guste a uno o no le guste, lo cierto es que uno no puede más que prestar atención y escuchar atentamente a alguien que se entusiasma tanto con lo que hace y crea.

¿De dónde le viene la afición por la música y por qué la percusión y no el piano?

La afición real es por el tema de los trenes. Yo era, y lo sigo siendo, un gran aficionado a los trenes…

¡Honegger, Pacific 231!

[David se ríe] ¡Sí! Y Steve Reich también tiene una obra sobre trenes, un cuarteto. Y Dvorak también iba mucho a los trenes; llevaba a sus alumnos a la estación de Praga a ver el tren durante las clases de composición… Como decía antes, de pequeño iba mucho en tren con mis padres, porque me gustaba, me tranquilizaba. Yo era hiperactivo, sigo siéndolo, pero en esa época tenía cólicos también. Y la única cosa que me tranquilizaba era el tren. Me parecía un vehículo silencioso y tranquilo. Iba con el Cercanías de Castellón, donde vivo. También a Valencia. Me acuerdo de que en esa época iba por las tardes, a las tres o las cuatro, y ponían de fondo música clásica. Y aquello me parecía una conjunción perfecta que encajaba muy bien, porque me tranquilizaba y me daba la posibilidad de desconectar de mi intranquilidad del cuerpo. Y así fue como empecé. Mi padre también me hacía algunos dictados al piano…

¿Es también músico su padre?

Bueno, aficionado, pero lo típico de que tocaba algunas notas y me decía que hiciera algo de música en el conservatorio. Así empecé. Al principio me consideraba un pianista un poquito frustrado. Siempre quise hacer piano, pero cuando hice la prueba, aunque en verdad saqué muy buena nota, no quedaban plazas en el conservatorio de Castellón. Mis amigos hacían percusión y, entonces, me metí en percusión. Reconozco que al principio la conjunción con la percusión me costó, porque yo componía y la percusión…

¿Componía usted antes de estudiar música?

Sí, aunque de manera intuitiva. Tenía un programa de música que se llamaba Encore, con el piano. Hice una sinfonía de cámara o algo así y me acuerdo que le dedicaba mucho tiempo. Para mí era algo superenriquecedor. Luego me puse a la percusión y así surgió todo.

Una curiosidad, ¿cómo es que siendo percusionista no le ha dado por el rock?

Supongo que será por la forma de ser de cada uno. A mi padre le gusta mucho la música clásica. Y cuando escuchaba la música clásica en el Cercanías, pues a mí me recordaba a la música que escuchaba mi padre. Recuerdo que mi padre tenía un casete con la Séptima de Beethoven por Karajan y también la Música de los fuegos artificiales y los Conciertos a due cori de Haendel. Para mí aquello era una sensación de catarsis muy fuerte, porque me parecía una música muy dramática, más incluso que alguna música de rock. ¡Por eso fue! En mi mundo no tenía mucha música rock ni pop. Luego cayó en mis manos un disco de clásicos populares de Argenta. Siempre he intentado buscar el encaje de la percusión dentro de el circuito de la música clásica.

En sus dos facetas como percusionista y compositor, ¿cuál de ellas tiene más peso?

Siempre he querido que fueran en paralelo, pero el caso es que nunca ha sido así. A mí me pilló el Plan Bolonia de estudios y entonces era imposible compatibilizar una carrera de composición con la de percusión. De hecho, aún no tengo la carrera de composición, soy percusionista. Pero yo recibía clases de composición con el maestro Voro García en Valencia. Y luego me fui a Madrid con Alberto Posadas, con José Luis Toral… Fui cogiendo ideas hasta madurarlas un poco. Luego estudié con Pascal Dusapin. En el circuito de música contemporánea está muy mal visto hacer un retroceso al pasado. Pascal Dusapin me dijo que tenía que volver a mi pasado, le interesaban las obras que yo había escrito de niño. En ese momento, ¡las piezas encajaron! Es decir, hacer lo que modestamente creo que soy yo. Lo más difícil es ser honesto con uno mismo al cien por cien. Y esa es la máxima aspiración para mí como compositor: ser honesto conmigo mismo. Luego habrá más gente a la que le guste o no lo que hago. Ser honesto es lo más importante. Es difícil en el mundo en que vivimos en estos momentos.

Y con esa honestidad de la que habla, ¿qué le resulta más honesto: componer y que se interpreten sus obras o interpretar obras de otros compositores?

Es que está todo unido. Cuando compones, eres libre, no eres esclavo de nada; cuando tocas obras de otros, es un ejercicio de humildad y de ponerte al servicio de una persona para que te muestre lo que quiere oír y tú hacerlo lo más fielmente posible. Ambas cosas están muy ligadas.

Prosiguiendo con la honestidad, ¿se cumple en usted aquello de no ser profeta en su tierra?

Castellón es una ciudad donde no hay un circuito musical estable, potente, pero me siento muy afortunado de pertenecer a la Comunidad Valenciana, porque me ha dado mucha vida musical. Hay grandes músicos. En mi tierra siempre me he sentido muy acogido y en España también. En ese sentido, las cosas me han venido bien. Es verdad que he trabajado mucho, porque yo estaba viviendo en Berlín y me llamaron para dar clase en conservatorios superiores con flexibilidad horaria. Así que me vine a Madrid y puedo compaginar mi vida profesional de intérprete y compositor con la eventual de pedagogo. Tanto a nivel concertista como compositivo, sí que he tenido bastante reconocimiento en España. ¡Todo lleva su tiempo!

¿Qué retos tiene como compositor?

Esa pregunta da para mucho… Realmente, mi búsqueda más importante es el tema de la tensión y la distensión. La música para mí es neutra, lo único de lo que se puede hablar en la música es de nuestras acciones. La música es lo que uno quiere que sea. La música no es solo auditiva, también es visual. Por ejemplo, está comprobado (en Berlín lo hemos hecho), un clarinetista tocando la Rapsodia de Debussy con un gesto neutro y luego tocándola con más expresividad corporal, el resultado de una y otra interpretación no tienen nada que ver. La semántica de la música para el público es diferente de una manera u otra. Mi búsqueda va por ahí. A mi modesto modo de ver, el tema de la tensión y distensión en la historia de la música se ha tratado muy débilmente. Sé que estoy siendo muy superficial con mi afirmación, pero cuando llegó Anton Webern, por ejemplo, nos mostró un punto de vista en el cual las especies de segunda y séptima que utilizaban en la serie dodecafónica, él era hábil para polarizar una nota de modo que había que estar muy perceptivo para poder escucharla. Eso crea una gran tensión y distensión, porque rompe el modo de la especie. Esa es mi búsqueda: llegar a una máxima explotación de la tensión y la distensión. En ese sentido, me considero un expresionista. Beethoven hizo mucho… en la Heroica ves unos acordes que rompen el modo de la especie. Y Bach también lo hace en la cadencia del Concierto de Brandemburgo n.º 5. ¡Eso es lo que me interesa! Ser orgánico pero con el máximo grado de expresividad. Xenakis también lo hizo con su obra Jonchaies. En mi búsqueda, intento crear acordes que yo llamo congruentes y subyacentes.

David Moliner

¿Qué es un acorde congruente?

Es un acorde en el que se junta toda la tensión. El acorde subyacente es en el que se relaja esa tensión. También se puede tratar de un gesto congruente. En realidad trato de llevar la tensión y la distensión al grado mínimo, como hizo Webern, y también llevarlas al máximo. Webern tiene muchos gestos, sus obras están llenas de gestos, siempre luchando por la expresividad incluso de gestos corporales. Con todos mis respetos, cuando Pierre Boulez dirige la música de Webern sin gesto, se pierde toda la semántica de la obra. Mucha gente piensa que la música de Bach es racional y que la música de Webern o Xenakis también. Sin embargo, para mí son compositores de lo más expresivos.

Al hilo de lo que dice de la expresividad, ¿con qué directores de orquesta españoles de música contemporánea se queda usted?

Me gusta Pablo Heras Casado. Para mí es un referente en este aspecto. Es verdad que Pablo estudió con Pierre Boulez en Lucerna, pero me quedo con él por su expresividad. Ha dirigido muchas obras contemporáneas en Madrid y te contagia, te hace conectar enseguida con la música. También me ocurre algo parecido con Matthias Pintscher, un director alemán, pero que reside en Nueva York. He trabajado con él en Lucerna y es muy expresivo. La música contemporánea tiene mucha relación con Beethoven y con Bach. Por eso no entiendo cuando hablan de que la música contemporánea es cerebral…

¿Cómo le explica usted a alguien que no escuche habitualmente música contemporánea que este tipo de música tiene que ver mucho con Bach, por ejemplo?

Eso ha sido un fallo nuestro. Ha sido un fallo de los intérpretes. No lo hemos sabido explicar bien. A nosotros también nos han explicado también que la música del siglo XX era toda conceptual. Por ejemplo, Rihm estaba muy mal visto. Boulez lo controlaba todo, la expresividad no se podía ver… Cuando hoy en día hablas de sentimientos, de pasión o de expresión en la música contemporánea, ¡por fin nos hemos sentido liberados! Yo creo que la música del siglo XXI va por ahí: por la expresividad. Así pues, ¿cómo explicaría que la música contemporánea tiene mucho que ver con Bach? Con ejemplos. El público no es tonto, pero también necesita de nosotros para explicar algunas cosas.

Ha nombrado mucho a su padre, ¿qué personas le han influido más en su vida?

En cuanto a mi forma de ser, creo que siempre he vivido entre dos extremos, porque mis padres están separados. Mi madre es muy temperamental y mi padre mucho más tranquilo, apaciguado. Mi familia paterna es más conservadora y mi familia materna más progresista. De pequeño he estado en Barcelona, pero también en Castilla, en un pueblo pequeñito. Estaba entre dos mundos. Creo que tengo rasgos temperamentales de mi madre, pero también rasgos que yo llamo polineodionisíacos. Si realmente quieres saber como soy, escucha mi música: piensa con el corazón y siente con la razón. En cuanto a mis influencias musicales, diría una frase que dice Ángel Gabilondo: «mis mejores amigos son Platón y Aristóteles». No dejo de aprender de Bach, de Beethoven, de Webern o Xenakis cada vez que los escucho.

Supongamos que pudiésemos resucitar a Bach justo ahora y que escuchase una de sus obras, ¿cuál cree que sería su reacción?

Puede ser que no entendiera cómo razono yo mismo mis mecanismos con los suyos. ¡O igual sí! Quizás no entendiera todo perfectamente. Bach era muy claro con sus ideas. No obstante, me gustaría decir una frase que me dijo a mí Jörg Widmann cuando me veía dudar al componer: «No puedes dudar, porque si estuvieran aquí Beethoven o Bach tendrías que sentarte al lado de ellos sin miedo a mirarles a la cara». Cada uno tiene sus defectos. Yo estoy lleno de ellos, pero hay que luchar por poder hablar bien a la cara con Beethoven o Bach. Así que puede que a Bach le gustaran algunas cosas de las que hago. ¿Por qué no?

Vayamos ahora a su faceta de intérprete percusionista. ¿Qué le gustaría hacer que no haya hecho ya?

Una cosa que me gustaría mucho es tocar y dirigir percusión para ponerla en el lugar que se merece. Es el instrumento actual. No tengo nada en contra del piano ni del violín, que tienen un gran repertorio. La percusión es el instrumento más neutro; es visceral, es lírico, es expresivo, delicado, es noble, y con tantos colores diferentes… ¡es más que un órgano casi! Mi idea es dirigir programas de percusión, porque es muy gestual, para ponerla en la primera línea de los instrumentos solitas. Siempre se asocia la percusión al acompañamiento, siendo un poco como el hazmereír. Los percusionistas estamos atentos a todo. Muchas veces somos la conexión directa de la orquesta con el director. Ahora tengo un proyecto con el Riot Ensemble. Vendrán a España y haremos una gira con ellos. Haremos un programa con la transcripción de Webern del Ricercare a seis voces de Bach, Plectra de Xenakis, el Concerto de Webern y también haremos una obra mía: la Estructura no. 1.

¿Tiene más proyectos en ciernes?

En el verano de 2020 estrenaremos una obra mía en la Konzerthaus de Berlín: el Concierto para percusión y orquesta que haremos con la JONDE. Es un encargo de la Asociación Española de Orquestas Sinfónicas. También se hará en España y algunas otras ciudades europeas. Tengo muchas expectativas, porque tocaré una obra mía con una orquesta tan buena como la JONDE. En el concierto interpretaremos música de Falla y Mahler aparte de mi obra. También tengo algunos proyectos con Jörg Widmann en Berlín.

¿Hay algo más que quisiera decir sobre la música contemporánea?

Sí. Tenemos que convencer a la gente de que hay que atreverse a pensar, a conocer el mundo en el que se vive realmente. No somos seres simples. Nos venden un mundo simple. No lo es. Si realmente quieres saber cómo eres, la música es el arte más perfecto para saberlo, porque verás la abstracción, te pondrás en el lugar del otro y te atreverás a hacer el ejercicio de pensar. La música contemporánea tiene todo eso. Quizás me falte articularlo mejor, pero hay que atreverse a conocer.

¿Y cuál sería su mensaje para las personas que dentro de unos años lean esta entrevista?

Que se atrevan a pensar. Cada vez vamos caminando más como ovejas. Que tengan la valentía de parar, analizar y saber el mundo en el que vives con toda su complejidad.

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Din don: El destino llama a la puerta

Michael Thallium. Verano de 2019. Foto: Beku Marniè.

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Alguien llama al timbre. ¡Din don! El dedo acusador se aparta temeroso del botón que, mediante una instantánea señal eléctrica, hace emitir un sonido parecido al de las campanas de otros siglos. Estas, sin embargo, son prácticas campanas adocenadas e invisibles del siglo XXI. Ese brevísimo repiqueteo electrónico a ritmo de dos por cuatro, ¡din don!, resuena en el descansillo y se propaga por las estancias de la casa avisando a los anfitriones de que alguien les reclama de pie ante la puerta. Ese alguien es un joven de apenas veinte años, cenceño, rubio, de ojos claros y no muy alto. Él ignora que quien le abrirá la puerta en unos segundos está sobre aviso de su visita. Juan no sabe que Pepe ha enviado un correo electrónico al afamado escritor y compositor don Roberto Zapata:

“Apreciado Sr. Zapata: un buen amigo mío, Juan Bara, hombre de un talento inusitado (créame esto que le digo, pues en mi vida como intérprete me he encontrado, afortunadamente, con personas muy talentosas, pero ninguna con ese asombroso y extraño talento de Juan) estará en su ciudad el próximo fin de semana. A mi buen amigo le he pedido que le haga una visita, pero él se ha mostrado un tanto reticente. He de confesarle (y le ruego que esto quede entre nosotros) que hace un par de meses también le recomendé que visitara en Barcelona a su colega Paco Lista, cosa que hizo, pero el encuentro no parece que fuera muy satisfactorio y sé que el Sr. Lista no mostró mucho interés ni por las composiciones de Juan ni por sus increíbles dotes como pianista. En mi opinión, y lo digo con todo el respeto, creo que eso se debió a que don Paco Lista anda muy metido en eso que está tan de moda ahora y que llaman vanguardia y nueva música, lo cual puede ser que no le deje ver más allá de tres en un burro y apreciar lo que, claramente, es ARTE con letras mayúsculas. Por eso, si finalmente Juan se decide a acudir a su casa, Sr. Zapata, le pediría que tan solo lo escuche y que juzgue por usted mismo. Yo le estaría muy agradecido. Y, sinceramente, creo que ese encuentro entre ustedes, sin ánimo de ser presuntuoso, les cambiará la vida. Dele recuerdos a su mujer con quien tuve ocasión de compartir escenario hace un año. ¡Un recital memorable! Por cierto, un pajarito me ha dicho que vuelve a estar embarazada, así que aprovecho para darles mi más sincera enhorabuena a los dos. Un abrazo, José Joaquín.”

En el descansillo, los segundos se estiran como relojes fundidos al sol de la impaciencia. Juan, con su mochila al hombro, comienza a arrepentirse de la visita. Piensa que no tendría que haber hecho caso a Pepe. Total, ¡para qué! Ya tuvo bastante en Barcelona con el Lista de los cojones que pasó de su cara y de su culo… Juan está a punto de darse la media vuelta, pero justo en ese momento se oyen unos pasos amortiguados que se aproximan al otro lado de la puerta. El tintín de las llaves y el rasgueo del engranaje de la puerta blindada distraen a Juan y lo disuaden de una retirada de la que, muy probablemente, se hubiese arrepentido: no es consciente de la transcendencia que tendrá esta visita en su vida y en la de al menos otras dos personas más. La puerta se abre. Frente a Juan un hombre con una bata verde y en zapatillas de andar por casa; un tanto horteras, tanto la bata como las zapatillas. El Sr. Zapata, quien tiene 23 años más que el apenas veinteañero delante de sus narices, lo saluda parcamente pero con amabilidad. Lo invita a pasar. Por supuesto, no menciona el correo que José Joaquín le ha enviado. Le llama la atención la belleza física del joven. A Roberto Zapata le sorprende un tanto la voz atiplada de Juan. ¿De verdad que tiene 20 años? Lo guía hasta el estudio que alberga un Conrad Graf auténtico. Juan se sienta al piano. Roberto Zapata se sienta en una silla detrás de él, a cierta distancia. “¡Adelante, toque lo que usted quiera!” Juan comienza a tocar los primeros acordes triunfantes de una de las sonatas que ha escrito. No lleva apenas un minuto tocando, cuando siente unas cálidas manos que se le posan en los hombros y una voz que le dice: “Disculpe un momento, que voy a llamar a mi mujer”. Juan traga saliva sabedor de la responsabilidad que eso conlleva. Roberto Zapata sale disparado hacia el otro lado de la casa en busca de su esposa. Son un matrimonio joven, pero ya con familia numerosa. Roberto le saca nueve años a su mujer. “¡Clara, tienes que ver y escuchar esto! ¡Ven!”. Roberto Zapata, entusiasmado, lleva de la mano a su mujer hasta el estudio. Juan, al ver a Clara entrar, vuelve a tragar saliva. Ha escuchado todos los discos que Clara Zapata ha grabado y, aunque no ha tenido oportunidad de verla tocar en directo, es consciente de que tiene delante de sí a la mejor pianista internacional del momento. Clara le pide que siga tocando. Juan vuelve a comenzar la sonata. Y luego toca un divertido y atrevidísimo Scherzo y otra sonata y otra obra y otra… Pasa una hora y dos y tres. El matrimonio y Juan hablan y se divierten en el estudio como hacía tiempo que no ocurría en esa casa. Finalmente, Roberto Zapata sentencia: “¡No se hable más! Juan, quédate con nosotros el tiempo que necesites. La casa es grande y aunque tenemos a los críos alborotando y correteando por ahí casi todo el día, tenemos una habitación de invitados en el piso de arriba que es muy tranquila, con un piano vertical y una decente biblioteca.”

Pepe tuvo mucha razón al afirmar en el correo a don Roberto Zapata que ese encuentro les cambiaría la vida. Unos pocos días más tarde y tras diez años sin escribir en prensa, Roberto retomará su actividad de escritor para publicar un artículo en el que proclamará a Juan Bara como el mejor compositor de los últimos dos siglos. Las malas lenguas dirán, recordando su bisexualidad y vida de juventud un tanto depravada en las noches de Madrid, que ya está aquí otra vez el Zapata enamorado de otro joven al que exalta a saber tras qué tipo de favores, que más le vale dedicarse a cuidar de sus hijos y dejar de chupar del bote de su mujer. Sin embargo, el tiempo dará tozudamente la razón a Roberto Zapata. Juan Bara será un compositor que dejará para la posteridad las mejores páginas musicales jamás escritas en el siglo XXI. Lo que sí que ninguno de los tres sabe ahora es el tremendo giro que darán sus vidas en apenas tres años. Roberto Zapata intentará suicidarse dentro de unos meses y en 2022, a los 46 años de edad, morirá de una terrible enfermedad tras una larguísima agonía. Pepe, Juan y Clara se lo encontrarán ya muerto en la habitación del hospital. Clara quedará viuda y con hijos; tendrá que luchar en la vida y vivir de lo que siempre supo hacer con genialidad incomparable: tocar el piano. Juan Bara se dejará crecer una profusa barba en cuanto su imberbitud se lo permita eso no ocurrirá hasta pasados los 30 y hará todo lo posible por “agravar” su atiplada voz para sonar más varonil. Juan no se casará ni tendrá hijos, aunque se hará cargo de los hijos de Clara y de Roberto con mucha generosidad; a Clara le unirá una amistad que durará hasta que la muerte los separe. Clara Zapata, catorce años mayor que Juan, morirá en 2061 a los 76 años de edad. Apenas un año más tarde, a los 63 años, Juan Bara morirá de cáncer de hígado. Durante su último año de vida se dedicará a destruir todo aquello que deje rastro de su paso por la tierra. Solo sobrevivirán las mejores de sus obras que le darán fama mundial igual que se la darán, amén de muchísima reputación, en vida. En cuanto a José Joaquín, Pepe, les sobrevivirá diez años más y se convertirá en adalid y difusor de la música de los Zapata y de Bara hasta su muerte en 2072.

Hoy, 10 de noviembre de 2019, mientras los españoles votan en las elecciones generales el destino de España para los próximos cuatro años, Juan, Clara y Roberto, ajenos a ese proceso electoral, ignoran que cuando por la mañana temprano sonó ese ¡din don! electrónico, en realidad era el destino el que estaba llamando a sus puertas.

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La jaula céntrica

Texto escrito en 2004. Quince años han transcurrido desde entonces. Y aunque algunas cosas han cambiado, hay otras que parecen haberse anclado en el mar del tiempo…

Michael Thallium. Verano de 2019. Foto: Beku Marniè.

Michael Thallium. Verano de 2019. Foto: Beku Marniè.

Si no fuera porque he estado en Cuba y porque tengo amigos por esas tierras tropicales, seguramente no escribiría de esa céntrica isla en el mar de las Antillas. Parece ser que el nombre procede del vocablo indígena Cubanacan, que significa algo así como lugar céntrico. Asumiendo esa procedencia como cierta, ya no puedo inventarme sin remordimiento la historia que me había venido a la cabeza. Quería decir que esa verde isla fue bautizada con ese nombre debido a los conquistadores que portaban cubas de vino del Viejo Continente y, al llegar a la isla, se embriagaron con tanta belleza extraña. Dicho de otra forma, se pusieron borrachos como cubas… y de ahí lo de Cuba. Pero no. No colaría por más que fuera verdad.

Los europeos y, en particular, los españoles tenemos un concepto de la sociedad distinto al concepto que pueda tener un cubano, sobre todo, si el cubano ha salido de la jaula tropical alguna vez. La mayoría de los cubanos ven en Estados Unidos o Europa la panacea y la solución a todos sus problemas —a pesar de que la televisión castrista muestre con reiteración y alevosía las miserias del mundo occidental. Sin embargo, es difícil encontrar en Cuba alguien que quiera quedarse en la isla. Resulta que todos quieren marcharse… o eso dicen.

Otros como yo, en Europa, criticamos inútilmente el sistema occidental que los de la céntrica isla de las Antillas están deseando degustar. Sobre gustos hay ya demasiado escrito. Suele ocurrir que cuando uno tiene siempre pollo para comer, termina aborreciendo el pollo y mira con deseo o envidia al que disfruta del caviar. Sin embargo, suele ocurrir que el que come caviar llega a cansarse también de él, porque se da cuenta de que el pez del que provienen las preciadas huevas llegará a agotarse algún día. El apetito es voraz. Vamos, que el sistema que los cubanos envidian, dista mucho de ser la panacea que les libre de toda enfermedad. Por otra parte, yo tampoco envidio el sistema cubano.

Muchas veces me he hecho la pregunta de si será posible que la democracia llegue a Cuba alguna vez. Después de estar allí, mi respuesta es rotunda: no. El cubano se ha acostumbrado a vivir en la apatía de la perentoria subvención estatal. Le da igual trabajar más, porque va a ganar lo mismo. Es cierto que viven del invento e inventan muy bien, pero veo muy difícil que un cubano entienda que para pagarse un alquiler tenga que trabajar y que para comprarse un piso tenga que hipotecarse para toda la vida.

Recuerdo que una vez, con una entrañable amiga mía, estuve en un colmado, un supermercado cubano. La pasividad de quienes allí trabajaban era más que pasmosa. La fila para pagar era larga y la cajera tuvo la genial idea de ponerse a hacer caja a pleno día mientras las personas se asfixiaban de calor y la negrona contaba casi con los dedos de las manos las monedas. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis… Cuando aquella mujer tuvo a bien abandonar la tarea de contable para desempeñar la de cajera, el mosqueo del público era patente. No acabó allí la cosa. Al llegar a la caja, aquella eficiente dama tenía colgando de sus gruesos labios un flas que chupaba con tranquilidad —me imagino yo que para refrescarse del cansancio que le supuso contar el dinero. Mi amiga cubana, compatriota de aquella gorda cajera, enfermó de los nervios y me dijo: ¿Entiendes ahora por qué quiero marcharme de aquí?

No voy a ser yo quien juzgue a unos u otros. Solo quería escribir unas líneas menos literarias que en otras ocasiones para recordar a todas esas personas que dejé en La Habana, porque muy probablemente no entenderán mis críticas a la sociedad en la que vivo y que ellas envidian desde el otro lado del Atlántico. A Zeida del Carmen, a Amanda, a Mr. Bean y Mami, a la Abuela Mallorquina, a Nissete, a Boris y a ese talentoso negrón alto, Ernest Havanna, con quien compartí escenario en repetidas ocasiones representando al maestro japonés y su discípulo Tahíto. Inolvidables momentos aquellos. Vayamos muy bien, borrachos como cubas.

Michael Thallium

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La predicción

El texto que titulé La predicción allá por 2004, es decir, hace ahora 15 años, estuvo olvidado en una carpeta digital hasta que hoy, por casualidad, me dio por abrir el documento y leerlo.  A toro pasado, es muy fácil hacerse el interesante y señalar con el dedo diciendo: ¡Ya os lo dije! ¡Ya lo predije! Aquí y ahora, con el paso de los años, lo reproduzco porque el tiempo ha confirmado la predicción. Confío no obstante en que el transcurso de los años venideros se encargue de rebatir y contradecir lo que dije en 2004. Eso sería una muy buena noticia.

Michael Thallium. Verano de 2019. Foto: Beku Marniè.

Michael Thallium. Verano de 2019. Foto: Beku Marniè.

Tengo 32 años y desde que nací he vivido oyendo hablar de Afganistán, de Irán, de Irak, de Palestina y de Israel. Con mucha frecuencia, el nombre de esos países ha estado unido, por muchos años, al nombre de personas que unos consideraban líderes, otros dictadores, otros fanáticos, otros libertadores, otros terroristas… Hoy se ha dado a conocer oficialmente la muerte de Yaser Arafat y con él muere una parte de mi historia treintañera. No voy a expresar ningún juicio de valor sobre la persona que ha representado a un pueblo. No lo haré para no herir los sentimientos de quienes lo defienden ni de quienes lo detractan.

Releyendo algunos textos que escribí cuando ocurrieron los atentados de Madrid, en los que predije algunos hechos, concluyo que el paso del tiempo podía haberme quitado la razón. Sin embargo, aún habiendo pasado poco tiempo desde entonces, apenas nueve meses, el tiempo me ha dado la razón o, más precisamente, ha corroborado las predicciones. Sé que a toro pasado es muy fácil mostrarse valiente o ponerse a resguardo del burladero, pero el no haberme equivocado, me motiva para hacer ahora otra predicción, aún sabiendo que puedo errar en lo que diga.

Son muchos los que piensan que tras el fallecimiento de Arafat se abre un nuevo horizonte, que la paz será posible. Lo que no se dice es que son otros tantos los que piensan y desean que eso no ocurra. Por una mera cuestión de lógica individual y humana, que no matemática, concluyo que la paz en Palestina e Israel no llegará, ni la paz en Irak, ni en Irán, ni en Afganistán.

Soy de los que opina que la educación está para enseñar a vivir y que todo educador tendría que aprender a vivir para enseñar. Teniendo en cuenta que en la mayoría de esos países la educación es algo casi “supersticioso” ⎯quien quiera que busque la etimología de esta palabra para saber a qué me refiero⎯, cuando no una educación con muchas carencias, pues resulta normal que la gente, como mucho, aprenda a sobrevivir más que a vivir. Una sociedad cambia por su educación. Si yo me educo en guerra y supersticiosamente, tendré guerra en mi vida y si no la tengo, quizás la eche hasta de menos o la provoque. La muerte de una persona no educa a una generación. La educación de los niños del mañana se hace hoy. Y muchos años tendrán que pasar para que algunas sociedades permitan que quienes las integran aprendan a vivir.

No me resultan esperanzadoras las razones que algunos dan para que llegue la paz entre israelíes y palestinos. Se podrán firmar todos los acuerdos que se quiera y celebrar todas las reuniones o conferencias necesarias para alcanzar la paz, pero ellos seguirán a la gresca. Palestinos e israelíes han tenido y tienen el vicio de la procrastinación: han creído tanto en poder alcanzar la paz mañana, que, “procrastinados”, son incapaces de alcanzarla hoy. Y mañana lo dejarán para pasado y pasado… pasado está.

Cuando yo tenga 64 años, el doble de años que tengo ahora ⎯y a saber si llego siquiera a los cuarenta⎯, quizás haya tenido hijos y mis hijos habrán crecido como yo oyendo hablar de todos esos países, de todos esos nombres de personas salvadores para unos y asesinos para otros. Entonces, solo entonces, quizás pueda yo volver a hacer otra predicción mas halagüeña y la paz sea algo más cercano: todo dependerá de cómo se hayan educado las personas que por ese entonces tengan 32 años como yo ahora. La educación, señores, es tan importante como lenta. Toda una vida. Yo me comprometo a aprender a vivir y a hacer que otros sientan pasión por aprender a vivir. ¿A qué se compromete usted? Usted prediga.

Michael Thallium

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El maestro domador del ego y formador del silencio

Cristóbal Soler

Cristóbal Soler

Hace poco tuve uno de esos raros privilegios que la vida otorga a quien espera sin esperar, es decir, a quien aguarda sin impaciencia a que se presente la ocasión, calva o con hermosa cabellera, para aprovecharla. Y la ocasión se presentó de la mano del maestro Cristóbal Soler, quien me invitó a pasar algunas horas de un fin de semana con futuros directores de orquesta. En realidad llevaba yo tiempo queriendo reunirme con él para afianzar eso que parece estar tan pasado de moda hoy: la amistad sincera. Y es que no hace tanto que lo conozco. La música nos unió en la Semana de Música Sacra de Cuenca en 2019, y la música volvió a unirnos ese fin de semana en la escuela de música Katarina Gurska de Madrid, donde Cristóbal imparte un máster en dirección de orquesta. Ese fin de semana estaba dedicado a la zarzuela. Nos habíamos enviado unos cuantos mensajes telefónicos los días previos y, finalmente, acudí a la cita con otro admirado amigo, el violinista Mikhail Pochekin, a quien yo quería que Cristóbal conociese en persona: no hay nada más precioso en la vida que el cultivo de las relaciones personales.

Para la mayoría de personas, los directores de orquesta son unos señores que muestran su espalda al público y que mueven los brazos arriba y abajo delante de los músicos de la orquesta y que, cuando termina la obra, se dan la vuelta y saludan al público. Para no pocos músicos, los directores de orquesta son personas —hombres y cada vez más mujeres— con mucho ego que se plantan delante de otros músicos con mucho oficio para llevarse el reconocimiento del trabajo de los demás que sí que verdaderamente hacen sonar los instrumentos. Y es que los directores de orquesta no tienen un instrumento propio… bueno, sí, su instrumento es uno muy especial, porque no pueden tañirlo, ni tocarlo ni soplarlo: la orquesta. ¡Y, sin embargo, suena! Luego hay otro grupo de personas, quizás minoritario, que sabemos muy bien la importancia que tiene un buen director de orquesta: su principal trabajo no lo hace el día del concierto, lo hace antes, durante los ensayos que nadie ve y pocas personas agradecen.

Pues bien, me encontré yo ese fin de semana madrileño en un aula de la escuela Katarina Gurska rodeado de aspirantes a eso que llamamos director de orquesta: chicos y chicas jóvenes —sí, hay directoras de orquesta, y cada vez más—, de distintos países (Cuba, México, España), que algún día, quién sabe, estarán en un podio dirigiendo las mejores orquestas. Dirijan lo que dirijan, lo de menos es si la orquesta es la mejor del mundo o no, pues son solo unas pocas personas quienes tienen el privilegio de dirigir a las más grandes y prestigiosas orquestas sinfónicas del mundo; lo que verdaderamente importa es que estos jóvenes den lo mejor de sí en cada momento independientemente de si la orquesta o el teatro donde actúen sea de primera, tercera o quinta categoría. Uno nunca sabe quién puede estar entre el público y la mejor tarjeta de presentación es haber dado lo mejor de sí en toda circunstancia. Si lo mejor de uno es un 5, entonces se da un 5, no un 4,5; si lo mejor es un 7, se da 7 y no 6,5; si lo mejor es un 10, se da 10,5. Y es que una de las características del buen director de orquesta es… la paciencia.

Resulta muy curioso observar cómo se forma un grupo de jóvenes aspirantes a la dirección de una orquesta. Frente al correpetidor (pianista) y los solistas, uno de los aspirantes dirige ante la atenta mirada del maestro, en este caso, Cristóbal Soler. Los otros jóvenes directores, desde sus asientos, también dirigen a su manera. Es como si uno estuviese en una clase de taichí: mueven los brazos y las manos en silencio, acariciando el aire, rasgándola cuando toca al son de la música; gesticulan, ponen caras extrañas, cierran los ojos, los abren como si se les fueran a salir de las órbitas… El lenguaje no verbal es quizás lo esencial de la dirección orquestal. El maestro Cristóbal Soler hace parar a quien dirige para corregir, comentar y… “proponer”. Y es que el director de orquesta ha de comprender que su vida se basa en la propuesta y no en la imposición. Y para proponer bien, uno ha de tener las ideas claras y hablar lo menos posible. Menos es más. Un director de orquesta es un maestro que da forma al silencio para convertirlo en música, un domador del ego, el suyo y el de los músicos que tiene delante de él. Por eso insiste Cristóbal Soler en la formación integral del director de orquesta. Y pone de ejemplo a Erich Kleiber. La música es humana: quienes la escriben y la interpretan son humanos. La lucha de un buen director de orquesta es la de dominar su propio ego para hacer que sintonicen los muchos egos de los músicos de la orquesta para conformar un resultado único y acorde. ¡Pobre del director que menosprecie la sabiduría de un correpetidor o de un sencillo músico de orquesta! Por supuesto que la técnica es importante, pero la característica más importante de todas para un director de orquesta es algo que muchas personas obvian y en lo que insiste una y otra vez Cristóbal Soler: ¡ESCUCHAR! Solo de la verdadera escucha puede surgir la humildad de saberse en una posición privilegiada para que sean otros quienes brillen: la orquesta, ese raro instrumento que ningún director podrá jamás asir pero que, sin embargo, sonará maravillosamente una vez vencida la batalla de los egos.

Dirigir una orquesta es dirigir la propia vida. Que a nadie le quepa duda de que es una labor que dura toda una vida y que hay que cultivar todos los días, poco a poco, como se cultivan las relaciones humanas, como se cultiva un huerto del que a la sazón surge el efímero fruto. Ese huerto vital y sonoro requiere dedicación y mucho esmero para que se mantenga fértil. El fruto se goza, el huerto se vive. Y solo al escuchar comprendemos la vida.

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El hombre en el océano

Michael Thallium. Verano de 2019. Foto: Beku Marniè.

Michael Thallium. Verano de 2019. Foto: Beku Marniè.

Me alejé de quienes me rodeaban. No del todo, pero me alejé. Y eso que frecuentemente estoy rodeado de gente. Dejé mis agradecimientos matutinos. Dejaron de tener sentido para mí o empecé a sentir que perdían la autenticidad que a mí me gustaba imprimir en las cosas que hago: se convirtieron en rutina. Luego me encerré en un mundo de letras y papel —un mundo teórico, pero ¡tan vivo para mí!— y, aunque en ningún momento perdí el sentido de la realidad, lo cierto es que me fui desconectando… porque anhelaba conectarme.

Huelga dar detalles de lo acontecido en mi vida en los últimos tiempos. Baste decir que logré concentrar mi estado en dos breves reflexiones que anoté mientras viajaba en el tren de cercanías. Los pensamientos habían recorrido las circunvoluciones de mi cerebro como ejército de hormigas descabezadas en inútil busca de objetivo:

1.  Oh, cruel fortuna la de darse cuenta solo al morir de lo único que a uno le faltó toda la vida: ser niño.

2.  Hasta que la tierra me trague o las llamas me fulminen, naceré y moriré muchas veces. El problema es que mi estupidez no me deja ver cuándo muero y cuándo nazco, y entonces me obstino en conservar lo de mí ya muerto y aun podrido.

Hoy, sin embargo, hablo con una amiga a miles de kilómetros de distancia. Me cuenta cómo superó hace unos años una terrible operación de mandíbula que la dejó sin habla, con millones de lágrimas y tiempo derramados frente al espejo maldito. Hablamos de los cambios en la vida. Yo le cuento que no tengo ninguna experiencia traumática de la que hablar. Intento explicarle con una metáfora la situación en la que me encuentro: mi caída no es dolorosa, no he caído en picado; mi caída es la de un hombre que se zambulle en un océano inmenso por el que va descendiendo lentamente, mecido por las aguas marinas, como flotando, pero hundiéndose. Y como el fondo abismal está siempre tan lejos, el hombre parece que nunca va a tocar fondo, porque siempre puede llegar más hondo. Entonces, el hombre se da cuenta de que el peso del océano lo presiona y aprisiona. Y es que ha descendido tanto, que salir ahora a flote quizás sea más trabajoso que salir de una situación traumática y dolorosa: ¡la fuerza de la costumbre tiene una inercia sideral!

Al acabar la conversación con mi amiga de la mandíbula de titanio, rememoro esas dos reflexiones de tren de cercanías. Al conticinio, en mi dormitorio, me veo inmerso en ese océano y me revuelvo. Empiezo a patalear y a agitar los brazos para ascender por esas aguas de la rutina, hipnotizantes, aletargantes, consciente del peso de la inmensa letargia marina. Me asalta la duda: ¿tendré suficiente aire para lograr la hazaña?, ¿saldré a flote? Sé que la alternativa solo es, alguna vez, muy lentamente, tocar fondo para no emerger jamás.

Como por ensalmo, vuelvo a dar gracias. Gracias por querer flotar, por querer resurgir. Doy gracias por no haberme ahogado, por rectificar esa letárgica caída. Por la lenta ascensión. Por el cambio.

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La ignorancia atrevida y pasmosa – Leer a Clara Campoamor

"La revolución española vista por una republicana", escrito en 1936 y publicado por primera vez en español en 2005 por la editorial Renacimiento.

La revolución española vista por una republicana, escrito en 1936 y publicado por primera vez, con traducción española de Luis Español Bouché en 2005. Editorial Renacimiento.

“He acusado las injusticias porque no quiero que mi silencio las absuelva, y las he puntualizado para darme a mí misma los ciemientos de las que hayan de ser mis futuras actuaciones políticas, tanto como para que de ellas deduzca enseñanzas la mujer.” – Clara Campoamor (1888-1972)

‘Pasmo’ tiene varias acepciones. La primera de ellas que ofrece el diccionario de la RAE es admiración y asombro extremados, que dejan como en suspenso la razón y el discurso. Hay otra, la tercera, que también me interesa ahora: rigidez y tensión convulsiva de los músculos. De pasmo viene pasmoso. En cuanto a la ignorancia, ¡ay, la ignorancia de la que no somos conscientes! Esa, es muy atrevida. Y todos sin excepción, en algún momento, hemos sido ignorantemente atrevidos.

Las palabras precedentes surgen de una insignificante reflexión que hago tras casi seis meses embebido de literatura española de la primera mitad del siglo XX y, más concretamente, de libros publicados entre 1930 y 1940, es decir, de personas que escribieron durante la II República y la Guerra Civil españolas. Y mi reflexión, que ignoro a quien puede importar, es la siguiente: “en los dos últimos años han venido ocurriendo en España acontecimientos sociales y políticos que se asemejan a algunos de los que ocurrieron entre 1931 y 1936″. No voy a nombrarlos, porque considero que quien tenga oídos y ojos y sea consciente de su ignorancia, podrá en algún momento llegar a comprender a cuáles me refiero. Últimamente, menudean por las televisiones y otros medios de comunicación, algunas personas, demasiadas, hombres y mujeres, políticos, tertulianos y opinadores, feminotauras incluidas —quien quiera saber a qué me refiero con eso de feminotauras que lea La novela del buscador de libros de Juan Bonilla— que hablan vehementemente de un periodo de nuestra historia del que parecen saber más bien poco. Sírvame de ejemplo la figura de Clara Campoamor. Hay muchas personas que se llenan la boca y la perorata de “Clara Campoamor” y, a mi juicio, por lo que dicen y cómo lo dicen, concluyo que la mayoría de ellas no tienen ni pajolera idea de quién están hablando ni de lo que hizo ni de lo que dijo. Su atrevida ignorancia me deja pasmado tanto en primera como en tercera acepción de pasmo: sus palabras y actitud me producen asombro y el cabreo me embarga poniendo rígidos mis músculos. Cuando la reflexión y la profundidad escasean, los lugares comunes, la trivialidad y los tópicos abundan. A todas ellas, les recomiendo que lean. Solo eso. Bueno, eso y que después de la lectura ejerciten las neuronas como mejor les convenga.

Clara Campoamor - El voto femenino y yo

El voto femenino y yo: mi pecado mortal (1935). Editorial Renacimiento.

Decía Clara Campoamor en su fantástico libro que recomiendo, La revolución española vista por una republicana, que si el porvenir trajese la victoria triunfal de los ejércitos gubernamentales (refiriéndose a los milicianos y simpatizantes del Frente Popular), ese triunfo no llevaría a un régimen democrático, pues los republicanos ya no contaban en el grupo gubernamental. El triunfo de los gubernamentales iba a ser el de las masas proletarias, y al estar divididas esas masas, nuevas luchas decidirían si la hegemonía sería para los socialistas, los comunistas o los anarcosindicalistas. Pero el resultado sólo podía significar la dictadura del proletariado, más o menos temporal, en detrimento de la República democrática. Por otra parte, si las causas de la debilidad de los gubernamentales llevasen a la victoria de los nacionalistas, éstos habrían de empezar por instaurar un régimen que detuviese los enfrentamientos internos y restableciese el orden. Ese régimen, lo suficientemente fuerte como para imponerse a todos, sólo podía ser una dictadura militar.

Teniendo en cuenta que esas palabras las escribió Clara Campoamor en 1936, tres años antes de que terminase la Guerra Civil, su honrada actitud sí que fue verdaderamente atrevida (valiente) y pasmosa (sorprendente), no como esa ignorancia atrevida y pasmosa de tantas otras personas de aquella época y de esta otra ochenta años más tarde.

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Entrevista con Yury Favorin: “El piano es magnífico, pero es aún más magnífico en colaboración con otros músicos”

Yuri Favorin, pianista.

Yuri Favorin, pianista.

Fue en la Fundación Juan March cuando lo vi y oí tocar por primera vez. Era una mañana de domingo, fría y con nieve, de febrero de 2018. En aquella ocasión, el pianista moscovita Yury Favorin iba de acompañante del violinista Mikhail Pochekin. Y desde ese momento en que lo oí tocar, Favorin se convirtió en uno de mis favoritos, porque hay que ser muy buen músico para acompañar y hacer brillar a otros músicos cuando uno puede brillar, y mucho, por sí solo. De aquel breve encuentro en el camerino después del recital, me quedé con la impresión de que Yury Favorin era una persona introspectiva, profunda, pero igualmente intuí que quien supiera dar con la llave que abre las puertas de su personalidad, descubriría a un hombre afable y buen conversador. Algo más de un año y medio más tarde, no sé si por azar o por haber dado con esa llave, pude conversar con Yury Favorin y hablar de lo que más le gusta: la música. Por favor, háganme el favor de escuchar a Favorin: su interpretación de los los Estudios op. 2 de Prokofiev no tienen parangón.

¿Cómo comenzó usted en el mundo del piano?

Bueno, de hecho, mi primer instrumento no fue el piano. Fue la flauta dulce. Aprendí a tocarla cuando tenía unos cinco años. Tenía un profesor de clarinete y a los ocho años, cuando entré en la Escuela Estatal de Música Gnessin comencé con el clarinete y el piano. Pronto se hizo obvio que tocaba mejor el piano que el clarinete. Con quince años empecé a estudiar composición y entré en el Conservatorio de Moscú en el año 2004. Tendría unos 17 años. Fue entonces cuando me pasé al piano y dejé de tocar el clarinete. Así fue como empecé.

Entonces, ¿ya no toca el clarinete?

Ahora solo toco el piano.

¿Y se cumple en su caso eso de que de casta le viene al galgo, quiero decir, son sus padres también músicos?

No, mis padres no son músicos. Mi abuela estudió algo de joven en una sencilla escuela de música, pero no terminó los estudios. Sin embargo, el sueño de su vida era que alguien de la familia supiera tocar el piano e hiciera música. Así que la idea de que yo empezara con la música partió de mi abuela. Ella fue quien me llevó a la escuela de música.

Yuri Favorin2¿Y cuándo empezó a pensar en una carrera profesional como pianista?

Creo que fue más o menos cuando estaba en el segundo año de conservatorio. Tenía que prepararme para el Concurso Olivier Messiaen de Paris. Allí tuve una especie de pequeño éxito y fue entonces cuando vi la oportunidad de convertirlo en mi profesión.

Ahora que acaba de mencionar un concurso, ¿cuál es su opinión sobre los concursos de piano?

No creo que pueda decir algo interesante sobre ellos. La mayoría de jóvenes pianistas participan en los conciertos porque quieren tener reconocimiento y que el público los escuche, que los conozca. Pero por otro lado, la idea de los concursos, de la competición entre artistas es un tanto extraña. Y eso es un problema.

Cuando terminó sus estudios de piano y comenzó su carrera profesional, ¿le resultó difícil conseguir conciertos?

[Yuri sonríe] No sé. Cuando toqué en París y después del Concurso Internacional Reina Isabel de Bélgica, en Bruselas, en 2010, comencé a recibir ofertas para tocar en conciertos y, por alguna razón, eso ha seguido así hasta hoy [Yuri se ríe].

Hace algún tiempo le hice esta misma pregunta a un compatriota suyo, Nikolai Lugansky, ¿cree usted que hay una escuela rusa del piano, una francesa, una americana, alemana, etc.?

Si me pregunta sobre las características principales de cada escuela, creo que es difícil hacer un juicio desde dentro, porque estudié en Moscú. Si me habla de, por ejemplo, Richter o Gilles u otros grandes pianistas rusos, son todos tan diferentes que uno apenas puede encontrar algo en común entre ellos. Pero creo que una de las ideas es que el sonido del piano ha de producirse con todo el peso, no con dedos ligeros, me refiero a un sonido profundo, con todo el peso del brazo, con todo el peso del cuerpo. Quizás sea esta una de las cosas que podrían decirse de la escuela rusa, pero me resulta difícil hablar de ello.

Hablemos de sus grabaciones. Tengo dos de sus CD: Alkan Piano Works en el sello MusoYuri Favorin Piano en Melodiya. Le confieso que este último CD suyo con obras de Prokofiev, Popov, Shostakovich, Rebikov y Feinberg es uno de los que más escucho. Su interpretación de los Estudios op. 2 de Prokofiev es puro fuego, especialmente el modo en que toca el primero de ellos, si me lo permite, es de otra dimensión. Y cuando pude ver por internet el vídeo del Concurso Cliburn donde también interpreta esta obra, pude comprobar que no hay ni trampa ni cartón: son sus manos las que producen es fantástico sonido. Cuándo mira atrás, ¿de qué álbum se siente más orgulloso?

Creo que el CD que ha mencionado es el mejor para mí, porque me metí de lleno en él, no solo en la interpretación y preparación del programa, sino también en el trabajo de los ingenieros de sonido. Me costó mucho más trabajo y fue más difícil que otros CD.

Yuri Favorin Es

¿Qué repertorio cree que se le da mejor?

Me gustan muchísimas obras musicales de muy diferentes estilos y de compositores muy distintos… Por supuesto que tengo algunas favoritas, pero me gusta tanto el clasicismo, como el romanticismo o la música moderna del siglo XX. Así que no puedo decirle, porque me encantan muchísimos tipos de música.

¿Cuál es su mayor reto como pianista?

Seguir tocando lo mejor que pueda. Este año me gustaría hacer una grabación en directo de las tres suites de Años de peregrinaje de Liszt. Lo haré dentro de dos semanas en Moscú. Todo el concierto estará dedicado a este ciclo de Liszt. El álbum saldrá en el sello Melodiya y espero que se publique pronto. Este será el trabajo más interesante y ambicioso para mí en el futuro.

Sé que también tiene un grupo de música con el que hace música muy moderna, experimental, una especie de música improvisada…

Es un grupo en el que también compongo música. En realidad se trataba de un trío para improvisar. Tuvimos algunos conciertos, pero ya no estamos activos, principalmente porque resultaba un poco difícil organizar conciertos con percusión. Pero sigo improvisando música con ellos y con otros improvisadores. Hay algunos CD circulando por ahí.

Dado que estudió composición, ¿ha pensado alguna vez en desarrollar su carrera como compositor?

Lo pensé, pero después de tener algo de éxito como pianista, me volqué en el piano.

Qué prefiere, ¿música para piano solo o música de cámara?

Ambas me encantan. Me gusta la música para piano solo, me gusta la música de cámara, me gusta tocar con orquesta. El piano es un instrumento grande y es magnífico, pero es aún más magnífico en colaboración con otros músicos y artistas.

¿Hay algún pianista al que admire?

Hay muchos pianistas y sería difícil para mi decir uno, pero me encanta Vladimir Sofronitsky. Fue un gran pianista, no un virtuoso como tal, pero fue un músico realmente estupendo. También me gusta Richer, pero hay tantos otros grandes pianistas…

Yuri Favorin1

¿Podría decirme tres cualidades que usted tenga como pianista?

No estoy seguro de poder hacerlo. De hecho, nunca me oído a mí mismo como oyente. Me escucho cuando estudio, por supuesto, pero no me escucho después de hacer una grabación. Creo que son otras personas quienes deberían decirlo, no yo.

Entonces permítame que se lo pregunte de otro modo, ¿podría decirme tres cualidades personales suyas que se reflejen en us modo de tocar el piano?

Sigo pensando lo mismo. Verdaderamente es muy difícil para mí decir algo…

Bien, creo entonces que yo podría decirle una. Me da la impresión de que es usted una persona muy profunda, que le gusta profundizar en las cosas. Puede que me equivoque, porque solo nos conocemos de aquella vez después del concierto en la Fundación Juan March, en Madrid. Sin embargo, tengo esa sensación de que usted busca la profundidad. ¿Está de acuerdo?

¡No podría decirIo! ¡De veras! Lo que sí puedo decir es que la música me encanta. Ya sé que mucha gente dirá lo mismo y sé que decirlo no es muy especial…

Casi siempre les pregunto esto a todos los músicos con quienes hablo. Cuando usted va a dar conciertos a los auditorios, probablemente verá a gente muy mayor entre el público y a poca gente joven. ¿Qué les diría a los jóvenes para que escuchasen más música clásica y que asistiesen a los conciertos?

No sé qué puedo decir. Simplemente creo que hay maneras especiales de meterse en la música clásica. Puede ser que a los jóvenes no les guste oír mucho a Mozart, aunque sea música maravillosa, y quizás les apetezca más oír, al menos en Rusia, música de Stravisnky. Siempre habrá un compositor especial con el que puedan conectar y adentrarse en el mundo de la música clásica.

¿Tiene planes de venir a España a tocar en el futuro?

Me gustaría, por supuesto. No he estado muchas veces en España, pero me gusta el modo de vida de los españoles.

Si tuviera que pensar, así, de brote pronto, en un programa para un concierto en España, ¿qué obras interpretaría?

Sin duda, sería muy interesante tocar música de compositors españoles. La música de Albéniz me fascina…

Michael Thallium

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Lo que está detrás

Madrid. Ocho de octubre de 2019. Merodeo por la Feria de otoño del libro viejo y antiguo en el Paseo de Recoletos. Me asomo al quiosco del único librero capicúa del mundo que conozco: Marcos Ortiz Marcos. Me reconoce. Apenas una semana antes había estado allí en busca de algún libro del olvidado Antonio Zozaya a quienes los músicos de Madrid habían dedicado una portada en la revista POM en enero de 1936. Aquella primera vez, me dio o yo le di conversación. Le compré o me vendió La guerra de las ideas y una primera edición de Hazaña de Mío Cid Campeador de Vicente Huidobro a precio de saldo. Ahora que nos vemos por segunda vez me dice: “Leí tu artículo sobre Juan Bonilla. ¿Encontraste algún libro más de Zozaya?” Comienza otra interesante y amena conversación de esas que dos extraños mantienen intuyendo que, amén del año de nacimiento, algo les une sin saber muy bien qué. Marcos ignora que dos horas y media más tarde tengo una cita en el Museo del Prado. Igualmente, yo ignoro tantas otras cosas que están detrás de ese quiosco de librero capicúa… Mientras hablo con él, mis ojos se fijan en un ejemplar de Por la otra orilla de Agustín de Foxá. Me dice: “Es una primera edición”. Se la compro y él me la vende a precio de saldo. Aprecio el saldo y agradezco el gesto para mis adentros. Me despido con sincera admiración por alguien que atesora una biblioteca personal de 3.000 o 4.000 ejemplares. Sé que volveré a verlo. Alguna vez.

Me encamino hacia el Museo del Prado. He de estar a las ocho y cuarto en la puerta de los Jerónimos. Ocho días antes, Victor Moreno, responsable de comunicación de la Fundación Albéniz me había escrito para invitarme a una experiencia única… y bella: disfrutar de pintura y música una vez cerrado al público el museo. No podía decir que no. Aún es pronto. Hago tiempo en el Café Murillo cercano al Museo del Prado. Lleva allí desde 1927 (el Café, claro; no el museo). Aprovecho para hojear mi última adquisición y oler ese olor tan característico que desprenden las hojas de libro viejo. Pago lo que adeudo y acudo a mi cita.

En la puerta del museo hay un grupo muy reducido de personas. Enseguida veo a Victor que sale del museo junto a otras personas, algunas conocidas, que, como él, hacen un trabajo callado que pasa inadvertido y sin el cual muchas veces sería más difícil disfrutar de esos raros momentos sublimes de belleza única. Saludo. Nos dividen en cuatro grupos. Mi grupo es el número tres. ¿Cuantas personas? ¿Quince? ¿Quizás veinte? No las cuento. He venido a disfrutar. Sin embargo, no puedo dejar de preguntarme qué historia habrá detrás de cada una de las personas que me acompañan en el grupo. Historias ignoradas y que solo conocen quienes las viven. Y, ahora, todo ese bagaje individual de cada cual se une, efímeramente y por azar, en un limitado grupo de personas que no se conocen. Nos asignan como guía acompañante al historiador del arte Antonio Muñoz Gonzalo. Comienza la visita.

El_dos_de_mayo_de_1808_en_MadridNuestro cicerone nos ilustra mientras recorremos los amplios pasillos en dirección a la sala donde se encuentran dos famosos cuadros de Francisco de Goya. El Museo del Prado no fue ideado originalmente como pinacoteca, la más grande del mundo, dicho sea de paso. En realidad se quería construir un museo de la ciencia, de ahí esos pasillos tan amplios y salas de altísimos techos. No obstante, está al lado del Real Jardín Botánico. El edificio se concibió en tiempos de la Ilustración de Carlos III, una construcción que se llevaría acabo durante su reinado y el de su hijo Carlos IV. Sin embargo, las voluntades del destino lo hicieron pinacoteca. Llegamos a la sala donde están El 2 de mayo de 1808, conocido popularmente como La carga de los mamelucos y El 3 de mayo en Madrid, el famoso cuadro de Los fusilamientos. Allí nos esperan con sus guitarras acústicas Igor Paskual, historiador del arte y comisario del evento —quizás mucho más conocido como el guitarrista de Loquillo— y Ángel Carmona, periodista presentador de Hoy empieza todo en Radio 3. Pua en mano el primero y a dedo descubierto el segundo, ambos interpretan El dos de mayo, un curioso pasodoble que el maestro Federico Chueca compuso en 1908 —la última obra que compuso antes de morir en junio de ese mismo año— para la conmemoración del centenario de la Guerra de la Independencia. Contemplar los ojos de los caballos de los mamelucos, únicos que miran al espectador de entre todas los ojos que inmortalizó Goya en su famoso cuadro, es toda una experiencia.

Tres de mayo en Madrid - Goya

Reanudamos el recorrido en dirección a la sala que alberga El jardín de las delicias de El Bosco, uno de mis cuadros favoritos, lleno de simbolismo y alegorías que pasan inadvertidas a los ojos del siglo XXI. Allí aguardan sentados tres alumnos de la Escuela Superior de Música Reina Sofía. Descubro por primera vez en mi vida —¡un cuadro que tantas veces he mirado!— que en las nalgas de una de las figuras representadas en el infierno hay una melodía que alguien, con paciencia, ha conseguido descifrar: la joven estadounidense Amelia Hamrik. Nosotros, los privilegiados del grupo en que me encuentro, vamos a poder escuchar esa melodía que Hamrik bautizó como La canción del trasero del infierno delante del mismísimo cuadro al que Felipe II se refería como El cuadro de las fresas. Suena la melodía, primero en el violín, luego entran a acompañarlo la viola y seguidamente el violonchelo. ¿Qué pensaría El Bosco si hubiera sabido que más de quinientos años después de haber pintado su cuadro un limitado grupo de personas lo contemplaría con asombro mientras sonaba una música compuesta con la melodía que él mismo había cifrado al óleo y con genialidad? Al terminar la interpretación del trío, me rezago del grupo y le pregunto al violinista quién ha compuesto la obra. Al mostrarme la partitura, descubro que es alguien vivo que se hace llamar Juanvi Sprout.

El jardín de_las_Delicias,_de_El_Bosco

Alcanzo al grupo y seguimos recorriendo los magníficos pasillos y salas del Prado hasta llegar al siguiente destino: La bacanal de los Andrios de Tiziano. Descubro que el preciado color azul ultramarino lo conseguía Tiziano, ardua y pacientemente, hace 500 años, machacando una piedra lapislázuli que le traían de Afganistán. En ese cuadro, a los pies de la Venus dormida, hay otra partitura con el texto: “Quien bebe y no vuelve a beber, no sabe lo que es beber”. Son ahora las voces de cuatro jóvenes alumnos de la Escuela Superior de Música Reina Sofía las que animarán la pintura de Tiziano. Una soprano, una mezzo, un tenor y un barítono interpretan un madrigal basado en el texto que aparece en La bacanal. La fuerza de sus voces me hace pensar en la intensidad del azul ultramarino que ha sobrevivido al paso los siglos. Vuelvo a rezagarme para preguntarle a los cantantes quién es el compositor del madrigal. La soprano me responde que la obra es de Adrián Willaert, un compositor flamenco contemporáneo de Tiziano.

Bacanal de los Andrios

Va llegando el final del recorrido donde nos espera La adoración de los pastores de El Greco, ese testamento que estuvo pintando Domenikos Theotokopoulos hasta su muerte y en el que la virgen tiene el rostro de su mujer y él mismo se representa arrodillado ante el niño Jesús. Fue El Greco discípulo de Tiziano, de quien aprendió la técnica de ese color azul ultramarino tan característico de sus cuadros. En esta ocasión, la música que dará vida al cuadro es una versión para cuarteto de cuerda del último movimiento Pastorale del Concerto Grosso “Per la notte di Natale” de Corelli. Mientras escucho la música que surge de los dedos y arcos de los alumnos de la Escuela Superior de Música Reina Sofía, miro alrededor y observo a esas pocas personas privilegiadas que me rodean, contemplo los cuadros de El Greco que también están en esa sala y siento que desde el ángulo en que me encuentro alguno de los retratos me mira como diciendo: estás vivo, contempla, escucha y disfruta.

Adoración de los pastores

Termina la visita. No me da tiempo a despedirme de Victor. El grupo se dispersa y cada cual vuelve anónimamente a su vida. Bajo caminando por el Paseo del Prado hacia la estación de Atocha. Reflexiono sobre la importancia del mecenazgo —en este caso el de la Fundación Telefónica, patrocinadora del evento—, sobre todas esas cosas que el ojo no ve ni el oído escucha. De todo el esfuerzo que hay detrás de cada hoja de un libro, de cada trazo de un pincel, de cada cuadro que se contempla, de cada nota que el músico toca.

En el semáforo antes de llegar a la estación, veo a la soprano que me habló de Willaert abrazada a quien supongo será su amor. Ella no me ve. Poco a poco, la vida de cada cual se diluye entre las vidas de tantas otras personas. Solo queda el recuerdo de un sublime momento de belleza única, ignorantes todos nosotros de eso que está detrás y no vemos.

Michael Thallium

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