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Me creí inmortal hasta que me morí (II)

Este texto es la segunda parte del que escribí aquel día que me morí (léase AQUÍ), junto a otros más que están por llegar y que conforman la novela que algún día, más pronto que tarde, espero, Manuel Millán presentará en público…

Michael Thallium. Foto: Beku Marniè

Michael Thallium. Foto: Beku Marniè

La frase la había oído muchas veces a lo largo de mis 47 años de vida terrenal. Hago esa distinción, me refiero a la distinción entre vida terrenal y esta que vivo ahora que no sé muy bien cómo llamar. Quizás vida universal sin espacio ni tiempo. Una infinitud sensual del cosmos. No sé… Tampoco importa, aunque lo cierto es que ahora voy a vivir muchos más años de muerto que de vivo. Como decía, la frase la había oído muchas veces repetida hasta la saciedad, pero nunca supe quién la había escrito o pronunciado —tampoco lo sabían la mayoría de personas que la citaban— hasta poco tiempo antes de morir: «Aquellos que no recuerdan el pasado están condenados a repetirlo». La frase es de Jorge Agustín Nicolás Ruiz de Santayana y Borrás. Un nombre muy largo, pero que la Historia de la Filosofía y la Literatura redujo a un escueto Jorge Santayana o George Santayana. Para la mayoría de personas de mi época, Jorge Santayana era un perfecto desconocido —siempre que digo un «perfecto desconocido» me viene a la cabeza esa sección central con el ritmo tan poderoso de Perfect Strangers de Deep Purple— a pesar de haber sido portada de la revista Time en febrero de 1936, apenas cinco meses antes de que comenzara la Guerra Civil española. Yo supe de él de chiripa al leer un libro de Juan David García Bacca que invitaba a filosofar según espíritu y letra del poeta Antonio Machado. Fue entre aquellas páginas donde encontré el nombre de Jorge Santayana. Me dio por tirar del hilo y descubrí a un filósofo y escritor espléndido del que solo pude leer dos libros: Personas y lugares, y El último puritano. No me dio tiempo a más, porque, como ya dije, me morí quedándome en gayumbos… ¡Joder! ¡Lástima no haberlo conocido antes para haber disfrutado de todo lo que escribió! Quizás lo que más me llamara la atención fue que, siendo español, hubiese escrito toda su obra en inglés y que los últimos once años de una larga vida de casi 89 los pasara retirado en una clínica de las monjas de la Piccola Compagnia di Maria en Roma. ¿Por qué renunció a su cátedra de filosofía en Harvard cuando cumplió 48 años? ¿Por qué regresó a Europa y jamás volvió a los Estados Unidos? ¿Por qué nunca renunció a su nacionalidad española no habiendo pasado probablemente más de diez años de su vida en España? Puede que Jorge Santayana sea el escritor que mejor haya escrito en inglés sobre España. Y lo que más me intrigaba de todo, ¿por qué el mundo se olvidó de él con esa obra inmensa, tan profunda y maravillosa que escribió?

George Santayana TIME 1936Perdón por haber introducido aquí a otra persona interrumpiendo el relato de mi encuentro con el maestro de Leipzig cuya música tanto escuché en vida. Prometo volver a esa conversación que mantuve con Johann Sebastian Bach en la que me desveló el secreto de su fecundísima y abrumadora producción musical. Pero es que en esta infinitud sensual del cosmos en que me encuentro no acierto a distinguir del todo el paso del tiempo ni la ubicación espacial. Y me apeteció narrar antes mi encuentro con el anciano Santayana que, a pesar de los 80 años con los que me recibió, no parecía ni por asomo tan viejo como Bach a los 64. Ya dije que en este estado en que me encuentro puedo recordar con vivo detalle todo lo que ha sucedido en mi vida así como el pasado de las vidas humanas que me precedieron. Esta vida de muerto tiene algo en común con la de vivo: somos puro recuerdo. Sin embargo, ahora puedo mezclarme, inmiscuirme o simplemente ser testigo de los recuerdos de tantas otras personas que existieron antes que yo en este planeta. Y puedo hacerlo con la intensidad que me apetezca… ¡Un cotilla cósmico! Admito que esta es una capacidad que aún no domino del todo. En la muerte, como en la vida, todo lleva su tiempo, aunque uno no pueda medirlo. Supongo que no debo de llevar mucho tiempo muerto, porque si no, ya habría venido alguien a verme, alguien de los que me conocieron en vida. Bueno, eso o que no dejé la suficiente huella emocional en ellos como para que me busquen en la muerte. Entiendo que al menos mis padres vendrían a buscarme, aunque solo fuera para decirme que los gayumbos estaban limpios. ¡Joder! Como no puedo saber qué ocurrió después de mi muerte, me contento con todo ese inmenso y rico pasado. El futuro no me preocupa. Eso es para los vivos. Que se preocupen de su futuro… No recuerdan su pasado y están condenados a repetirlo. No me extrañaría que después de aquel 6 de septiembre de 2019 en que me morí cualquier catástrofe hubiese ocurrido en España o en el mundo.

Decidí encontrarme con Jorge Santayana en su retiro de Roma, cuando tenía 80 años porque estaba ultimando su autobiografía Personas y lugares, el primer libro que de él me leí y que publicaría un año más tarde, en 1944. No sé, me pareció el momento más adecuado. Yo tuve una primera edición de ese libro. En inglés, cómo no. Eran tiempos de guerra en Europa, en el mundo. Probablemente, cuando me morí, lo tirarían a la basura como un libro viejo e inservible… ¡La mayoría de la gente no sabe apreciar un buen libro ni una obra de arte! Santayana me recibió muy amablemente en una pequeña terraza, al resguardo del sol romano, en la Piccola Compagnia di Maria. Ahí estaba él, sonriente, con su bigote canoso, casi calvo —lo estuvo la mayor parte de su vida—, delgado. Como no me conocía de nada, no se me ocurrió más que entrarle con una ironía que creo que no pilló, porque yo no le dije en ningún momento que venía de un futuro lejano y que ya había leído la obra que ahora estaba a punto de terminar: «¿Cree usted que ya hemos visto el final de la guerra?» Y es que otro de los aforismos más conocidos de Jorge Santayana es: «Solo los muertos han visto el final de la guerra». Yo era consciente de mi mortitud, pero él, en cambio, no parecía serlo por la respuesta que me dio sonriente: «En uno o dos años más, todo habrá terminado».

Hablamos de sus primeros tiempos en la calle de San Bernardo en Madrid, de su infancia en Ávila, de todos esos años en Estados Unidos, de su prestigiosa carrera, de sus muchos viajes, de su ateísmo. Me explicó y comprendí claramente el porqué de su retiro. El tiempo que pasé con él me sirvió para conocer de primera mano la profundidad del pensamiento del mejor filósofo español que ha habido aunque todo lo escribiera en inglés. Al despedirse de mí, me regaló su pluma —que es con la que escribo ahora—, pues le sorprendió que conociese tantos detalles de su vida y que un compatriota como yo lo visitara. El nunca dejó de ser español. Ocho años más tarde, lo enterrarían en Roma y alguien recitaría aquellos versos suyos que hablaban del testamento de un poeta: «Devuelvo a la tierra lo que la tierra me dio…». En la lápida puede leerse: «Cristo ha hecho posible para nosotros la gloriosa libertad del alma en el cielo». Y esas palabras son las que me recuerdan que he de proseguir con mi relato del encuentro con Bach, el músico que componía obras para la gloria de Dios…

Michael Thallium

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Carta a mis afiliados

Estimados afiliados:

A partir de ahora, con tanto recorte que vamos a tener que hacer, ya no volveré a escribir «Estimados compañeros, estimadas compañeras». Confío en vuestra comprensión, en vuestras tragaderas, vamos. La tinta es un bien preciado y yo creo que me entenderéis si os digo, sencillamente, «Estimados todos». Lo que me jode es que voy a tener encima a mis socios recordándome todo el rato que tengo que decir estimados y estimadas, apreciados y apreciadas, compañeros y compañeras, etcétera. Pero me la suda al igual que me la suda aquello que dije de que no pactaría con los del poder en primera persona del plural —el poder lo entiendo en primera del singular, porque soy progresista, como ya sabéis— o los que jamás han condenado los atentados de ETA. Hace un año los progresistas consolidamos el nuevo tiempo político después de echar al barbas. Muchas cosas han pasado desde entonces, como ya sabéis. Donde dije digo digo diego y pelillos a la mar.

Comenzamos el 2020 con el primer Gobierno de coalición de la historia reciente de nuestro país. Firmamos un acuerdo de Gobierno histórico, con ambiciosos objetivos para que dentro de unos años —ya quisiera yo que fueran meses, pero, bueno, a paciencia y resistencia nadie me gana, como ya sabéis— nadie reconozca nuestro país.

La puta pandemia esta de la COVID-19 trastocó mis planes como os podéis imaginar. No fue culpa mía, como ya sabéis, porque el virus es desconocido y ha afectado a todo el planeta. Tuvimos que proteger a la sociedad con una panoplia de medidas económicas para proteger la salud, los empleos, las empresas, etcétera. Todo con el fin de amparar a los más vulnerables con ‘résponsabilidad‘, con ‘sólidaridad‘ —me encanta este hipnótico recurso discursivo de hacer sobresdrújulo lo agudo.

Hemos tenido que reinventarnos en tiempo récord, a contrarreloj. Los avances progresistas que comportan los nuevos Presupuestos ocupan poco espacio en el debate público. Me jode, y mucho, que la atención se desvíe hacia asuntos del pasado, como la lucha antiterrorista, que nada tienen que ver con los Presupuestos y que no figuran afortunadamente entre los problemas de nuestro país, como ya sabéis. A ver, esto ocurre por esos reaccionarios que no entiendo por qué siempre están hablando del 36, del 34 o del 31, etcétera. Estamos ante un populismo reaccionario que, como ya sabéis, vive de las filfas —esta palabra me la he aprendido hace poco y la he incorporado a mi vocabulario para que se jodan los puristas que me tienen hasta las turmas (esta también me la he aprendido)— que presenta como hechos probados para desacreditarme y fomentar la ‘rádicalizacion‘, la división social, la crispación política, etcétera. Es un populismo reaccionario que jamás acepta su derrota, como ya sabéis.

Queridos todos, no les hagáis ni puto caso. Están rabiosos porque ganaron injustamente una Guerra Civil hace 80 años y ahora intentan evidenciar que nuestra justa victoria democrática no es legítima. Nosotros perdimos la guerra con dignidad y ahora, dignamente, hemos ganado la libertad, etcétera. No entréis al trapo reaccionario. No miréis al pasado. Mirad al futuro. Os garantizo que, como ya sabéis, con mi liderazgo mundial y vuestro apoyo, a nuestro país no lo ‘réconocera‘ ni Dios.

Palabra de vuestro Presidente, como ya sabéis.

Michael Thallium

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1830 caracteres con espacio

1830 caracteres con espacio. Podría añadir que en realidad son 1830 caracteres alfanuméricos con espacio, pero eso es lo de menos, porque lo que realmente importa son solo esos 1830 caracteres con espacio para decirlo todo y nada. Para decir que la vida es bella, que la vida es cruel, que es injusta y justa, que se gana y pierde, que se odia y ama. Para decirte que morirás y que has nacido. Para que sepas que te he buscado, pero que no me has encontrado. Y a ti que me buscas y no te encuentro, quisiera decirte todas esas cosas que jamás te han dicho. Que hay cientos de miles de libros que jamás podrás leer, que hay músicas que jamás llegarán a tus oídos. Que son muchos los besos y los abrazos que habrás deseado. Que quisiste oír un «te amo» en los labios de quien habías encontrado y que desapareció porque quizás nunca estuvo allí cuando tú estabas. Que nunca dijiste ese «te amo» a quien apareció y no quisiste encontrar. Que tus hijos en realidad son el anhelo de aquello que nunca has tenido o que todo eso que tienes no satisface el anhelo de encontrar un vientre o una simiente a los que amar y engendrar una criatura. Que, en definitiva, todo eso que amas u odias, todo aquello que te da alegría o que te hastía, todo eso que te atrae o que aborreces, que disfrutas o desdeñas, todo eso es vida. Y que también son vida esos espacios que separan lo que digo y lo que callo, lo que te gustaría escuchar y tú jamás dirías, lo que sientes y presientes en esos silencios a solas contigo caminando en pos de algún encuentro que nunca llega. Y que es vida también ver los ojos de quien amas y que te miren a los tuyos para encontrarte. Que es vida poder leer juntos todos esos libros desconocidos, escuchar músicas que quizás no suenen. Y más aún escribir la vida en 1830 caracteres con espacio. Ni uno más ni uno menos.

Michael Thallium

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Tanta gente, tantos libros…

Le envío un correo para compartir con él un texto que he escrito: Madrid, Andrés Trapiello y yo. Aprovecho para hacerle una pregunta que intuyo ya le habrán hecho demasiadas veces. ¿Cuál de tus libros me recomiendas y por qué? Me despido con un abrazo desde Madrid. Sé que responderá. Un año antes también lo hizo cuando le envié otro texto en el que hablaba de La novela del buscador de libros, el único suyo que me he leído hasta la fecha. Casualidades del destino, al día siguiente anuncian en la prensa que le han concedido el Premio Nacional de Narrativa. Me alegro por él y me sonrío: donde pongo el ojo, pongo la bala. Sé que responderá, porque lo hizo un año antes también. No sé, se me figura una persona campechana y sencilla. Pasan uno, dos, tres días. No responde. No me impaciento. Reprimo mi impulso de comprar algún otro libro suyo. Prefiero esperar su respuesta. Siete días más tarde, abro el buzón y leo su correo en el que se disculpa por la tardanza. Habían sido días raros. El jurado del Premio Nacional parecía haber respondido a mi pregunta recomendándome Totalidad sexual del cosmos, su última novela, pero prefiero guiarme por la recomendación que me hace. Los premios me importan muy poco. Me dice que a quienes les gusta la narrativa siempre les recomienda Tanta gente sola o Una manada de ñus, que son libros de cuentos; para quienes prefieren los ensayos, Biblioteca en llamas o La plaza del mundo. Dice que aún no ha leído el libro de Andrés, pero que pronto le pondrá remedio. Yo le respondo escuetamente, agradeciendo su respuesta y dándole la enhorabuena por el premio. Le digo que seguiré su recomendación empezando por Tanta gente sola. No dudo de la calidad de la novela premiada con el Nacional de Narrativa, pero como esa la leerán en tropel ahora que está reciente el premio, prefiero comenzar por el pasado que le ha llevado adonde está. Me despido de Juan prometiendo que algún día, no ahora, leeré Totalidad sexual del cosmos.

Me lanzo en busca de Tanta gente sola. Vivo en Móstoles. Me da por pensar que quizás aquí haya alguna librería donde pueda encontrarlo. Sé que podría encargarlo por internet, pero me niego a la facilidad del clic de una tecla que merme digitalmente el saldo de mi cuenta bancaria. Prefiero sentirme el buscador de libros de mi propia novela. Llamo a las pocas librerías que resisten en esta ciudad. Fantaseo con la posibilidad de que al menos en una de ellas lo tengan, porque en esa, apenas tres semanas antes, había encontrado Madrid de Trapiello y El infinito en un junco de Irene Vallejo —a ella, ¡casualidades!, también resulta que luego le dieron el Premio Nacional de Ensayo. Búsqueda infructuosa. Es incomprensible, pero ¿quién va a leer en esta ciudad los libros que a mí me gustan? A los dos días, me encuentro conduciendo el coche con la promesa de mirar en una sola librería y ya está. Eso de conducir sin rumbo cierto para encontrar un libro me recuerda a aquel día en que terminé en una librería de Jerez de la Frontera. Fue allí donde Manolo Romero Bejarano, el librero de El Laberinto, me recomendó el primer y único libro de Juan Bonilla que me leí. Ahora, algo más de un año más tarde, vuelvo a estar al volante en busca de un libro, aunque esta vez sé el libro que quiero. En La Casa del Libro de Tres Aguas me dicen algo que ya me habían dicho en otras librerías: que no tienen el libro, que hay dos ediciones, una de ellas de bolsillo que cuesta seis con noventa y cinco euros —escribo el número con letra para recordarme que no sé por qué se escribe veintiuno y no noventaicinco—, y que pueden encargármelo. Pregunto si lo tienen en alguna otra tienda de Madrid. Me responden que no, pero que lo tienen en almacén y, me repiten amablemente, que pueden encargármelo. Contrariado me invento la excusa de que lo necesito ya, porque es para un regalo. ¡Cuántos regalos me habrán servido de excusa para marcharme de las librerías cuando me dicen que me lo pueden encargar! Vuelvo al aparcamiento del centro comercial, me meto en el coche, saco el móvil y llamo a las librerías que google me dice que hay en Alcorcón. Llamo una por una a las que están abiertas. La respuesta es invariable. No tenemos el libro pero se lo podemos encargar. Arranco el motor y pongo rumbo al centro de la capital. Se me ha metido en la cabeza que tengo que encontrar el libro en una librería y punto. Llego a la Cuesta de Moyano. Tengo que encontrar un sitio para aparcar. ¡Mierda! ¡Es zona verde y hay que pagar! Tengo la suerte de encontrar un sitio en la calle de Alfonso XII, no muy lejos de la Cuesta. Si me pego una carrera, puedo dejar el coche estacionado sin pagar un euro. Total, voy a tiro hecho. Salgo corriendo. Menos mal que voy en chandal. Si no, la gente podría pensar que estoy loco. ¡Correr por un libro! ¡Bah! Pregunto en los pocos quioscos que están abiertos. La respuesta es unánime: no tenemos nada de Bonilla. Vuelvo al coche corriendo no vaya a ser que me multen. Llego sin aliento. He tenido suerte. Me meto en el coche. Es entonces cuando descubro que he aparcado delante de la placa que conmemora a don Santiago Ramón y Cajal. Me sonrío como cuando me enteré por la prensa de que a Juan Bonilla le habían dado el Premio Nacional. Hacía apenas unos días que me había leído El mundo visto a los ochenta años y me resultaba toda una ironía no poder encontrar el libro de un escritor actual y vivo y, sin embargo, ir a parar al palacete de un muerto cuyo libro había encontrado una semana antes en la misma Cuesta de Moyano. Volví a casa sin más recompensa que el guiño poético de don Santiago. Quizás por eso la mayoría de mis lecturas sean de libro de viejo y muerto…

A los dos días, domingo, vuelvo a intentarlo en alguna librería de viejo abierta por la zona del inexistente Rastro durante la pandemia. Encuentro, de segunda mano, Nadie conoce a nadie —que unas horas más tarde regalaré a una amiga, para que al menos alguien más lea a Bonilla—, pero ni rastro de Tanta gente sola. Luego en el Fnac de Preciados. Nada. En La Central de Callao. Tampoco. Se lo podemos encargar, me dicen. ¡Cojones, que es para un regalo! Me doy cuenta de que Bonilla es un autor poco comercial, lo cual me alegra (quizás a él no, no lo sé). Al día siguiente, me rindo ante la evidencia y decido encargar el libro, no por internet, sino a la librería Desiderata en la que hacía poco más de tres semanas había encontrado Madrid y El infinito en un junco. Al menos así contribuyo al mantenimiento del comercio de barrio, me digo. ¡Iluso! Encargo la versión de bolsillo, porque ya me he gastado bastante en combustible y suela de zapato…

Juan Bonilla - Tanta gente Sola

Tanta gente sola llega un martes a Desiderata. Recojo mi encargo. Miro el libro como quien encuentra un tesoro y comienzo a leerlo con avidez de pirata. Me encanta. Sabía que si el primer libro que leí de Bonilla me pareció muy bueno, este no podría decepcionarme. No me defrauda. Disfruto cuando encuentro una palabra que el escritor se inventa. En La novela del buscador de libros fue ‘feminotaura’; en Tanta gente sola, ‘tictaconear’. Me sumerjo en la lectura. Buceo en un océano lleno de vida e historias. Me atrapa el modo con que Juan Bonilla teje esa red de palabras y relaciones en la que uno no distingue ya si los personajes son reales o ficticios. Ese juego de verosimilitud e inverosimilitud que envuelve al lector en el relato y lo vuelve relato mismo convirtiéndolo en creador de otra historia dentro de la historia. Sus retratos de la gente contienen toda la fantasía del mundo concentrada de mil maneras. Esa innecesaria ‘fanteasión’ del retrato de la que hablaba Ramón Gómez de la Serna —otro gran inventor de palabras— en su retrato de Maruxa Mallo. Gentes que lo único que quieren es hacer algo más que simplemente existir. Pero…

Sí, siempre está ese feo «pero» que luce un collar de puntos para prolongar una historia al final de un párrafo. Y leyendo las historias de tanta gente sola, uno comprende por fin el misterio de esa foto inquietante de la portada en la que aparece un hombre que se asoma al abismo del ser o no ser en la azotea de un edificio de nueve plantas. Pero eso solo lo descubre uno al final del libro. ¡No podía ser de otro modo!

¿Y del amor? El amor se mide por el número de bolsas de basura que una pareja genera. Fulano de Tal y Menganita de Cual pudieron generar 25.000 bolsas de basura. Eso son muchos años de amor. ¡Qué satisfactoria impresión de lo que es el amor! Aunque también sé que el amor puede concentrarse igualmente en una paja o en un dedo de toda esa gente que anda tan sola por la vida buscando a otra gente que nunca llega…

Juan, yo te daría el Premio Nacional simplemente por Tanta gente sola, aunque ya he dicho que los premios me importan muy poco. ¿¡Dar un premio nacional por un solo libro y corto encima!? Bueno, Juan Rulfo pasó a los anales de la Historia de la Literatura por tan solo tres novelitas. ¡Pero menudas novelitas! Tu libro, me parece una verdadera obra de arte. Sí, ¡al final fue todo un regalo!

Tu literatura, Juan, es la meta de quienes te leemos. Tu prosa es literatura bonilla y viva, verdadera poesía. Esos cuentos que cuentas se me entremezclan con la realidad… ¿Cuánto habrá de ese Urbano, personaje tuyo del libro, que gana el concurso Cifras y letras en el librero de Jerez que te me descubrió? Porque Manolo Romero Bejarano ganó Pasapalabra

He de poner fin a este texto, porque siempre me dicen que lo que escribo es muy largo para que alguien me lea alguna vez en internet. Pero, Juan, que sea este último párrafo el homenaje inapreciable a Tanta gente sola, porque aunque nadie repare en ello si no lo digo, nueve son los párrafos de que consta mi escrito al igual que nueve cuentos exquisitamente entramados conforman tu libro como nueve plantas también tiene el edificio del misterioso hombre de la portada que se asoma al abismo del ser o no ser. También te digo que tu libro merece muchas relecturas. Así que pasas a formar parte de la lista de escritores vivos que releo. Una lista muy exigua que solo tiene dos nombres: el de otro escritor que ya he mencionado y ahora el tuyo. Y sí, yo también le pondré remedio: algún día leeré Totalidad sexual del cosmos, porque lo prometido es deuda. Pero antes déjame que busque Una manada de ñus. Hay tanta gente, tantos libros…

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Grandes libros y escritores que recomiendo III

Hace años comencé a fotografiar los libros que leo y que considero no ya interesantes, sino lectura muy recomendada (léase imprescindible) por su valor literario, artístico o filosófico. Quienes me siguen en redes sociales como Facebook, Twitter o LinkedIn, han sido testigos de mis publicaciones fotográficas con una sencilla frase, «Grandes libros y escritores que recomiendo», y seguidamente el título del libro y el nombre del escritor. Además, mi intención con estas publicaciones era y es un tanto ilusa y pretenciosa: que mi palabra baste para que quien lea la recomendación salga pitando en busca del libro. Sin embargo, aquí, en mi blog, no he publicado la mayoría de esos títulos. Esta es la tercera vez que lo hago de forma explícita (véase Grandes libros y escritores que recomiendo I y II). Sirva esta tanda que hoy publico para incitar a la lectura a aquellas personas que algún día, por casualidad, den con este artículo. No incluyo en esta lista libros que ya haya mencionado expresamente en mi blog con anterioridad. A ti, lector, sé consciente de que aunque se diga que una imagen vale más que mil palabras, las imágenes que a continuación verás jamás sustituirán el goce de la lectura de las muchas más de mil palabras que cada uno de esos libros, que humildemente recomiendo, te darán:

Pequeña historia de ayer (memorias), de Mercedes Formica

Mercedes Formica - Pequeña historia de ayer

El infinito en un junco (ensayo), de Irene Vallejo

Irene Vallejo - El infinito en un junco

Retratos de España (ensayo), de Ramón Gómez de la Serna

Gómez de la Serna - Retratos de España

Bomarzo (novela), de Manuel Mujica Lainez

Mujica Lainez - Bomarzo

El problema de la filosofía hispánica (ensayo), de Eduardo Nicol

Eduardo Nicol - El problema de la filosofía hispánica

El maestro Juan Martínez que estaba allí (relato biográfico), de Manuel Chaves Nogales

Chaves Nogales - El maestro Juan Martínez que estaba allí

La muerte del estratega (relato), de Álvaro Mutis

Álvaro Mutis - La muerte del estratega

La casa inundada y otros cuentos (cuento), de Felisberto Hernández

Felisberto Hernández - La casa inundada

Escrito a cada instante (poesía), de Leopoldo Panero

Leopoldo Panero - Escrito a cada instante

Dos crímenes (novela), de Jorge Ibargüengoitia

Jorge Ibargüengoitia - Dos crímenes

El corazón y otros frutos amargos (cuentos), de Ignacio Aldecoa

Ignacio Aldecoa - El corazón y otros frutos amargos

Por la otra orilla (ensayo, memorias), de Agustín de Foxá

Agustín de Foxá - Por la otra orilla

Diario de Lecumberri (diario autobiográfico), Álvaro Mutis

Álvaro Mutis - Diario de Lecumberri

Basta por hoy. Aquí quedan estos libros que para mí son excepcionales. ¡Que quien los encuentre, los disfrute!

Michael Thallium

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Hasta las turmas estoy

Sí, hasta las turmas estoy de que ante tanta ‘noticia falsa’ nadie diga ‘filfa’ y casi todos se decanten por el inglés. ¿Será porque cada vez menos amamos nuestra lengua que en España llaman algunos ‘castellano’ y en el resto del mundo ‘español’? Repitan conmigo: filfa, filfa, filfa. Y ahora, si estuvieran en una escuela de aquellas en las que había un encerado Irene Vallejo habla en El infinito en un junco de los primeros soportes para la escritura hechos de cera; ¿llamaremos por eso a la pizarra encerado?—, escriban cien veces y con buena letra: “filfa: mentira, engaño, noticia falsa”. ¡Es inútil!

Y luego leo de madrugada en un periódico Contágiate, contágiale de Andrés Trapiello o Desmontando el Estado de derecho de Elisa de la Nuez y me ocurre lo que a Santiago Ramón y Cajal cuando veía el mundo a los ochenta y dos años allá por 1934: ¡cuánto beocio anda suelto!

No me las toquen más. Las turmas, digo.

Michael Thallium

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El mundo visto por un octogenario

Siempre que acudo a la madrileña Cuesta de Moyano me prometo a mí mismo que no, que no compraré ningún libro. Y aunque alguna vez he logrado mantener mi promesa, son numerosísimas las otras veces que terminé viendo cómo algún ejemplar acababa en mis manos, por arte de birlibirloque, después de desembolsarle al librero de turno la cantidad adeudada. Lo de birlibirloque lo digo porque no me explico cómo terminan esos libros en mis manos si no es por la mónita untuosa y persuasiva de mi cerebro que concluye: «¡Compra, compra!» Y, claro, mi voluntad, que tiene poco de diamantina cuando de libros se trata, sucumbe y yo compro. ¡Caso de estudio para el freniatra!

Así me ocurrió hace unos días. Llegué al puesto y, tras una amable conversación con el librero, me hice con un ejemplar impreso en 1941 de El mundo visto a los ochenta años del venerando investigador Santiago Ramón y Cajal. La conversación con el librero me sirvió también para descubrir que era hijo del dueño de la librería de viejo Gúlliver, esa a la que más ha ido el escritor Andrés Trapiello según él mismo relata en MADRID. Me dice su nombre y grabo su número de teléfono en el móvil: Jonás Gúlliver.

De Santiago Ramón y Cajal ya había leído hace algunos años Recuerdos de mi vida y me sorprendió lo bien que escribía. Hasta ese momento, solo lo conocía como científico, no como escritor, y reconozco que su imagen la había asociado con la del actor Adolfo Marsillach, quien representó su papel en una serie televisiva del año 1982 en España. En fin, que al ver el título, El mundo visto a los ochenta años», me llamó muchísimo la atención, porque ignoraba que don Santiago hubiese escrito un libro así. Resulta que la introducción está firmada en Madrid, el 25 de mayo de 1934, es decir, apenas cincos meses antes de fallecer a los 82 años, el 17 de octubre, en pleno declive de la II República, con la Revolución de Asturias em marcha y a menos de dos años del comienzo de la Guerra Civil. El libro no se publicó hasta el año 1941, en plena II Guerra Mundial. ¡Todo un documento histórico! Y la clarividencia de don Santiago es asombrosa… Me lo imagino, ya teniente, escribiendo, con sus manos sarmentosas, sin dejarse llevar por vanidades vidriosas, presumiendo la muerte cercana.

Ramón y Cajal - El mundo visto a los 80 años

El libro consta de cuatro partes: las tribulaciones del anciano, los cambios del ambiente físico y moral, las teorías de la senectud y de la muerte y, por último, los paliativos y consuelos de la senectud. Disfruto con este tipo de libros, porque me obligo a leerlos sin caer en el anacronismo. Por ejemplo, don Santiago habla de la guerra civil y del dictador, pero no se refiere, obviamente, a la Guerra Civil ni al dictador de los que hablamos hoy en España. Señoras y señores, ¡en España hubo más guerras civiles que la del 36! Sin embargo, también vaticina esa guerra así como la II Guerra mundial. Muchos pasajes del libro pasarían por actuales si les quitásemos la referencia temporal a la fecha en que se escribió: 1934. La sociedad, la política, los nacionalismos, los avances científicos y tecnológicos, el arte, los libros… todos ellos están presentes en El mundo visto a los ochenta años. La imitación rebañiega, las diferencias entre el bello sexo que se carmina los labios y el sexo fuerte de varones enterizos, el atraso científico de España —que lucha por hombrearse con los países avanzados—, la aijofilia vitanda —ese odioso gusto por lo feo y burdo, por la bastedad achagrinada—, el pago de gabelas… todos ellos los columbra don Santiago frisando los 82 años. Y casi un siglo más tarde, aquí siguen. Cambian las palabras, pero siguen los trasuntos de aquellos viejos asuntos…

Michael Thallium

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MADRID, Andrés Trapiello y yo

Querido Andrés:

permíteme que te cuente cómo te conocí; no hace tanto, hará ahora unos cinco años. Es otra de esas cientos de miles de historias que ocurren en Madrid. Caminaba yo con una amiga subiendo por una de las calles del barrio de Lavapiés. Haría unos tres meses que uno había tenido un desengaño amoroso —otro más que añadir a la cuenta personal del banco de mi vida— y pensaba que después de aquello, y a mis años, sería difícil encontrar de nuevo una «ilusión», esa de la que habla Julián Marías en su Breve tratado de la ilusión y que es única del idioma español. A mi amiga, con la que caminaba, no le gusta que diga que la conozco desde 1.º de la E.G.B., porque eso delataría su edad. Por eso, cuando lo digo en reuniones sociales, ella recalca que yo la conocí el año en que repetí 1º de E.G.B. —lo de mi repetición es otra historia que ahora no viene a cuento— y que, por tanto, ella es un año más joven que yo. Tengo 48. Como decía, subíamos caminando ella y yo por la calle cuando, de repente, avisté a una joven de pie ante «La Nada». Le dije a mi amiga: «Mira que chica más guapa, voy a decirle algo», así, a lo chulapo. En una de esas conversaciones que uno nunca sabe adónde pueden ir a parar, descubrí que llevaba unos pocos años en Madrid, que su nombre era Carmen, granaína, guapa, artista y pintora, y que «La Nada» era el estudio que compartía con otros tantos artistas. Por la conversación, también deduje que era (lo es) muy culta. También descubrí —esto días más tarde— que había estudiado la carrera de piano. Muy completita, sí. En fin, que al terminar aquella conversación, me dije para mis adentros: «¡A esta me la ligo yo!». Ya adelanto que no, que no me la ligué… aunque lo intenté.

Si te hablo de Carmen, Andrés, es porque fue por ella que te conocí. Durante el par de meses que viví con la ilusión de ligármela, leí en su muro de Facebook que recomendaba un libro de un tal Andrés Trapiello de quien yo jamás en mi vida había oído hablar. El libro se titulaba Las armas y las letras y, claro, si ella lo recomendaba, yo tenía que leérmelo como fuera. Me lo leí en diciembre de 2015 —¡casualidades de la vida!— a la par que El Quijote de Miguel de Cervantes, libro que se me había resistido durante más de 40 años.

Perdona si voy y vengo y me meto por vericuetos, como si callejease por el centro de Madrid, sin dar en el busilis. Prometo regresar a Las armas y las letras, pero déjame que antes me meta por la propincua callejuela que resume los cinco años de mi relación con Carmen desde que la conocí. Vienen a quedar, con la imprecisión de la síntesis, en algo así: intenté ligármela (no lo conseguí), descubrí en ella a una amiga que tenía novio (reculé y me convertí en su amigo; de ella, no de su novio, claro); que dos años más tarde Carmen empezó a salir con otro hombre con el que, finalmente, hubo boda (boda que se celebró en un pueblito de la serranía de Graná el mismo día de mi cumpleaños y a la que asistí; para entonces Carmen ya era una amiga a la que admiraba); que al cabo de unos meses partió piñas y abrió el amargo melón del divorcio (yo me comporté como el amigo en que ya me había convertido); que unas semanas antes del confinamiento de marzo y abril de 2020, estando yo de visita en un hospital, me di cuenta de que la quería (retomaré más adelante este asunto) y que tras los meses de confinamiento, al abrirse la veda y volver a vernos, decidí declararme (¡la cagaste, burlancáster!); ahora Carmen es como una especie de amor platónico o de musa… aunque también tengo otra, de la que hablaré más adelante.

Lo prometido es deuda. Regresemos, ahora sí, a Las armas y las letras. El descubrimiento de este libro fue providencial para mí, porque fue el hilo literario del que fui tirando hasta hoy, y también fue el culpable del aumento de mi biblioteca personal que esconde una vergonzante bibliomanía. Te confieso que eres uno de los pocos autores vivos que leo. La mayoría de mis libros son de viejo y muerto. Leyéndote supe de A sangre y fuego de Manuel Chaves Nogales, de Democracias destronadas de José Castillejo, de La revolución vista por una republicana de Clara Campoamor, La estrella polar de Eduardo Capó Bonafous, Doy fe… de Antonio Ruiz Vilaplana, Días de horca y cuchillo de Alfredo Muñiz, Celia en la revolución de Elena Fortún, La soledad de Alcuneza de Salvador García de Pruneda, Madrid de corte a cheka de Agustín de Foxá, Guerra en España de Juan Ramón Jiménez, Diario de un soldado de Vicente Salas Viu, España sufre de Carlos Morla Lynch… Ni que decir tiene que todos esos libros me llevaron a otros tantos hasta la fecha. ¡Qué te voy a contar que tú no sepas!

Gutierrez Solana - Madrid, escenas y costumbresTe confieso también que no he leído muchos libros tuyos. Después de Las armas y las letras leí solo dos novelas: Ayer no más y Los confines, que también me dejaron buen regusto. En 2019, compré la edición ampliada y conmemorativa de los 25 años de Las armas y las letras y lo releí. Para mi sorpresa —no sé si a ti también te habrá ocurrido con otros libros—, al releerlo apenas tres años más tarde de la primera lectura, exclamé: «¿¡Pero esto lo he leído yo!?» Y me asombro de mi falta de memoria y de lo buena que es tu pluma. Los piropos, como las armas, los carga el diablo según de quien partan, pero si te sirve como tal: ¡eres el único escritor vivo a quien releo!

Ahí quedó la cosa hasta hace dos meses en que empecé a seguir tus Figuraciones de los viernes en El Mundo —único día en que compro el periódico. Luego, hará unas tres semanas, vi en algún lugar que acababas de publicar otro libro, MADRID. Me llamó la atención el título, porque solo hacía cuatro meses que había leído el jugoso y fabuloso Madrid: escenas y costumbres de José Gutiérrez-Solana, libro que, después de haber leído tu MADRID, sé que también has leído y, al igual que tú, lo recomiendo —lo único es que veo difícil que a quien le pique la curiosidad por leerlo lo tenga fácil: tengo el número 84 de una edición limitada de 100 ejemplares en Ediciones Ulises.

Como verás, todo lo anterior no ha sido más que un largo preámbulo —espero que no una torrada— para lo que realmente hasta aquí he venido: «para hablar de tu libro». (Que conste que no he leído ningún libro de Umbral y que solo lo conozco por la famosa frasecita que le espetó a Mercedes Milá en un programa televisivo hace algunos años). MADRID me ha encantado. Lo he leído en apenas una semana —¡ojo, que son unas 550 páginas—, porque sé que se convertirá en un libro de relecturas (las mías) y de referencia (para todo el mundo). Que llegue a ser un betséler, sinceramente, me importa un comino. Has logrado una obra maestra, pero que yo diga esto, tiene poco valor o ninguno. Permíteme remedar el elogio de tu admirado Ramón Gaya y hacer un palimpsesto literario de urgencia: «No te vayas a creer que tu libro es una obra maestra porque yo lo diga; la unanimidad vendrá de quienes lo disfruten cuando te lean».

Andrés Trapiello - Madrid

Decía que MADRID me ha encantado. Amén del contenido y lo magnífica que es tu prosa, el continente está hecho con mucho mimo. ¡Se nota! El libro te ha salido chulapo. Lo terminaste de escribir un 4 de mayo de 2020 —justo 49 años después de aquel fatídico cumpleaños de tu padre, origen de tu aventura madrileña— y de componerlo para imprenta la víspera de la Virgen de la Paloma. Así reza en la primera edición de octubre de 2020 de la Editorial Destino. Cuando uno lo mira desde fuera, parece otra guía más de Madrid. Así me lo revela la tipografía de esas letras amarillas del título. Cuando uno lo abre, se encuentra con la bienvenida de un chaleco chulapo y de un clavel rojo y reventón. E igual que nos da la bienvenida nos despide: con rojo clavel y de pata de gallo un «gabriel».

MADRID te ha salido redondo, aunque ya sabemos y también lo avisas en el texto a modo de epílogo: «no acaba uno nunca de conocer todo Madrid ni un libro como este puede terminarse jamás». Lo terminaste por extenuación, pero te ha quedado brillantemente redondo. Quedará como un hito para quienes lleguen más tarde y quieran escribir otro: habrán de superarlo (si pueden). Me gusta que lo hayas dividido en dos partes: una en la que has tratado de contar Madrid en tu propia vida y tu vida en la de Madrid; otra hecha de retales madrileños, porque no has renunciado a que quien te lea encuentre también la suya propia, provenga o no de Madrid, le guste más o menos esta ciudad. ¡Todo un acierto! ¡Buen retrato de Madrid! Me ha quedado claro tras su lectura tu predilección por La cartuja de Parma y por la obra del Galdós. Quizás algún día la lea… o no.

A mí me gustó más la primera parte, porque, aunque no se trate de un libro autobiográfico, he descubierto más cosas de ti, Andrés Trapiello, el escritor, la persona. Y dado que tú desvelas parte de tu vida personal en el libro, he querido yo también desvelar algo de la mía en este critiensayo o critiseña. (Si tú al Salón de los pasos perdidos lo llamas diarivela o novidiario, ¿por qué no habría yo de inventarme critiensayo o critiseña?). Voy terminando, como diría un parlamentario en la tribuna.

Con la lectura de MADRID he aprendido mucho, y con eso alimento mi espíritu. Sin embargo, aunque sé que quizás hayas querido hacer un homenaje a la ciudad, discúlpame si interpreto, equivocadamente o no, que la verdadera homenajeada es Miriam, tu mujer… y también tu familia, tus hijos, Rafael y Guillermo. No sin esfuerzo, has logrado algo que yo no he logrado: escribir mucho y muy bien y formar una familia. De las dos, envidio la segunda. Me hubiera gustado formar una familia, no he renunciado a ello, pero… Retomo aquí el preámbulo.

Decía que unas semanas antes del confinamiento de marzo y abril de 2020, estando yo de visita en un hospital, me di cuenta de que quería a Carmen. Este episodio me lo recordó un pasaje de tu libro en el que narras que un día te entró un dolor muy fuerte en el pecho y creías que te morías. Miriam te llevó en coche a las urgencias de un hospital y subiste los escalones de dos en dos porque estabas convencido de que te estaba dando un infarto… Yo estaba en el salón de actos del hospital Rey Juan Carlos I, en Móstoles, acompañando a mi padre, a quien iban a operar de la rodilla para ponerle una rótula de titanio. El cirujano explicaba a los pacientes en qué consistía la operación y les mostraba la prótesis que les iba a implantar —por cierto, gracias Dr. Bau, mejoró usted enormemente la calidad de vida de mi padre. En ese momento empecé a sentir un dolor muy fuerte en el pecho y me dio por pensar que qué paradoja era estar sentado en primera fila delante de un cirujano y que me diera un infarto allí mismo. No sé si me dio el infarto o no, pero sí sé que durante los eternos minutos que duró el dolor (de los que nadie se enteró, por cierto, ni mi padre que se sentaba a mi lado; no quise preocuparlo), la primera persona que me vino a la mente fue ella, Carmen: «Si me muero ahora, jamás le habré dicho que la quiero». Supongo que eso fue lo que, tras los meses de confinamiento por la COVID-19, me hizo escribirle una carta y declararme con toda sinceridad y en toda regla. Ya lo avancé al principio: ¡la cagaste, burlancáster! No la cagué porque ella dejara de ser amiga mía, al contrario. Creo que aquello reforzó más aún nuestra amistad. La cagué porque por enésima vez tuve que renunciar a mi sueño de crear una familia con las frustraciones que eso conlleva y bla, bla, bla. ¡Iluso! Carmen sigue siendo una buena amiga, un amor platónico o una musa… aunque también tengo otra musa, como ya referí. Su nombre es Marina. A Marina la conozco desde hace más años que a Carmen. Tenemos en común nuestras andanzas por el mundo: ella viajera, yo viajero. Compañeros de errabundaje que nunca tuvieron oportunidad de viajar juntos. Marina nació en Valencia, pero después de sus muchos viajes y residencias en el extranjero, ahora vive en Madrid. ¡Toda una historia la de su vida! A Marina también me declaré un par de meses más tarde, también sin éxito, aunque con un sincero refuerzo de la amistad. Por motivos distintos, es también mi musa.

Voy terminando, señorías. Decía que soy viajero, bueno, al menos lo fui y mucho. Sintetizo los últimos 25 años de mi vida —recuerda, Andrés, que toda síntesis es imprecisa—: de hablar varios idiomas, haber dado la vuelta al mundo y ser el anfitrión del presidente Giscard d’Estaing en un barco en Nueva Caledonia, he terminado viviendo con mis padres, trabajando de autónomo y escondiendo los libros de viejo que compro para evitar que mi madre me diga: «Pero, hijo, ¿otro libro más? ¡Me voy a tener que salir yo por la ventana!». ¡Pobres mis padres! Se lo debo todo, bibliomanía incluida.

Termino, señorías. Otra de las justicias poéticas que me han enternecido de tu libro es una a la que no quiero dejar de referirme aquí por el respeto que mi inspira. Está en la página 468. Hablando de los sucesos de Madrid, narras que mientras escribías el texto apareció la noticia del desprendimiento de una cornisa del edificio de la Consejería de Cultura del gobierno regional en la calle Alcalá que terminó con la vida de una turista coreana que paseaba por la acera tranquilamente. Al día siguiente, decías, esa noticia se habría olvidado. La gente seguiría transitando por esa acera sin acordarse siquiera de esa mujer de la que solo dijeron que tenía 32 años. Tú buscaste su nombre, Jihyun Lee, porque deseabas ponerlo en tu libro a modo de lápida. Le pusiste así marca a esa vida anónima entre las letras. Jihyun Lee, te han honrado de veras: pasar a la eternidad en un libro, descansar en paz tu nombre en una obra maestra… ¡Ya quisieran muchos para sí esa gloria!

Así que, Andrés, llegamos al final de este critiensayo imperfecto. No sé si la vida algún día se decantará por Carmen, el jardín andaluz, o Marina, el océano del mundo; enfrentarme al dilema de entrar en el jardín para cultivar las flores sin que la ortiga me queme y la espina me pinche o sumergirme en el océano para nadar en los sueños sin que me devore el tiburón. Jardín o flor u ortiga; océano, sueño o tiburón, no son estos más que retales de otras historias de Madrid, porque en Madrid nací. En cuanto al origen de mi nombre, eso te lo cuento algún día que nos conozcamos en persona. Por lo demás, si alguien más que tú alguna vez lee este texto y me toma por erudito a la violeta, digo alto y claro: ¡olvídense de mí… hay tantos otros muy superiores!

FE DE ERRATAS:
Leyendo la primera edición, cuidadísima, dicho sea de paso, me ha parecido encontrar las siguientes erratas que aquí consigno para quien competa:

  • Página 231, tercer párrafo, octavo renglón: «en su mayor eran», quizás se quiso decir «en su mayor parte eran»
  • Página 399, segunda columna, renglón 29: donde dice «loque» debiera decir «lo que»
  • Página 485, baile de números: el año de la película Deprisa, deprisa de Carlos Saura no es 1890 sino 1980 o 1981.
  • Página 490, otro baile de números en la primera columna, párrafo 2, la fecha de nacimiento de Antonio Díaz-Cañabate no es 1997, sino 1897.
  • Página 490, segunda columna, párrafo 2, donde dice «Cerventes» debe decir «Cervantes».
  • Página 511, primera columna, renglón 10, falta cierre de comillas en «antes morir que perder la vida» y apertura de comillas en «estar mal de la jícara».
  • Página 518, en el párrafo referido a la Virgen de la Paloma, en el renglón 5, falta una coma entre Asunción y Alba.

Tómense estas observaciones como mejora y no peora de las sucesivas ediciones. Quien esté libre de errata, que tire la primera letra. Vale.

Michael Thallium

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Enrique Castro Delgado: sin fe, perdido y preterido

Hace poco una amiga me preguntaba por teléfono, a modo de treno —lo de ‘treno’ es, por supuesto, una exageración para que quien no conozca esta palabra, la busque en el diccionario—, que por qué cuando publico en las redes sociales esas fotos recomendando libros, no explico la razón por la que los recomiendo. Mi respuesta fue breve: porque quiero que baste con mi palabra para que la recomendación se tome en cuenta. ¿Osada pretensión por mi parte? Probablemente, pero así vengo haciéndolo desde hace años —supongo que no con demasiado éxito. Esas fotos a las que se refería mi amiga suelo encabezarlas con «Grandes libros y escritores que recomiendo. Por Michael Thallium», y a continuación el título del libro, el nombre del autor y de la editorial al lado de la foto del libro de que se trate. Es verdad que alguna vez he escrito algún artículo al respecto de alguno de esos libros que recomiendo, pero, por lo general, me basta con la foto.

Enrique Castro Delgado - Mi fe se perdió en MoscúSin embargo, mi amiga, la del treno por mí exagerado —segunda oportunidad para que quien no conozca la palabra, la busque—, me dejó caer que en el caso de uno de los últimos libros por mí recomendados debería explicarlo para que la gente lo supiera. Se refería ella a Mi fe se perdió en Moscú, de Enrique Castro Delgado. Confieso que de Castro no había leído nada hasta hace unas semanas. A pesar de que es uno de los autores de los que habla Andrés Trapiello en Las armas y las letras —otro de los que recomiendo, por cierto—, para mí no era más que un nombre y poco más. La casualidad hizo que, al recibir el catálogo de la editorial Renacimiento con libros al 50% de descuento en agosto de 2020, me fijara en Mi fe se perdió en Moscú —y otros cuantos más que finalmente compré, lo confieso. Dada mi vergonzante bibliomanía y mi economía maltrecha, no podía dejar pasar la oferta.

Pero vayamos al asunto a fin de satisfacer la petición de mi amiga y dar en el busilis —otra palabra para que la busque quien no la conozca; no habrá segunda oportunidad, lo prometo. ¿Por qué recomiendo el libro de Enrique Castro Delgado? Por una razón muy sencilla: porque estuvo condenado a decir la verdad sin que le creyeran. El libro narra los siete años que pasó en la U.R.S.S. desde 1939, año en que se exilió, hasta 1945, año en que logró salir de allí tras penurias, muchos impedimentos y obstáculos. Castro había sido primer comandante del mítico 5.º Regimiento y gozó del respeto de los izquierdistas, incluso de los comunistas —fue miembro del PCE y secretario del Secretario General José Díaz— hasta que dejó de serlo por darse de bruces con la realidad del socialismo y del comunismo que su mujer, Esperanza Abascal, resume en una reveladora y genial frase al abandonar la Unión Soviética en 1945: un inmenso campo de concentración con tranvías, con trolebuses, con autobuses y un Metro con mármoles de todos los rincones del mundo. ¡Una gran mentira!

Su calvario empezó cuando, después del suicidio de José Díaz —suicidio ocultado y maquillado por la Komitern y el PCE—, Dolores Ibárruri se hizo con la secretaría general del PCE. En el relato de Castro, no quedan en muy buen lugar ni Ibárruri ni Francisco Antón —a la sazón su amante— ni «Irene Toboso» —Irene Falcón, secretaria personal de Ibárruri— ni Enrique Líster ni muchos otros dirigentes comunistas de la época. Literalmente, Castro fue preterido, borrado y maldito en el PCE y no llegó a ser eliminado físicamente estando en la U.R.S.S. por quién sabe qué suerte del destino. No obstante, después de haber leído el libro, no sé yo si su muerte en Madrid, en 1965, fuera realmente por causas naturales.

Castro nunca renunció a sus ideas de justicia social. Fue ateo, antifranquista y se volvió anticomunista. Sus antiguos correligionarios jamás se lo perdonaron… porque dijo la verdad sobre la gran mentira. Luego, durante la Transición muchos de aquellos exiliados comunistas, tras casi cuarenta años, regresaron a España y «blanquearon» su pasado como el de tantos otros. Castro pidió perdón por los crímenes que cometió durante la Guerra Civil. Lo expresó atormentado en un poema fechado el 12 de agosto 1956:

Penitencia
¡Quién supiera rezar
para rezaros!
Y descargar con ello mi alma
de pecados.

Perdonadme… ¡Muertos!
si es que no os muerde el rencor,
pues lo mío es lo peor…
Es un vivir sin vivir
a solas con mi conciencia
¡Que es mi mayor penitencia!

Por eso, a quienes se exaltan, tanto por la izquierda como por la derecha, con esa popularmente conocida como Ley de Memoria Histórica, les recomiendo que lean el libro y lo enjuicien con pensamiento crítico para sacar sus propias conclusiones… ¡Ay del pensamiento crítico en 2020! Esto sí que es un treno —última oportunidad para buscar su significado.

Ya lo dije en otra ocasión. Jorge Santayana escribió en La vida de la razón que «aquellos que no recuerdan el pasado están condenados a repetirlo». En realidad no escribió eso, sino su versión inglesa (Those who cannot remember the past, are condemned to repeat it), porque este gran filósofo español, curiosamente, escribió toda su obra en inglés.

Transcurrido desde entonces más de un siglo, ahora yo, en 2020, escribo:

Quienes no conocen la Historia, están condenados a repetirla, y quienes la conocen y se empeñan en cambiarla, la repiten igualmente.

Es la actitud, no el conocimiento. El olvido no es traición ni el recuerdo fidelidad.

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