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El ingenioso ingeniero y belenista Don Julio Mora

Julio MoraA Julio Mora lo conocí unos años antes de que se jubilara. Trabajaba entonces para la división de elevadores de ThyssenKrupp y yo era su profesor de inglés. Su ingenio “ingenieril” le había llevado por muchos países del mundo y don Julio compartía conmigo sus andanzas de ingeniero montador de ascensores en lugares inverosímiles. Hombre perseverante —o cabezota, según se mire— y paciente, estaba empeñado en aprender inglés. Y a esa tarea me dediqué con él durante algunos años: yo a enseñarle y él a aprender. ¡Empeño jamás le faltó! Sin embargo, cuando miro atrás, no sé yo quién aprendió más de quién, pues creo que entre ambos se dio esa extraña amalgama que a veces ocurre entre maestro y alumno en la que los papeles se intercambian en una provechosa relación intelectual que, al final, deriva en una amistad sincera. Confieso que creo haber aprendido yo más de él que él de mí.

Más tarde, al jubilarse, descubrí su talento para una rara arte de la que yo no había oído hablar antes: los belenes en movimiento. Y es en este terreno de la miniatura en movimiento donde don Julio Mora aplica con más amor sus conocimientos de ingeniería para encontrar soluciones a esos movimientos que él pretende semejen naturalidad y realismo.  Y si años atrás podría calificar a este miguelturreño —Julio nació en el pueblo de Miguelturra, en Ciudad Real de perseverante y paciente, debo decir que verlo trabajar en su pequeño taller confirma lo que yo pensaba: es ingenioso, paciente, perseverante, meticuloso… ¿Cabezota? Eso habría que preguntárselo a su mujer e hijos.

Los años han hecho que Julio y yo nos hayamos convertido en una extraña pareja que de vez en cuando se une, muy temprano por la mañana, para caminar a paso veloz  —tan veloz que a veces me lleva con la lengua fueray conversar de asuntos de los que solo entienden los buenos caminantes. Hete aquí que quizás sea yo ahora el alumno y don Julio el maestro.

Julio Mora tiene un blog que se llama “Belenes en movimiento” (http://belenesenmovimiento.blogspot.com) y un canal de Youtube en el que explica sus ingenios belenistas (https://www.youtube.com/user/JMAmiguelturra). Hace algunos años, Julio también escribió un artículo en este blog que se titulaba “Una lternativa a la fusión lumbar“.

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La asignatura de religión

religion-1046876_960_720Allá por 2004 escribí un artículo sobre la asignatura de religión que he releído en los últimos días para comprobar que, a pesar del paso de los años, anduve acertado en mi análisis y resulta tan válido entonces como ahora. Vaya por delante que mi conocimiento de la religión es “pagano”. En España, este asunto no ha dejado de estar de moda y suele reavivarse con cada enésima reforma educativa promovida por el Gobierno de turno. Hablo de la religión como hecho mundial —el conjunto de religiones—, aunque no tendré más remedio que singularizar ese vasto concepto y referirme al catolicismo. De antemano, expreso mi respeto por todas las personas que, independientemente de su confesión religiosa, son creyentes o practicantes, es decir, por todas aquellas personas a quienes las distintas religiones les hacen vivir mejor o ser más felices.

Yo he sido educado en un ambiente católico bastante flexible. Mis padres me inculcaron valores católicos, pero jamás me impusieron ninguno. De hecho, cuando llegó el momento de confirmar mi fe, de cumplir con el sacramento de la confirmación, no lo hice por una razón obvia: no tenía fe cristiana y, por consiguiente, menos aún católica. Creo que para mí fue bueno crecer cristianado, bautizado. Mis progenitores consideraron que eso era lo mejor para mí, es más, yo creí que esa era la única y verdadera religión del mundo. Al ir tomando uso de razón, fui formándome una opinión acerca del catolicismo y cuando llegó el momento, no solo no me confirmé, sino que me aparté del catolicismo como hecho religioso y pasé a comprenderlo como hecho histórico o cultural.

Curiosamente, desde pequeño me he sentido más atraído por la idea de dios que por la existencia de Jesucristo. Dicho de otro modo, no necesitaba la figura del Nazareno para explicar y entender mis creencias o mis valores. El cristianismo es una religión muy extendida en el mundo e igualmente lo es el islam. A pesar de las diferencias que existen entre ambas, lo cierto es que ambas coinciden en que el origen, lo que se conoce como el antiguo testamento o las historias que en él se cuentan, es el mismo. Los cristianos, en esencia, diosifican a su profeta y los musulmanes hacen lo propio con el suyo. Dos profetas: Jesús y Mahoma. Dos religiones igualmente hermanadas o enfrentadas históricamente.

Opino que toda religión que se impone sin dar opción a que uno piense por sí mismo y pueda disentir si así lo siente es mala. No soy católico ni musulmán ni judío ni hinduista ni budista… En otras palabras, no profeso ninguna religión. Soy intrínsecamente pagano y laicamente respetuoso con quienes profesan algún tipo de religión. Eso no quita que sea profundamente creyente en el conjunto de mis creencias y que las modifique o me deshaga de ellas cuando impiden mi crecimiento personal. Soy esotérico, muy interior, espiritual, si se prefiere. No me refiero al esoterismo como la mayoría de las personas lo entienden: la actividad de adivinadores, magos, brujos, echadores de cartas y demás caterva lucrativa y turba televisivoestúpida. Me refiero al hecho individual de darse cuenta de sí mismo, de ser consciente de ese conocimiento e intuición interiores propios del Ser humano. Me pregunto cuál sería el resultado de la impartición de una asignatura que fuese algo así como “Amor por el conocimiento” o “Amor por la sabiduría”.

Opino que en los países de tradición cristiana —en España, concretamente, católica— se debe impartir en las escuelas una asignatura que verse sobre la religión católica y la historia de las religiones. Para poder juzgar y formarse una opinión sobre cualquier cosa en la vida, hay que conocer lo que se tiene entre manos. Y no cabe duda de que el catolicismo en España ha tenido un papel histórico trascendental.

Parece que si eres progre debes estar en contra de la enseñanza de la religión en las escuelas y si eres conservador debes defenderla con cuchilla y diente. Izquierdistas y derechistas (o izquierdistas neutralmente centristas y derechistas centralmente neutros) se enciscarán en una discusión tan añeja como retrógrada alimentando el brasero de los tópicos de la España del siglo pasado. Aprender una religión (porque en la escuela no se puede hacer más que aprender) puede ser muy saludable siempre que en este aprendizaje no se evalúe cuán religioso se es, sino el conocimiento histórico, tradicional, de la religión. Toda religión es buena si hay gentes a quienes les sirve para vivir más felices y a otras para disentir y apartarse de ella sin ser estigmatizadas socialmente o sentenciadas a muerte. Si las religiones se estudiaran desde un punto de vista histórico o antropológico, si dejaran de verse como algo sagrado, abstracto, misterioso o mágico, probablemente, el número de sus seguidores disminuiría y todos comprenderíamos mejor la diferencia cultural o religiosa. En el fondo, lo que propongo es ejercitar el pensamiento crítico, aprender a amar el conocimiento, a vivir la sabiduría. Laico sí, pero no estúpido progre ni férreo conservador.

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Sebastián Arroyo “In Memoriam”

Sebastian ArroyoCuando Sebastián Arroyo iba de camino con su príncipe Leopoldo hacia la ilustrísima villa de Bañosdecarlos para tocar junto a otros músicos, ignoraba que un mes más tarde, a su vuelta a casa en Fortaleza de Cocén, su esposa, Bárbara, yacería muerta y enterrada a los 36 años de edad. La noticia le cayó como repentino plomo de campana que se desploma al vuelo con ruido sordo y desgarrador. Era el verano de 1720 y “Sebas”, como le llamaban cariñosamente familiares y amigos, se quedó viudo y con cuatro hijos de edades comprendidas entre los cinco y once años. Aquella muerte había sido tan repentina como inexplicable. No era, empero, la primera vez que le tocaba sufrir la pérdida de seres queridos. Durante los trece bienaventurados años de matrimonio, Bárbara y Sebas habían perdido a dos mellizos y a otro a hijo más. ¿Quién le iba a decir entonces a Sebas que sobreviviría a su primera mujer treinta años más? Un año y medio después de aquel doloroso verano, Sebastián se casó con Ana, quien le daría trece hijos más y lo acompañaría hasta su muerte, ya ciego, el 28 de julio de 1750.

Sebastián era un músico prodigioso, de oído fino, manos habilidosas y pies veloces que embrujaban a cualquiera que lo viera improvisar al órgano. La música corría en las venas de los Arroyo desde hacía muchísimos años y aún correría casi un siglo más hasta la muerte, en 1845, de su nieto Federico, nacido nueve años después de la muerte de su abuelo. Fue entonces cuando las aguas musicales de los Arroyo se extinguieron para siempre, aunque no en la eternidad, porque quiso la humanidad que la música de aquel genio fuera eterna y que, hoy y siempre, nos acompañase.

Ninguna lápida ni señal alguna indican el lugar de reposo final de Sebastián Arroyo. El día de su funeral, el 31 de julio de 1750, apareció una curiosa noticia anónima en una gacetilla:

El famoso Musicus don Sebastian Arroyo falleció el pasado martes día 28, a la edad de sesenta y seis años, habiendo fracasado rotundamente la intervención practicada por el reconocido oculista Juan Sastre y por las desgraciadas secuelas de la misma. La pérdida de ese hombre excepcionalmente capaz ha causado gran pesar en todos los verdaderos entendidos en música.

El calificativo latino de Musicus lo designa no como un mero ejecutante para cualquier evento ad hoc, sino como poseedor del más profundo conocimiento de la música y, hasta su mismo final, en búsqueda constante de la verdad: un verdadero estudioso de la música, un sabio.

Aviso para navegantes:

  • En alemán “Bach” significa “arroyo”.
  • Johann Sebastian Bach era como conocido como “Sebi”, diminutivo de Sebastián, en su círculo familiar.
  • “Bañosdecarlos” es la traducción que he hecho de la ciudad alemana de Karlsbad. Asimismo, Fortaleza de Cocén es mi traducción de la corte de Anhalt-Köthen, lugar en el que Johann Sebastian Bach sirvió como maestro de capilla del príncipe Leopold. Al parecer, la palabra “Anhalt” en alemán antiguo designa a un castillo-fortaleza (Fluchtburg).
  • María Bárbara Bach fue la primera esposa de Johann Sebastian Bach; Ana Magdalena Bach, la segunda.
  • Wilhelm Friedrich Ernst Bach, “Federico”, fue el nieto de Bach con quien se extinguió en 1845 la estirpe de compositores de la familia Bach.
  • Juan Sastre, el “reconocido oculista” es en realidad la traducción del infame charlatán inglés “John Taylor” que operó a Bach provocándole la muerte; curiosamente, fue este mismo pseudo cirujano quien operó años más tarde al también músico George Friedrich Haendel, provocándole igualmente la muerte. Así, Haendel y Bach comparten año de nacimiento, 1685, y “verdugo” accidental.

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De los descubrimientos, la casualidad y la curiosidad

Suele decirse que buena parte de los descubrimientos son casualidad, pero igualmente suele decirse también que las casualidades no existen. El caso es que, bien por casualidad o por causalidad, hace unos días di con la música de un compositor del que jamás antes había oído hablar y del que —al menos hasta la fecha en que escribo estas palabras— no existe información en español. Sí que existen un par de páginas por Internet en inglés y alemán que hablan de él, pero la información escasa. Antes de desvelar el nombre de este compositor, permíteme, tú que has venido a parar aquí por alguna razón, que te desvele la cadena de “casualidades” que me llevaron a mí hasta aquí también.

Hace unos meses, escuché una grabación que los hermanos Pochekin hicieron de doce dúos para violín de un compositor ruso desconocido para el gran público llamado Reinhold Glière (1875-1956). Esa música me pareció bella. Conversando un día con Mikhail Pochekin, me dijo que confiaba en que, después de esa grabación, los músicos tocaran más música de Glière para darla a conocer a la gente. La curiosidad me llevó a escuchar más música de este compositor —por cierto, recomiendo la Sinfonía n.º 3 que JoAnn Falletta hizo con la Orquesta Filarmónica de Búfalo para el sello Naxos— e indagar sobre su vida. Hete aquí que al hacerlo, di con el nombre del compositor del que hablaba al comienzo: Leopold van der Pals (1884-1966). Enseguida me hice con las escasas grabaciones que existen de su música de cámara: Obras para violonchelo y piano y Sonata, Duo, Trio y 3 Fugas, ambas en el sello Polyhymnia. El Scherzo de la Sonata-Duo para violonchelo y violín, op. 55, me sorprendió por su modernidad y originalidad. Existe además una grabación de la Sinfonía n.º 1 en fa sostenido menor en el sello CPO que también recomiendo. La poca música que conocemos de Leopold van der Pals se la debemos al esfuerzo de uno de sus descendientes, el violonchelista Tobias van der Pals. El compositor y organista alemán Wolfram Graf también ha escrito sobre Leopold van der Pals. Es de ellos dos de quienes he sacado la mayor parte de información que sigue a continuación. No dudo en recomendarte que seas curioso y escuches la música de Leopold van der Pals. ¡Te sorprenderá! Y si ahora también tienes un poco más de tiempo, déjate sorprender por la vida de este compositor. ¡Que la curiosidad te acompañe!

Leopold van der Pals

Leopold van der PalsAunque su padre era holandés y su madre danesa, Leopold nació en el San Petersburgo de la Rusia Imperial. De familia culta, a la edad de 12 años, improvisaba al piano y comenzó a componer música alentado por su abuelo Julius Johanssen, quien fue profesor de contrapunto y director del Conservatorio de San Petersburgo en la década de 1890. Artistas de renombre como Pablo Casals, los hermanos Chaikovski y Anton Arenski acudían al hogar de los van der Pals e interpretaban música. Eso fue una fuente de inspiración enorme para Leopold.

Al ser el hijo mayor, el padre de Leopold quería que estudiara derecho y que siguiera con el negocio familiar, una fábrica de gomas llamada “Triugolnik”. Fue entonces cuando intervino la madre de Leopold, Lucy van der Pals, quien persuadió al padre para que permitiera que su hijo siguiera una carrera musical.

A los 19 años, Leopold dejó Rusia para continuar sus estudios en Lausanne, Suiza, con el famoso compositor y profesor de teoría Alexander Denéréas y con el violonchelista Thomas Canivez. Comenzó así una andadura cosmopolita que marcó su música.

Leopold van der Pals & LeaEn 1906, se casó con Marussja van Behse, de origen ruso y sobrina del escritor alemán y premio Nobel de Literatura en 1910 Paul Heyse (1830-1914) —considerado en vida el mejor genio después de Goethe y cuyos poemas musicaron Robert Schumann y Hugo Wolf entre otros . De este matrimonio nacería en 1909 su única hija: Lea.

En 1907, después de cuatro años de educación musical básica en Lausanne, van der Pals se mudó a Berlín y, por recomendación de Sergei Rachmaninov, recibió clases del compositor ruso Reinhold Glière. Fue aquí donde Leopold van der Pals forjó amistad con muchas de las personalidades musicales de la época, entre otros: Nikisch, Weingartner, Hausegger, Eibenschütz, Havemann, Koussevitsky, Scriabin. Y fue en Berlín también donde conoció al filósofo y teósofo Rudolf Steiner, quien le causó gran impresión e introdujo la idea de evolución metamorfósica derivada de J. W. Goethe. De hecho, el 1 de enero de 1909, van der Pals ingresó en la Logia de La Sociedad Teosófica de Berlín. En 1910

Berlín era el crisol del desarrollo musical del postromanticismo. Leopold van der Pals experimentó con nuevas ideas armónicas y cadencias alternativas y fue entonces cuando forjó su expresión personal. Un híbrido de distintos estilos: romanticismo, impresionismo, tonalidad libre e inspiración de los folclores ruso y nórdico. La música de van der Pals en aquella época se consideraba muy moderna. Fue entonces cuando empezó a numerar sus obras con opus y abandonó todas sus anteriores composiciones.

Durante los ocho años en Berlín, desde 1907 a 1915, van der Pals fue muy prolífico y compuso sus primeros 30 opuses, concentrándose en obras orquestales de gran formato y Lieder. La primera sinfonía de van der Pals se estrenó en 1909 con la Orquesta Filarmónica de Berlín dirigida por Heinrich Schoultz. En ese mismo recital, también se estrenó el Concierto para violín en la menor a cargo del violinista Tor Aulin. La sinfonía tuvo muy buena acogida en la prensa y eso llevó a que sus obras se interpretaran extensamente por Europa y América. Entre otras obras, se interpretaron el Concierto para violín, op. 10, la Sinfonía n.º 1, op. 4, los poemas sinfónicos Wieland, El Herrero, op. 23, Primavera y otoño, op. 14 y La muerte de Pan, op. 23.

En 1915, Leopold van der Pals se mudó a Arlesheim, en Suiza, con su esposa Marussja y su pequeña hija Lea. Los años en Arlesheim fueron buenos. La carrera de Leopold marchaba bien, su familia estaba bien y componía prolíficamente y con inspiración. Fue allí donde comenzó su larga serie de composiciones de música de cámara para distintas formaciones musicales. Un cuarteto de cuerda, un trío para piano, un duo para chelo y violín y sonatas para piano, chelo y violín. En 1922, Leopold completó su segunda Sinfonía, op. 51, para gran orquesta, aunque tuvo que interrumpir la orquestación, porque su esposa, Marussja, cayó enferma. La familia tuvo que dejar Arlesheim para tratar la enfermedad. Comenzó así un periplo de once años que llevó a la familia a constantes cambios de residencia para encontrar el sanatorio en el que poder tratar a Marussja. Durante esos años, la familia no tuvo un hogar fijo, llegando a alojarse en unos 80 lugares distintos de Europa.

Leopold van der Pals & MarussjaLlegaron los tiempos difíciles para Leopold van der Pals. Los tratamientos eran caros y Leopold tuvo muchas dificultades para seguir con su carrera musical. No pudo viajar para escuchar la interpretación de sus composiciones. Sin embargo, a pesar de todas las dificultades, Leopold siguió trabajando y en este periodo, aparte de música de cámara, también compuso cuatro grandes obras orquestales: su tercera Sinfonía “Rapsodia”, op. 73, la Suite Hodler, op. 74, basada en cuatro pinturas de Ferdinand Hodler, y dos óperas, La montaña de San Miguel, op. 71, y Mano de hierro, op. 85.

El fallecimiento de Marussja en 1934 afectó profundamente a Leopold, quien se retiró a Ascona, Suiza, para llorar la muerte de su esposa. En Ascona, Leopold escribió 80 poemas dedicados a la memoria y amor de Marussja. Leopold seleccionó 45 de estos poemas y les puso música. La obra resultante fue la op. 96, In Memoriam, con el subtítulo “Al espíritu de mi esposa”. Finalmente, Leopold se estableció en Dornach, Suiza, donde vivió 31 años más hasta su muerte.

A comienzos de la década de los años 30, van der Pals sufrió la pérdida de muchos allegados: su esposa, su padre y varios de sus amigos cercanos. Como siempre, encontró el modo de expresar sus sentimientos en las obras que componía. En este periodo escribió el Requiem y la tercera Sonata para violín, op. 101, cuyo movimiento central es “Marcha fúnebre”. Fue entonces cuando aprovechó para orquestar la segunda Sinfonía, op. 51, que había interrumpido por la enfermedad de su mujer. El estreno de la sinfonía estaba programado para un recital en Viena en 1937 bajo la batuta de su hermano Nikolaj van der Pals. En ese mismo recital, también se interpretaron la Sinfonía n.º 3 y el Concierto para violín. La actuación fue todo un éxito, lo cual suscitó numerosísimas críticas en toda Europa.

Aunque la música de Leopold van der Pals despertaba gran interés, la posibilidad de interpretar sus obras pronto se vio mermada. Los compositores y artistas modernos sufrieron el violento entorno político y los crecientes conflictos internacionales. Con el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, todas las oportunidades se desvanecieron y muchos artistas emigraron a los Estados Unidos, donde las condiciones pintaban mejor. Leopold decidió quedarse en Suiza, incluso aunque eso significara distanciarse del entorno de la música moderna.

Leopold van der Pals fue un europeo auténtico durante toda la vida. Nacido y criado en la Rusia de los zares, de padre holandés, madre danesa, con estudios en Alemania y Suiza, donde finalmente se estableció tras muchos años de viaje. Hablaba al menos seis idiomas, muchos de ellos con fluidez, y sus amigos y conocidos provenían de todas partes de Europa, no solo de la escena musical, sino también de todos los círculos culturales y literarios.

La elección de los textos para sus siete colecciones de canciones (op. 1–3 y 5–8) refleja la actitud y amplitud de miras cosmopolitas que van der Pals mantuvo toda su vida. Aparte del alemán y el ruso, también eligió el japonés, croata y griego. Por muchos obstáculos que encontrase en el camino, Leopold jamás dejó de crear. Aparte de sus 252 opuses completos, también escribió poemas, artículos, críticas y los libretos para sus ocho óperas. Cuando Leopold murió el 1 de febrero de 1966 a los 83 años, su última obra, una ópera llamada “Isis”, quedó inconclusa sobre el piano.

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Mikhail Pochekin: tocar la eternidad y ser amigo

Mikhail PochekinA Mikhail Pochekin lo conocí una fría mañana de nieve en Madrid. Era febrero de 2018 y tenía que cubrir para la revista Scherzo —mi primera colaboración, de hecho— el recital que Pochekin ofrecía junto al grandísimo pianista Yuri Favorin —sus interpretaciones de Prokófiev no tienen parangón— en la Fundación Juan March. Al terminar el recital, acudí al camerino y Pochekin, con esa mirada de ojos de gato tan profunda como sus interpretaciones musicales, me habló con admiración de su hermano Iván, con quien acababa de grabar un cedé que me regaló para que lo escuchara. Y eso hice: escucharlo atentamente y con deleite. Tras meses de gira por Rusia y Europa, el destino volvió a unirnos en Becerril de la Sierra, donde los padres de Pochekin viven desde hace muchos años. Mikhail me invitó a ver el taller de su padre, Yuri Pochekin, lutier de renombre internacional que acaba de cumplir 70 años. De ese pequeño taller de la sierra madrileña han salido buena parte de los violines con los que los hermanos Pochekin ofrecen sus recitales. Mikhail Pochekin es un violinista de musicalidad emocionante, de técnica impresionante y de profunda visión interpretativa; inteligente —habla ruso, español, inglés y alemán—, campechano y entusiasta. Tiene las cosas muy claras y uno de sus objetivos es acercar la música clásica a todo tipo de personas.

Mikhail Pochekin ha crecido rodeado de música: su padre, lutier; su madre, Elena Pochekina, profesora de violín; su hermano mayor, Iván, violista y violinista de prestigio internacional. Mikhail habla con admiración de Jascha Heifetz a quien considera el rey del violín. Y con admiración también habla de su hermano, a quien considera un virtuoso y con quien tiene un dúo desde hace ya seis o siete años. Ambos hermanos son muy distintos, pero cuando tocan juntos se produce esa mágica alquimia musical que les hace sonar como una unidad, una forma de ser única: dos contrarios en uno. No obstante, el cedé que grabaron para el sello Melodya se titula “Los hermanos Pochekin, la unidad de los contrarios” —The Pochekin Brothers, The Unity of Opposites—, con dúos para viola y violín de Michael Haydn y Mozart y dúos para dos violines de Reinhold Glière y Prokófiev. Quien no conozca la música de Glière, se sorprenderá al escuchar los 12 dúos —exquisitos como si de una colección de melodiosas acuarelas se tratara— que aparecen en este cedé.

Sin embargo, el proyecto más importante de Mikhail Pochekin hasta el momento es Bach. Acaba de grabar la integral de sonatas y partitas para violín del compositor alemán que pronto aparecerá en un doble cedé. Interpretar estas obras es un reto para cualquier violinista, y para Mikhail ha sido también un camino largo y difícil en el que ha ido descubriendo su propia voz: primero aprendes a tocar unas obras de extrema dificultad, luego las haces tuyas y, después, tu corazón se adueña de ellas y la música crece contigo. Mikhail opina que la música clásica permanecerá siempre con nosotros: “Bach no existe físicamente desde 1750, pero su música existirá mientras haya seres humanos en este planeta. La música no solo nos hace disfrutar, sino también pensar sobre la vida, sobre la eternidad”. De algún modo, los músicos tienen el privilegio y el don de estar siempre tocando la eternidad. Las personas somos especiales por artistas como Bach, Mozart, Schubert, Shakespeare, Pushkin, Rafael. Y es eso, precisamente, lo que nos diferencia de los animales.

Tú, lector, que hasta aquí has llegado, si alguna vez tienes la suerte de ver tocar en directo a Mikhail Pochekin, acércate y habla con él, déjate engatusar con su mirada profunda. Comprobarás que detrás del artista que toca la eternidad y emociona con sonidos, hay también un ser humano, como tú y yo, de conversación amena que habla con palabras y es cercano y es amigo.

Michael Thallium

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Cristina Gómez Godoy: 28 años y más de media vida con el oboe

Cristina Gomez Goday3¡Que nadie se lleve a engaño! Cristina Gómez Godoy no es amiga mía. Sirva la advertencia para que nadie piense que quiero regalarle los oídos con embelecos de falso amigo. De hecho, solo nos hemos visto y hablado una vez, en Madrid, después de un recital que dio en la Sala de Camara del Auditorio Nacional junto con el violonchelista Pablo Ferrández y el pianista sevillano Juan Floristán (véase El mago, el cisne y la encantadora del viento). Cristina es una oboísta de Linares que actualmente desarrolla su carrera profesional como solista de la Staatskapelle Berlin (Orquesta Estatal de Berlín) en Alemania. ¡Todo un logro!

Hoy, 13 de mayo, es su cumpleaños, y pensé que el mejor regalo que podría recibir de casi un extraño como yo es el reconocimiento a su trabajo, el agradecimiento por su música y el deseo de que el entusiasmo la acompañe a lo largo de su carrera y, principalmente, en su vida. Los antiguos griegos pensaban que cuando una persona estaba entusiasmada, tenía la capacidad de transformar la realidad que la rodeaba. De hecho, eso es lo que significa entusiasmo: “en + theos”, tener un dios dentro.

Pues bien, Cristina, en tu vigésimo octavo aniversario eso es lo que te deseo: entusiasmo para que sigas encantando los vientos de la música con tu oboe y para llevar una vida plena rodeada de amor. ¡Que esa capacidad de transformar lo que te rodea siempre te acompañe!

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Samuel Adler: No se vive más que una vez

“Los premios son maravillosos. A uno le encanta recibirlos, pero lo más importante es que espero que mi legado sea haber escrito música que signifique mucho para las personas. Y, también, como he sido profesor durante tantos años, he sido bendecido con los estudiantes más talentosos que uno pueda imaginar. He tenido cientos y cientos de estudiantes que realmente llegaron a algo. Y para mí eso es una gran satisfacción y una recompensa más que un premio. Mi padre fue un hombre maravilloso y siempre enseñaba que el objetivo de la vida debería ser que cuando uno fallezca, los demás digan: esta es una vida que ha hecho del mundo un lugar mejor.” – Samuel Adler

Samuel Adler Once Lives but OnceMe llamó la atención el título de la portada. Era una caja de cedés. En ella aparecía una foto en blanco y negro de un hombre mayor, sonriente y con gafas, apoyando la barbilla sobre su mano derecha en la que además sostenía un lápiz. En el texto se podía leer Samuel Adler, One Lives but Once: A 90th Birthday Celebration (No se vive más que una vez: Una celebración del 90º cumpleaños). Tomé la caja en mis manos. Después de leer someramente la información sobre las grabaciones que contenían los cedés, miré a Jose, uno de los encargados de La Quinta de Mahler (LQM), un rincón musical en Madrid que suelo frecuentar, y le pregunté:
—¿Conoces a este compositor?
— No tengo ni idea —respondió con la mayor de las sinceridades.

Ese comentario, viniendo de Jose, a quien considero una persona bastante entendida en música clásica, quizás me echara atrás en la compra de la susodicha caja. Volví a dejarla sobre la mesa: “Cuando llegue a casa, ya indagaré sobre quién es el tal Samuel Adler”, pensé. En su lugar, compré un cedé del sello Chandos que Jose me recomendó: Edvard Grieg, Música Incidental para “Peer Gynt” y el conocidísimo Concierto para piano y orquesta en la menor. He de decir que la recomendación fue muy buena: una vez que uno escucha la música incidental (con coros, tres sopranos y un barítono) para Peer Gynt, la Suite homónima sabe a poco, se queda coja.

Una semana más tarde, quise regresar a LQM para decirle al “recomendador” que había acertado de pleno con su recomendación. Entretanto, yo también había hecho mis pesquisas sobre Samuel Adler. Nació en 1928 —los compositores Einojuhani Rautavaara y Karlheinz Stockhausen nacieron ese año también, pero no han tenido una vida tan larga como Adler— en Alemania y su familia huyó a los Estados Unidos en 1939 cuando él tenía once años. Samuel Adler es un compositor, director de orquesta y profesor nacionalizado estadounidense, muy prolífico, y con un currículo apabullante en la fecha en que escribo estas palabras, Samuel Adler tiene 90 años, con más de 400 obras de todos los géneros musicales a sus espaldas: óperas, oratorios, sinfonías, conciertos, cuartetos de cuerda… Ha dedicado la mayor parte de su vida a la enseñanza. También es autor de varios libros entre los que destaco El estudio de la orquestación y su autobiografía Building Bridges with Music (Construir puentes con la música), publicada en 2017 y aún no traducida al español, y que estoy deseando leer en cuanto me llegue por correo, la encargué ayer mismo. Adler estudió nada más y nada menos que con Paul Hindemith, Aaron Copland, Walter Piston, Paul Pisk, Serge Koussevitzky y Randall Thompson…

Cuando regresé a LQM, esta vez sí que me llevé la caja del sello escocés Linn Records. Me daba la impresión de que lo que me había llamado la atención una semana atrás, en el fondo, encerraba algo grande. En cualquier caso, la ocasión lo merecía: un compositor veterano y vivo, pero nuevo para mí, cuya música podría descubrir. De hecho, mientras escribo estas palabras, estoy escuchando los cedés de “No se vive más que una vez”, esa particular celebración de un nonagenario con tantas vivencias y cosas que contar. Su música está impregnada de aires americanos, pero a la vez tiene mucho de europea. Diría que en ella convergen las distintas corrientes de la música de concierto occidental. La caja consta de tres cedés con las sinfonías 1 y 2; un concierto para piano y orquesta, otro para guitarra y orquesta, otro para violín y orquesta y otro para quinteto de viento y orquesta; Cinco scherzi para coro, guitarra y viola; y tres obras tituladas Man lebt nur einmal (No se vive más que una vez, para orquesta), Into the Radiant Boundaries of Light (Hacia dentro de las radiantes fronteras de la luz, para viola y guitarra) y Ports of Call (Puertos de escala, para dos violines y guitarra).

Es cierto que nunca antes había oído hablar de Samuel Adler hasta el día en que, por casualidad, di con su música en LQM, pero ahora me llama muchísimo la atención que no se hable más de este compositor. Ni siquiera Alex Ross en su conocido libro El ruido eterno, que es un repaso por la música del siglo XX, lo menciona ni una sola vez. Quizás sea ese el precio que han de pagar quienes se dedican a la enseñanza durante tantísimos años: su labor afecta a la eternidad, pero pasa inadvertida ante la mayoría de personas.

Resumir 90 años de existencia en unas pocas palabras es imposible. No se vive más que una vez… Tengamos la mente abierta a todo aquello que nos queda por descubrir y decir.

Michael Thallium

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El mago, el cisne y la encantadora del viento

De izquierda a derecha: Pablo Ferrández, Cristina Gómez Godoy, Jesús Torres y Juan Pérez Floristán

De izquierda a derecha: Pablo Ferrández, Cristina Gómez Godoy, Jesús Torres y Juan Pérez Floristán

Si algo hay que tiene la música es esa extraña cualidad que te hace viajar en el tiempo y el espacio con toda suerte de casualidades. Cuando el 8 de marzo de 2018 abrí la puerta para entrar al Auditorio Nacional de Madrid, ignoraba que detrás de mí venía el pianista sevillano Juan Pérez Floristán. Él ignoraba, igualmente, que yo iba delante, porque jamás antes nos habíamos visto. Bueno, yo a él sí, virtualmente, por Internet, el día anterior. Por eso lo reconocí unos minutos más tarde. Ya en el vestíbulo de la sala de cámara, hice tiempo hasta que llegara la hora de entrada al concierto. Un señor con gafas y de cabello entrecano tarareaba en voz alta una extraña melodía con la mirada perdida a saber en qué dimensión musical. Por la precisión de su tarareo, deduje que se trataba de un músico y, probablemente, de los que frotan la cuerda. Ignoraba en ese momento yo que se trataba del padre del chelista madrileño Pablo Ferrández y que la melodía era un pasaje de la obra del compositor zaragozano Jesús Torres, que se iba a estrenar esa misma noche. Eso solo lo supe, entre bastidores, después del concierto. Juan Pérez Floristán volvió a salir al vestíbulo para hablar con quien colocaba los cedés en una mesita para su posterior venta. Aproveché el momento para dirigirme al afable pianista hispalense y comunicarle mi deseo de conversar con los tres intérpretes —la talentosa oboísta linarense Cristina Gómez Godoy, solista de la Orquesta Estatal de Berlín, completaba esta terna musical de lujo— después del concierto. Muy amablemente, me invitó a hacerlo. Y eso hice, sí. Pero antes el concierto…

Pablo Cristina Juan 3Una vez en la sala de cámara, desde la tribuna central, avisto a Jesús Torres sentado en el patio de butacas, muy cerca de Antonio Moral, director del Centro Nacional de Difusión Musical (CNDM) del que el maño es compositor residente durante la temporada 2017/18. El programa recorre más de dos siglos de música. En la primera parte, Juan, Cristina y Pablo nos llevan al mundo del clasicismo del Imperio austrohúngaro con un alegre y garboso Trío en re mayor Hob XV:16, op. 67, n.º 2 que Joseph Haydn (1732-1809) compuso entre 1789 y 1790, en pleno apogeo de la Revolución Francesa, y a punto de que el sucesor de Nicolás Esterházy lo jubilara —Haydn aprovechó este hecho para viajar a Inglaterra y componer las famosas Sinfonías de Londres. Nadie diría que es la primera vez que estos tres músicos tocan juntos en trío. El público aplaude. A Haydn le sigue Robert Schumann (1810-1856) con unas románticas Piezas de fantasía op. 73 para violonchelo y piano. Ver tocar el chelo a Pablo Ferrández es como ver a un cisne estirar el cuello y las alas para volar la imaginación. Juan Pérez Floristán lo acompaña magistralmente al piano; sabe escuchar, anticipar, adaptarse. Un cisne y un mago del teclado juntos. El público vuelve a aplaudir. El primer acto concluye con Serenade para oboe, chelo y piano, op. 73, una obra netamente brahmsiana del olvidado Robert Kahn (1865-1951) —los nazis prohibieron la publicación e interpretación de sus obras y, en 1938, Kahn tuvo que exilarse en Inglaterra. El público aplaude satisfecho con el buen hacer de los artistas antes del descanso.

La segunda parte comienza con las Tres romanzas op. 94 para oboe y piano de Schumann. Con una expresividad y color especiales, Cristina Gómez Godoy demuestra por qué es la solista de la Staatskapelle de Berlín. La de Linares es la encantadora del viento y se nota que al mago hispalense le encanta acompañar su aliento sonoro. Suenan los aplausos y bravos del público. Y, para terminar, llega el plato fuerte de la velada: el estreno mundial del Trío que Torres escribió en 2017 expresamente para estos tres brillantísimos intérpretes. La obra consta de tres piezas: Rapsódico, con sabor a amor brujo, a España; le sigue Transparencias, un interludio de puro color tímbrico con suavísimos multifónicos de oboe y dobles armónicos de chelo acompañados de cristalinos acordes de piano —el mago, el cisne y la encantadora del viento en acción; la última pieza es Espejo de fuego, furiosamente virtuosista y con fogosos cambios métricos. La musicalidad de Cristina, la flexibilidad de Pablo y la inteligencia de Juan se fusionan transportando la partitura de Torres a otra dimensión de la que se adueñan. La obra es ya suya, quizás la hayan hecho incluso universal… y el público lo reconoce con aplausos y bravos. Torres sube al escenario y saluda junto a los tres magníficos.

Después del concierto, converso con los artistas y compruebo que son tan extraordinariamente humanos como extraordinaria fue su interpretación aquella noche. Aquel señor con gafas y de cabello entrecano, el padre del cisne, se sorprende de que apenas dos horas antes alguien lo oyera tararear una extraña melodía aún por estrenar en el vestíbulo del Auditorio Nacional.

Michael Thallium

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El Trío Arbós: una locura con amor, música y regreso a casa

“Enviar la luz al corazón del hombre, ese es el deber de un artista.” – Robert Schumann

El Rin, ese río al que tanta música había dedicado, lo ahoga. De hecho, él quiere ahogarse. Aquella tarde lluviosa del 27 de febrero de 1854, Robert Schumann (1810-1856) decide acabar con su sufrimiento arrojándose desde un puente al río protagonista del segundo movimiento de su Tercera Sinfonía. Su camisón, verde y floreado, ondula henchido por las gélidas aguas del Rin a su paso por Düsseldorf. Quizás esas aguas apaguen definitivamente los horripilantes sonidos que machacan su cabeza. Unos pescadores lo habían visto saltar. Acuden rápidamente a salvarlo ignorando que, al sacarlo del agua, no hacen más que devolverle el sufrimiento. Schumann quiere que la vida se apague. Forcejea. Todo había empezado hacía un poco más de dos semanas. Primero fue una migraña con aura, luego un la persistente que resonaba constantemente en su cabeza; todos los sonidos que oía se convertían en música para él. En ese delirio acústico, incluso sintió que los ángeles le dictaban una melodía, y sobre ese “tema angelical” escribe cinco variaciones cuando la lucidez se lo permite. Las variaciones del fantasma es la última obra que Schumann escribe y se la dedica a su mujer, la genial Clara Schumann (1819-1896). Pero, ¡ay!, los ángeles se tornan demonios, seres supraterrenales, seres subterráneos, tigres y hienas. Cuando los pescadores lo sacan del agua, lo llevan en volandas de regreso a casa entre el tumulto. Es carnaval. La gente se burla de él… La locura se disfraza muy bien entre la algarabía de antruejo. Schumann está espantado, se tapa la cara con las manos. No quiere ver, pero su hija mayor, Marie, de 12 años, lo ve regresar de esa guisa de espanto. No volvería a verlo nunca más. Dos años más tarde, Schumann muere a los 46 años consumido por la locura y la sífilis en un manicomio de Endenich. En su día, la mayoría de personas consideraban que la música de Robert Schumann era “extraña”. Clara Schumann dedicó el resto de su vida -40 años más- a difundir la obra de su marido…

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Trío Arbós, marzo de 2018

…Y tuvieron que pasar más de 160 años para que el Trío Arbós se arrojara al agua de los conciertos organizados por la UAM en el Auditorio Nacional de Madrid con un experimento único en el mundo: interpretar el Trío n.1 op. 63 de Schumann intercalando sus movimientos con las Escenas extrañas (Fremde Szenen) del alemán Wolfgang Rihm (1952), de quien el Trío Arbós dice ser un compositor del siglo XIX en el siglo XXI. ¡Menuda locura! ¡Una hora y veinte minutos de música de cámara sin pausa! Sin embargo, el experimento que aconteció el 3 de marzo de 2018, mereció la pena. La obra de Rihm es una obra “extraña” para quienes no estén familiarizados con su lenguaje musical solo quienes tengan un oído muy fino y educado percibirán todas esas similitudes y coincidencias entre las dos obras, pero es toda una declaración de amor a Schumann. La intercalación de ambas obras me sumergió en esa evocadora imagen de Schumann ahogando su sufrimiento en el Rin, forcejeando por apagar su vida mientras unos pescadores creían salvársela. Schumann, el ángel; Rihm, el fantasma. Juan Carlos Garvayo (piano) construye un armazón pianístico en el que la enérgica Cecilia Bercovich (violín) y el sereno Jose Miguel Gómez (violonchelo) se mueven a su antojo, dialogando, jugueteando. Garvayo y Gómez tiran de la rienda; Bercovich hace una ardiente corveta. Entre los tres demuestran la conjuntada enseñanza del paso, el trote y el galope. Un toma y daca musical y apasionado, aderezado con “extraños” recuerdos de locura… La entremezcla de Rihm y Schumann, deja una especie de angustia no resuelta al terminar el experimento. El público aplaude, y el Trío Arbós resuelve genialmente esa angustia al regalar un arreglo de Theodor Kirchner (1823-1903) de Ensueño, esa hermosísima pieza de Escenas de niños que Schumann compuso para piano en 1838, ignorante aún de su funesto destino. Ese Ensueño restauró la paz e inocencia infantiles. Alguien del público hasta meditó con esa propina. Yo lo vi, lo juro. La locura solo fue un sueño, un mal sueño. El Trío Arbós nos llevó de vuelta a casa con un suspiro: hogar dulce hogar.

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NECESIDADES EMOCIONALES: Las razones económicas del corazón

Necesidades emocionales

El amor es el resultado del equilibrio emocional. La autoestima, el amor propio, es lo que sí nos hace ser capaces de dar amor.” – Carmen Cayuela

A Carmen Cayuela la conocí hace unos cuantos años en un curso de coaching. Carmen, aparte de tener una mente muy brillante y un talento artístico que deslumbra (pinta y sus pinturas son “deslumbrantes”),  es economista y especialista en inteligencia emocional con coaching. Anteriormente, ya dediqué algunos artículos a la disciplina que ella desarrolla desde hace varios años: IECoaching. Para quienes no hayan tenido la oportunidad de conocer su metodología, recomiendo leer los siguientes artículos o ver los siguientes vídeos:

En esta ocasión y con motivo de la presentación de su libro: NECESIDADES EMOCIONALES: Las razones económicas del corazón, Carmen nos habla de esas razones del corazón que la razón “ignora”…

Según Carmen, los seres humanos no sobrevivimos porque nos adaptamos a las circunstancias. Sobrevivimos porque encontramos un entorno en el que podemos modificar las circunstancias a las tenemos que adaptarnos.

Las razones económicas del corazón

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