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El venablo en el vocablo

(escrito en julio de 2004)

Reconozco que tengo la sindéresis un tanto tocada. Dicho en un castellano menos espeso y más llano: que estoy tocado del ala, chiflado. Y no lo digo yo, sino que me lo dicen. Tampoco creo que les falte razón. Ser defensor de causas perdidas solo es empresa de personas algo trastornadas, chifladas, en definitiva. Algún avispado lector —que seguro que lo habrá… o al menos eso espero— puede que haya intuido por qué. Mi chifladura está implícita en el título de este artículo. Con él quiero rendir un pequeño homenaje a Fernando Lázaro Carreter, fallecido en marzo pasado. No tuve la suerte de conocerlo en persona, pero sí que ha estado presente en mi vida, aunque solo sea porque fue este ilustre caballero quien redactó la mayor parte de los libros de texto de lengua con los que aprendí en el colegio. De mayor, también he leído buena parte de sus dardos en la palabra, los comprendidos entre los años 1975 y 1996. Con sus dardos, don Fernando denunció el maltrato al que se ve sometida nuestra lengua. Los medios de comunicación son los adalides del maltrato lingüístico y todos nosotros —unos más que otros, es verdad— pegamos más de una coz a nuestra indefensa lengua.

Ahora que se ha puesto tan de moda esto del maltrato, quizás sería conveniente que hicieran también una Ley integral contra la violencia lingüística. Deberían aumentar las penas para quienes se empeñan en vender impunemente por las televisiones, radios y prensa, el disparate, la grosería, el cotilleo y la verdulería. Si no saben hablar, que cierren el pico o, por lo menos, que no les paguen por ello: que les multen por procaces e indecorosos. Habría que ponerles un dispositivo que pitase cada vez que sueltan un rebuzno, dictar una orden de alejamiento para defender a la víctima de su agresor… Pero ya se sabe que los maltratadores reinciden hasta que “la matan porque es suya”. Efectivamente, no hay nada más nuestro que la lengua. En cualquier caso, hablar bien y expresarse con decoro no es rentable, no vende, es anticuado, carca… Propugnar la buena letra y la correcta expresión es una causa perdida.

Me imagino yo que don Fernando habrá tenido que sufrir mucho en los últimos años, porque a la lengua que él amaba le han ido saliendo “chillones” y “pseudoperiodistas” por todas las cadenas de televisión. El deterioro de nuestro idioma en los medios ha alcanzado cotas altísimas. Lo peor es que aún tengamos que decir con resignación: “Y lo que nos quedará por ver”. De nada sirve poner el dedo en la llaga de la expresión asnal que menudea en la sociedad. Es como clamar en el desierto. Además, parece que expresarse con corrección está muy mal visto y es sinónimo de pedantería. Señalar con el dedo al “rebuznador” es el comienzo de una batalla perdida de antemano. Quien señala y denuncia las bajuras de la expresión lingüística de la mayoría de los “visitadores mediáticos” —esas personas que se recorren los medios todos los días vendiendo heces verbales y haciendo higas al idioma—, es marginado y tachado de aburrido, seco, elitista y arrogante.

Y es esta la razón por la que he decidido emular al señor Lázaro Carreter —a sabiendas de quedar muy por debajo de sus certeros comentarios— y escribir artículos de denuncia del maltrato lingüístico. No voy a ser yo, evidentemente, quien tome el relevo de tan ilustre filólogo. El dardo en la palabra fue el que fue. Yo soy mucho menos lustroso que don Fernando; soy una versión cutre y novel del “dardeador” por excelencia. Compartimos, empero, el amor por el código con que nos expresamos y cierta querencia por las causas perdidas. Por eso —consciente también de que quien tiene boca, se equivoca—, comienzo hoy oficialmente a afinar mi puntería y lanzar venablos contra los gigantescos molinos de las inmundicias lingüísticas. Embestiré contra quienes zahieran mi lengua y, al final, exhausto e incomprendido expiraré diciendo: “la defendí, porque era mía”.

Michael Thallium

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