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Béla Bartók, humano como el resto de los mortales

“Lo triste es que me marcho con tantas cosas que decir.” – Béla Bartók (1881-1945)

Béla & BélaEra la mañana del 26 de septiembre de 1945. La Segunda Guerra Mundial había terminado hacía apenas cuatro meses con un benévolo saldo de cincuenta millones de muertos. El azúcar de uva fue el único alimento que lo mantuvo vivo en el West Side Hospital de Nueva York durante la última semana de vida: su dolorosa última semana. Cinco días antes, un repentino y siniestro descenso en la temperatura corporal, había hecho que su médico lo convenciera para ingresar en el hospital. Habían sido años de penurias para muchos millones de personas, principalmente en Europa. Él tampoco había sido una excepción. Al igual que otras muchísimas personas, había sufrido la sinrazón de una guerra cruenta y, como otras tantas más, se exilió en los Estados Unidos con su segunda esposa no sin antes cumplir su deber como buen hijo cuidando de su madre Paula: no fue hasta que ésta falleció en 1940 que se marchó de Hungría. Pero no fue la guerra la que lo hizo partir definitivamente de este mundo, sino la leucemia. En un periódico neoyorquino apareció la siguiente esquela:

“Béla, miércoles, 26 de septiembre, amado esposo de Edith Bartók, padre de Béla y Peter Bartók. Funeral en la Capilla Universal de la Avenida de Lexington con la Calle 52 el viernes 28 de septiembre a las 14:00.”

Béla Bartók, uno de los compositores más importantes de la música moderna, destacado etnomusicólogo y maestro de gran reputación, murió la mañana del 26 de septiembre de 1945 a los sesenta y cuatro años de edad.

bab1ebb376359c082c060d43171c28b7--music-composers-music-postersSe me hace imposible resumir con precisión la vida de una persona en unos pocos renglones. Ni un libro daría siquiera para una mera aproximación. Ningún libro puede plasmar fielmente la vida de nadie, pues la vida se vive individualmente a cada minuto, a cada segundo. A lo más que pueden aspirar las palabras es a fijar una idea sobre alguien, una idea de cuya verosimilitud jamás podremos estar seguros completamente. Sobre todo cuando se trata de recordar a esos grandes personajes de la historia que nos asombran por alguno de sus logros. Los seres humanos somos a veces tan sintéticos que identificamos la vida de una persona con un titular, creando así, en muchas ocasiones, un mito. Pues bien, todos esos grandes personajes fueron y son humanos, tan humanos como el resto de los mortales, con sus vivencias ocultas, sus vivencias privadas y sus vivencias públicas (las menos abundantes). Dudo mucho que Béla Bartók, aun siendo muy consciente de su valía e incluso genialidad como compositor, jamás considerase que pasaría algún día a la historia o que alguien lo incluyera en el grupo de Las Cinco Bes setenta y dos años después de muerto. De hecho, su nombre es desconocido para la mayoría de personas en el planeta Tierra. Solo aquellas que han estudiado música, si acaso, hayan oído alguna vez hablar de él o incluso hayan interpretado su peculiar Mikrokosmos, ese particular mundo de Bartók para los aprendices de piano.

Bartok FamilyBartók, cuya música ha sido tachada de inhumana por muchos —yo mismo, equivocadamente, también lo he pensado en algún momento—, fue humano como el resto de todos nosotros. Se casó dos veces. De su primer matrimonio con Márta Ziegler en 1909 —ella tenía 16 años entonces— nació Béla Bartók junior. Juntos pasarían la Primera Guerra Mundial, pero con los años el matrimonio se fue a pique. El verano de 1923 fue una época personalmente convulsa para Bartók: su matrimonio con Márta estaba irremediablemente roto. En Hungría el divorcio estaba regulado por la Ley de Matrimonio de 1894 en la que se establecían dos tipos de faltas legales para poder divorciarse: una absoluta, que incluía el adulterio; otra relativa, que incluía una “grave violación de los deberes conyugales”. Obviamente, Bartok debió de reconocer alguna de las dos faltas, pues el divorcio se consumó rápidamente. Aquel verano, Bartók se había sentido muy atraído por una de sus alumnas de piano, Edith Pásztory (1903-1982). Ditta, como generalmente se la conocía, era la hija de un maestro de matemáticas y físicas de instituto y de una profesora de piano. Ditta y Béla se casaron. Márta, a pesar de los traumáticos eventos por los que había pasado, continuó trabajando de copista para Bartók, lo cual prueba que su divorcio había transcurrido sin abierta acritud. Un par de años más tarde, ella también volvería a casarse, en esta ocasión con un ingeniero, Károly Ziegler.

Ditta y Béla tuvieron un hijo, Peter. El matrimonio hizo giras internacionales interpretando la música de Bartók. Fue Ditta quien contribuyó a difundir la música de su marido, y al igual que Bartók hiciera con su primera esposa en sus años de juventud, a Ditta también le dedicó alguna de sus obras, en concreto, el Concierto para piano n.º 3, que Bartók compuso en sus últimas semanas de vida como regalo de cumpleaños. Murió antes de poder entregárselo a Ditta, dejando sin orquestar los últimos 17 compases.

De la integridad y capacidad de trabajo de Bartók nos han quedado, afortunadamente, testimonios. En 1944, estando Bartók ya muy enfermo, abatido, deprimido, un afamado violinista se le acercó y le pidió que escribiera algo para él. Bartók no solo escribió algo, sino que le escribió una obra maestra:

“Supe que Bartók atravesaba problemas financieros, que era demasiado orgulloso para aceptar ayuda, que era el más grande de los compositores vivos. Sin perder un momento, la misma tarde en que nos conocimos le pregunté si podía encargarle que compusiera una obra para mí. Le dije que no tenía que ser algo en gran escala. No esperaba un tercer concierto, sino una obra para violín sólo. No preví que escribiría para mí una de las obras maestras de todos los tiempos. Pero reconozco que cuando la vi, en marzo de 1944, me sentí vulnerado. Me pareció prácticamente imposible de ejecutar. Esta impresión inicial y precipitada resultó errónea: la sonata es sumamente interpretable, está bellamente compuesta y es una de las obras más dramáticas y logradas que conozco, la composición más importante para violín solo desde Bach.”

Aquel violinista era nada más y nada menos que Yehudi Menuhin (1916-1999) y la obra a la que se refiere es la Sonata para violín solo.

¿Quién fue entonces Bartók? Para algunas personas, era frío, carente de inteligencia emocional, distante, retraído, matemático, antipático, pedante, mordaz y sin sentido del humor; para otras, en cambio, Béla Bartók era cálido, apasionado, simpático, cariñoso, comprometido y jovial. ¿Cómo es posible que el mismo hombre suscitase respuestas completamente contradictorias? Bueno, Bartók era tan humano como cualquiera de nosotros. Incluso se ha llegado a sugerir que padecía el síndrome de Asperger. Sin embargo, tanto sus detractores como sus seguidores, todos ellos coinciden en algo: Bartók era sincero, íntegro, exigente, igualitario, industrioso y carente de toda motivación por el éxito material. Su gran amigo de toda la vida, el también compositor Zoltán Kodály (1882-1967), lo expresó muy claramente refiriéndose a Bartók: “A pesar de que fuera cierto que estas características emergieran por momentos, un hombre no es tan sencillo como un fenómeno de modo que su secreto eterno pueda ser resuelto mediante una etiqueta con algunas pocas líneas escritas en ella”.

Y aún hay algo más, tan humano como Bartók era, la paradoja es que la obra de su vida es, sencillamente, sobrehumana.

Obras recomendadas:

Seis cuartetos de cuerda, 1909-1939.
Concierto para orquesta, 1943.
Sonata para violín solo, 1944.
Concierto para piano n.º 3, 1945.

Bibliografía recomendada:

El mundo de Bartók, Malcolm Gillies. Adriana Hidalgo Editora, 2004.
Béla Bartók (en inglés), David Cooper, Yale University Press, 2015.

Michael Thallium

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