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Entrevista con David Moliner: “Si realmente quieres saber cómo eres, la música es el arte más perfecto para saberlo”

David Moliner, compositor.

David Moliner, compositor.

Tiene 28 años y vive a caballo entre Berlín donde actualmente estudia con nada más y nada menos que Jörg Widmann, Madrid y Castellón. David Moliner es compositor y percusionista, un músico para el que la expresividad, el gesto expresivo en la música, lo es todo. Eso se ve claramente cuando uno habla con él. Humilde, modesto, reflexivo, pero muy apasionado en la conversación cara a cara. Para David Moliner la música que llamamos contemporánea entronca con la tradición de Bach y Beethoven. Defiende que la música clásica actual no es conceptual, no es fría ni cerebral… o al menos no debería serlo. Muy al contrario, su bandera es la expresividad, el gesto expresivo que nos hace comprender la música y el mundo que nos rodea. Nos reunimos en Madrid para conversar, y desde el primer instante me doy cuenta de que sea como sea su música, le guste a uno o no le guste, lo cierto es que uno no puede más que prestar atención y escuchar atentamente a alguien que se entusiasma tanto con lo que hace y crea.

¿De dónde le viene la afición por la música y por qué la percusión y no el piano?

La afición real es por el tema de los trenes. Yo era, y lo sigo siendo, un gran aficionado a los trenes…

¡Honegger, Pacific 231!

[David se ríe] ¡Sí! Y Steve Reich también tiene una obra sobre trenes, un cuarteto. Y Dvorak también iba mucho a los trenes; llevaba a sus alumnos a la estación de Praga a ver el tren durante las clases de composición… Como decía antes, de pequeño iba mucho en tren con mis padres, porque me gustaba, me tranquilizaba. Yo era hiperactivo, sigo siéndolo, pero en esa época tenía cólicos también. Y la única cosa que me tranquilizaba era el tren. Me parecía un vehículo silencioso y tranquilo. Iba con el Cercanías de Castellón, donde vivo. También a Valencia. Me acuerdo de que en esa época iba por las tardes, a las tres o las cuatro, y ponían de fondo música clásica. Y aquello me parecía una conjunción perfecta que encajaba muy bien, porque me tranquilizaba y me daba la posibilidad de desconectar de mi intranquilidad del cuerpo. Y así fue como empecé. Mi padre también me hacía algunos dictados al piano…

¿Es también músico su padre?

Bueno, aficionado, pero lo típico de que tocaba algunas notas y me decía que hiciera algo de música en el conservatorio. Así empecé. Al principio me consideraba un pianista un poquito frustrado. Siempre quise hacer piano, pero cuando hice la prueba, aunque en verdad saqué muy buena nota, no quedaban plazas en el conservatorio de Castellón. Mis amigos hacían percusión y, entonces, me metí en percusión. Reconozco que al principio la conjunción con la percusión me costó, porque yo componía y la percusión…

¿Componía usted antes de estudiar música?

Sí, aunque de manera intuitiva. Tenía un programa de música que se llamaba Encore, con el piano. Hice una sinfonía de cámara o algo así y me acuerdo que le dedicaba mucho tiempo. Para mí era algo superenriquecedor. Luego me puse a la percusión y así surgió todo.

Una curiosidad, ¿cómo es que siendo percusionista no le ha dado por el rock?

Supongo que será por la forma de ser de cada uno. A mi padre le gusta mucho la música clásica. Y cuando escuchaba la música clásica en el Cercanías, pues a mí me recordaba a la música que escuchaba mi padre. Recuerdo que mi padre tenía un casete con la Séptima de Beethoven por Karajan y también la Música de los fuegos artificiales y los Conciertos a due cori de Haendel. Para mí aquello era una sensación de catarsis muy fuerte, porque me parecía una música muy dramática, más incluso que alguna música de rock. ¡Por eso fue! En mi mundo no tenía mucha música rock ni pop. Luego cayó en mis manos un disco de clásicos populares de Argenta. Siempre he intentado buscar el encaje de la percusión dentro de el circuito de la música clásica.

En sus dos facetas como percusionista y compositor, ¿cuál de ellas tiene más peso?

Siempre he querido que fueran en paralelo, pero el caso es que nunca ha sido así. A mí me pilló el Plan Bolonia de estudios y entonces era imposible compatibilizar una carrera de composición con la de percusión. De hecho, aún no tengo la carrera de composición, soy percusionista. Pero yo recibía clases de composición con el maestro Voro García en Valencia. Y luego me fui a Madrid con Alberto Posadas, con José Luis Toral… Fui cogiendo ideas hasta madurarlas un poco. Luego estudié con Pascal Dusapin. En el circuito de música contemporánea está muy mal visto hacer un retroceso al pasado. Pascal Dusapin me dijo que tenía que volver a mi pasado, le interesaban las obras que yo había escrito de niño. En ese momento, ¡las piezas encajaron! Es decir, hacer lo que modestamente creo que soy yo. Lo más difícil es ser honesto con uno mismo al cien por cien. Y esa es la máxima aspiración para mí como compositor: ser honesto conmigo mismo. Luego habrá más gente a la que le guste o no lo que hago. Ser honesto es lo más importante. Es difícil en el mundo en que vivimos en estos momentos.

Y con esa honestidad de la que habla, ¿qué le resulta más honesto: componer y que se interpreten sus obras o interpretar obras de otros compositores?

Es que está todo unido. Cuando compones, eres libre, no eres esclavo de nada; cuando tocas obras de otros, es un ejercicio de humildad y de ponerte al servicio de una persona para que te muestre lo que quiere oír y tú hacerlo lo más fielmente posible. Ambas cosas están muy ligadas.

Prosiguiendo con la honestidad, ¿se cumple en usted aquello de no ser profeta en su tierra?

Castellón es una ciudad donde no hay un circuito musical estable, potente, pero me siento muy afortunado de pertenecer a la Comunidad Valenciana, porque me ha dado mucha vida musical. Hay grandes músicos. En mi tierra siempre me he sentido muy acogido y en España también. En ese sentido, las cosas me han venido bien. Es verdad que he trabajado mucho, porque yo estaba viviendo en Berlín y me llamaron para dar clase en conservatorios superiores con flexibilidad horaria. Así que me vine a Madrid y puedo compaginar mi vida profesional de intérprete y compositor con la eventual de pedagogo. Tanto a nivel concertista como compositivo, sí que he tenido bastante reconocimiento en España. ¡Todo lleva su tiempo!

¿Qué retos tiene como compositor?

Esa pregunta da para mucho… Realmente, mi búsqueda más importante es el tema de la tensión y la distensión. La música para mí es neutra, lo único de lo que se puede hablar en la música es de nuestras acciones. La música es lo que uno quiere que sea. La música no es solo auditiva, también es visual. Por ejemplo, está comprobado (en Berlín lo hemos hecho), un clarinetista tocando la Rapsodia de Debussy con un gesto neutro y luego tocándola con más expresividad corporal, el resultado de una y otra interpretación no tienen nada que ver. La semántica de la música para el público es diferente de una manera u otra. Mi búsqueda va por ahí. A mi modesto modo de ver, el tema de la tensión y distensión en la historia de la música se ha tratado muy débilmente. Sé que estoy siendo muy superficial con mi afirmación, pero cuando llegó Anton Webern, por ejemplo, nos mostró un punto de vista en el cual las especies de segunda y séptima que utilizaban en la serie dodecafónica, él era hábil para polarizar una nota de modo que había que estar muy perceptivo para poder escucharla. Eso crea una gran tensión y distensión, porque rompe el modo de la especie. Esa es mi búsqueda: llegar a una máxima explotación de la tensión y la distensión. En ese sentido, me considero un expresionista. Beethoven hizo mucho… en la Heroica ves unos acordes que rompen el modo de la especie. Y Bach también lo hace en la cadencia del Concierto de Brandemburgo n.º 5. ¡Eso es lo que me interesa! Ser orgánico pero con el máximo grado de expresividad. Xenakis también lo hizo con su obra Jonchaies. En mi búsqueda, intento crear acordes que yo llamo congruentes y subyacentes.

David Moliner

¿Qué es un acorde congruente?

Es un acorde en el que se junta toda la tensión. El acorde subyacente es en el que se relaja esa tensión. También se puede tratar de un gesto congruente. En realidad trato de llevar la tensión y la distensión al grado mínimo, como hizo Webern, y también llevarlas al máximo. Webern tiene muchos gestos, sus obras están llenas de gestos, siempre luchando por la expresividad incluso de gestos corporales. Con todos mis respetos, cuando Pierre Boulez dirige la música de Webern sin gesto, se pierde toda la semántica de la obra. Mucha gente piensa que la música de Bach es racional y que la música de Webern o Xenakis también. Sin embargo, para mí son compositores de lo más expresivos.

Al hilo de lo que dice de la expresividad, ¿con qué directores de orquesta españoles de música contemporánea se queda usted?

Me gusta Pablo Heras Casado. Para mí es un referente en este aspecto. Es verdad que Pablo estudió con Pierre Boulez en Lucerna, pero me quedo con él por su expresividad. Ha dirigido muchas obras contemporáneas en Madrid y te contagia, te hace conectar enseguida con la música. También me ocurre algo parecido con Matthias Pintscher, un director alemán, pero que reside en Nueva York. He trabajado con él en Lucerna y es muy expresivo. La música contemporánea tiene mucha relación con Beethoven y con Bach. Por eso no entiendo cuando hablan de que la música contemporánea es cerebral…

¿Cómo le explica usted a alguien que no escuche habitualmente música contemporánea que este tipo de música tiene que ver mucho con Bach, por ejemplo?

Eso ha sido un fallo nuestro. Ha sido un fallo de los intérpretes. No lo hemos sabido explicar bien. A nosotros también nos han explicado también que la música del siglo XX era toda conceptual. Por ejemplo, Rihm estaba muy mal visto. Boulez lo controlaba todo, la expresividad no se podía ver… Cuando hoy en día hablas de sentimientos, de pasión o de expresión en la música contemporánea, ¡por fin nos hemos sentido liberados! Yo creo que la música del siglo XXI va por ahí: por la expresividad. Así pues, ¿cómo explicaría que la música contemporánea tiene mucho que ver con Bach? Con ejemplos. El público no es tonto, pero también necesita de nosotros para explicar algunas cosas.

Ha nombrado mucho a su padre, ¿qué personas le han influido más en su vida?

En cuanto a mi forma de ser, creo que siempre he vivido entre dos extremos, porque mis padres están separados. Mi madre es muy temperamental y mi padre mucho más tranquilo, apaciguado. Mi familia paterna es más conservadora y mi familia materna más progresista. De pequeño he estado en Barcelona, pero también en Castilla, en un pueblo pequeñito. Estaba entre dos mundos. Creo que tengo rasgos temperamentales de mi madre, pero también rasgos que yo llamo polineodionisíacos. Si realmente quieres saber como soy, escucha mi música: piensa con el corazón y siente con la razón. En cuanto a mis influencias musicales, diría una frase que dice Ángel Gabilondo: «mis mejores amigos son Platón y Aristóteles». No dejo de aprender de Bach, de Beethoven, de Webern o Xenakis cada vez que los escucho.

Supongamos que pudiésemos resucitar a Bach justo ahora y que escuchase una de sus obras, ¿cuál cree que sería su reacción?

Puede ser que no entendiera cómo razono yo mismo mis mecanismos con los suyos. ¡O igual sí! Quizás no entendiera todo perfectamente. Bach era muy claro con sus ideas. No obstante, me gustaría decir una frase que me dijo a mí Jörg Widmann cuando me veía dudar al componer: «No puedes dudar, porque si estuvieran aquí Beethoven o Bach tendrías que sentarte al lado de ellos sin miedo a mirarles a la cara». Cada uno tiene sus defectos. Yo estoy lleno de ellos, pero hay que luchar por poder hablar bien a la cara con Beethoven o Bach. Así que puede que a Bach le gustaran algunas cosas de las que hago. ¿Por qué no?

Vayamos ahora a su faceta de intérprete percusionista. ¿Qué le gustaría hacer que no haya hecho ya?

Una cosa que me gustaría mucho es tocar y dirigir percusión para ponerla en el lugar que se merece. Es el instrumento actual. No tengo nada en contra del piano ni del violín, que tienen un gran repertorio. La percusión es el instrumento más neutro; es visceral, es lírico, es expresivo, delicado, es noble, y con tantos colores diferentes… ¡es más que un órgano casi! Mi idea es dirigir programas de percusión, porque es muy gestual, para ponerla en la primera línea de los instrumentos solitas. Siempre se asocia la percusión al acompañamiento, siendo un poco como el hazmereír. Los percusionistas estamos atentos a todo. Muchas veces somos la conexión directa de la orquesta con el director. Ahora tengo un proyecto con el Riot Ensemble. Vendrán a España y haremos una gira con ellos. Haremos un programa con la transcripción de Webern del Ricercare a seis voces de Bach, Plectra de Xenakis, el Concerto de Webern y también haremos una obra mía: la Estructura no. 1.

¿Tiene más proyectos en ciernes?

En el verano de 2020 estrenaremos una obra mía en la Konzerthaus de Berlín: el Concierto para percusión y orquesta que haremos con la JONDE. Es un encargo de la Asociación Española de Orquestas Sinfónicas. También se hará en España y algunas otras ciudades europeas. Tengo muchas expectativas, porque tocaré una obra mía con una orquesta tan buena como la JONDE. En el concierto interpretaremos música de Falla y Mahler aparte de mi obra. También tengo algunos proyectos con Jörg Widmann en Berlín.

¿Hay algo más que quisiera decir sobre la música contemporánea?

Sí. Tenemos que convencer a la gente de que hay que atreverse a pensar, a conocer el mundo en el que se vive realmente. No somos seres simples. Nos venden un mundo simple. No lo es. Si realmente quieres saber cómo eres, la música es el arte más perfecto para saberlo, porque verás la abstracción, te pondrás en el lugar del otro y te atreverás a hacer el ejercicio de pensar. La música contemporánea tiene todo eso. Quizás me falte articularlo mejor, pero hay que atreverse a conocer.

¿Y cuál sería su mensaje para las personas que dentro de unos años lean esta entrevista?

Que se atrevan a pensar. Cada vez vamos caminando más como ovejas. Que tengan la valentía de parar, analizar y saber el mundo en el que vives con toda su complejidad.

Michael Thallium

Global & Greatness Coach
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